viernes, 01 de febrero de 2008
En África, la violencia escolar no procede de los alumnos, sino más bien del sistema.

Éste es el punto de vista de un experto de Burkina Faso.


Señor, no quiero volver a la escuela
Haz, te lo ruego, que no vaya más.”
Esta “Oración de un negrito”, escrita en los años 50 por el martiniqués Guy Tirolien, sigue por desgracia muy actual en África subsahariana, donde la escuela ejerce una violencia sobre el niño desde que llega a clase. En Burkina Faso, por ejemplo, lo obliga a pasar, sin la más mínima preparación psicológica, de su lengua materna a una lengua extranjera, el francés, cuyo dominio será en lo sucesivo el único criterio del éxito. 
En cuanto cumple siete años, se prohíbe al niño —al menos dentro de los límites de la escuela— utilizar de cualquier modo la lengua vernácula que habla en casa: el mooré, el fulbe o el diula… Se le obliga a aprender a escribir en un idioma que no es el suyo, valiéndose de textos que hablan de aldeas francesas con campanarios, y según programas que le harán estudiar París antes que Uagadugú. Castigos humillantes —a veces se le cuelga del cuello una calavera de asno con un cartel que dice “Burro, ¡habla francés!”— terminan de convencerlo de que la escuela le reserva una atmósfera de conflicto violento. 
La gestión del tiempo escolar constituye otra fuente de violencia. Y los pocos maestros inteligentes que han tenido la audacia de suspender sus clases a las nueve de la mañana (para que los niños que han llevado a los animales a pastar a las cinco de la madrugada puedan desayunar y descansar), son sancionados por no haber respetado el horario oficial del recreo a las diez y media. 
Para el niño africano, la sociedad entera, la aldea, los campos en el momento de las faenas agrícolas, son ocasiones únicas de socialización y educación no formal. Pero en cuanto entra a la escuela, adiós a la pedagogía según la cual un niño ha de criarse en su aldea con los de su edad, de acuerdo con reglas estrictas. Adiós también a la cultura de la solidaridad, el apego a ciertos valores, el respeto de los mayores, el legítimo orgullo de pertenecer a una familia, a un clan, por cuya prosperidad no se escatima ningún sacrificio. En vez de ello, debe adaptarse a una cultura de competencia, a un individualismo a ultranza, que conducen a la despersonalización e incluso a la alienación. 
La colonización de la enseñanza 
Las escenas de violencia en la escuela sólo las vemos por ahora en la televisión. En Burkina Faso la problemática se ha invertido: la escuela clásica, fruto de la colonización francesa, ejerce una violencia sobre el niño e incluso sobre toda la sociedad. No es la sociedad la que genera su escuela, sino que esta última se impone a la sociedad con el firme propósito de vencerla. 
¿Lo ha logrado? Si la escuela clásica ha podido imponerse en África subsahariana hasta el punto de provocar la aparición de un nuevo tipo de hombre —el señor de la ciudad—, lo cierto es que éste, por las buenas o por las malas, convive con otro tipo de hombre producto de la escala de valores tradicionales y que se niega a darse por vencido. Y en este conflicto violento, del que la primera responsable es la escuela, el sistema educativo tradicional sale victorioso: cerca de 60% de los niños de Burkina no tienen acceso a la escuela moderna, y más de 80% de los adultos no saben leer ni escribir. 
Es cierto que no hay aulas suficientes para acoger a todos los menores. Pero se advierte también una resistencia pasiva que provoca una desescolarización en ciertos medios (en el norte y el este del país). Para las familias campesinas, enviar a un hijo a la escuela es perderlo cultural y económicamente. 
Todos estos marginados de la escuela moderna sobreviven gracias a lo numerosos que son y a la fuerza de las estructuras tradicionales que, para la inmensa mayoría de los habitantes del país, siguen rigiendo la vida en todos sus aspectos. No se trata de solazarse en la nostalgia, sino de analizar esta realidad en términos tanto más duros cuanto que es urgente conjurarla antes de que la violencia ejercida por la escuela sobre el niño desemboque en una auténtica violencia en la escuela. 
Pues si bien ésta no ha alcanzado las proporciones alarmantes que se observan en los países del Norte, existen ya signos precursores: comportamientos discriminatorios, castigos corporales, insultos humillantes, estereotipos sexistas en los manuales… 
La introducción de las lenguas nacionales maternas como lenguas enseñadas y, sobre todo, como lenguas de la enseñanza, responde a este propósito, así como la revisión periódica de los programas de estudio y la adaptación del calendario escolar a las exigencias de la vida social. ¿Por qué, por ejemplo, no dar vacaciones durante el periodo de iniciación, rito de paso a la vida adulta? 
La escuela en su forma clásica no es una fatalidad. Hay alternativas posibles para instaurar una escuela no violenta en Burkina Faso, así como en el resto de África. 
Amédé Badini, profesor de Ciencias de la Educación de la Universidad de Uagadugú.

Tags: Africa, Educación, Política, Amédé Badini, negritud

Publicado por Senocri @ 16:32
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