Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (III)
La mayoría de esas mercancías son utilitarias, es cierto, pero la imagen del negro no entra en ellas por su ‘valor de uso’. No satisface, por así decirlo, de una manera no funcional; nos entretiene, nos enardece, nos hechiza. Es, en cierto modo, esencial, a alguno de nuestros placeres y de nuestras distracciones; añade a los demás un nuevo estimulante. Y cuando un asunto como ese se mete con tal perseverancia en la cultura de una nación, podemos alardear que viene de muy adentro, de las profundidades del espíritu colectivo, y de ‘su sentido del placer’. Tras esa manifestación continua debe de haber algún mecanismo profundo.
Aquí se pone sobre el tapete un urgente problema metodológico. Las formas, cualesquiera que sean, de esa demostración del paria –el lindy hop crazer, por ejemplo, o el tío Remus, el minstrel-show, el jazz- no pueden explicarnos gran cosa si no vemos la marcha general que se desarrolla tras ellas. A la mayoría de quienes, en mi país, sufren la atracción de los elementos negroides de nuestra cultura, los empuja su entusiasmo por lo inmediato. Ello es tan cierto del ama casa que adquiere esas atrayentes servilletas con una resplandeciente mammie negra, como del inclinado al jazz, del simpatizante de Katherine Dunham o del Savoy Ballroom, del admirador de Amos y Andy, del componente de los Kiwani y Rotary Clubs que todos los años toca en los minstrel-show desde su palco, del discípulo de Lilian Smith, del lector de Richard Wright o del público culto europeo, cada vez más numeroso, que gusta, por ejemplo, de los poetas negros de lengua francesa analizados por Jean Paul Sartre.
Escasamente vemos que nuestra búsqueda de este u otro icono del negro es parte de una búsqueda más extensa y duradera. Preocupados por nuestras ‘demandas’ propias, no nos interrogamos por qué pedimos lo negro, generalmente en la forma de una imitación de los menos válidos.
Tenemos ya gordos libros sobre jazz. La mayor parte, tenemos que escribirlo, sufren de una real miopía por todo aquello que sobrepasa lo local y específico. Los escritores, alegando con fervor por esta o aquella forma de jazz, pasan, casi siempre sin percibirla, a la vera del verdadero asunto. No ven sino las cosas que aceptan o rechazan, y quienes así hacen son empujados en un proceso cultural muy complicado y en continua transformación. Podría ser definido como la producción y consumo en serie de ciertas imágenes tradicionales del negro en la cultura del ocio de la mayoría blanca. El negro como bailarín y cantante es, por supuesto, una de nuestras postales. De una punta a la otra, un interés intenso por el negro mantiene ese proceso; un atractivo que raya, por instantes, en la manía. Y ello tiene lugar dentro de un sistema de castas cuyas hipótesis son todas que el negro, como pelagatos que es, no merece ser ni siquiera mirado.
(seguirá este pequeño ensayo)
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