Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (IV)
Podemos argüir que este panorama global mezcla una serie de cosas que no tienen concordancia alguna entre sí. Los aficionados al jazz consentirían probablemente que, como la estampa del negro surge siempre en las postales de felicitación y en las etiquetas de productos de alimentación, o en el cine y la radio, ese icono logra que lo apreciemos con mesura. Evidentemente, es el blanco quien la construye, para el consumo del blanco, y no se orienta al negro. El blanco ‘dramatizaría’ lo que hay de ambiguo en su propia idea del negro, del negro puro, o emplearía negros vivos para dramatizarlo en lugar de él. Pero, se nos dirá, no ocurre lo mismo con el jazz, el jitterburg, el zoot y el jive. Cuando se da así, ‘espontáneamente’, el negro actuaría como inventor libre y emancipado; voluntariamente, y sin que se le sugiera la cosa, enseñaría y haría escuchar su música, su danza, sus costumbres, su jerga. Por una vez, el negro sería él mismo, en vez de adaptarse a un arquetipo que le propone el blanco. Y los blancos, transijan o repudien esas creaciones ‘culturales’ francas, no mediarían totalmente en la marcha creadora, o la personalidad negra ‘auténtica’ y libre que tal desarrollo manifestaría.
Hay en nuestra cultura de entretenimiento, se nos dice, ciertas zonas en que el negro se crea su propia postal. El negro danzarín y cantante es saludado como una autocreación de esa naturaleza; se procura que sus palabras, sus aires y sus movimientos sólo reflejan su propia ‘intimidad’. Cuando se muestra este ser estático, sin provocación, según se asegura, los blancos no son más que espectadores pasivos, y apuntan sus libres expresiones para luego servirse de ellas.
Sin embargo, entre ese trueque entre el paria y la élite, el tráfico emocional no se hace siempre en un sentido único. Pasa, a veces, que el ‘espectador’, sea verdaderamente la atracción del espectáculo (por proyección, por delegación). Lo más corriente es que, a pesar de los deseos de los blancos a una suerte de omniciencia racial misteriosa, su concepción del ‘negro tal cual es’ sea una inventiva de su imaginación, concebida para superponerla al negro tal como lo ve el mundo blanco, y tal como lo obliga a ser. Por una especie de ironía interracial, el negro ‘creador’, lejos de ser su propio yo veraz, podría muy bien ser la encarnación del icono que el blanco se hace del negro ‘espontáneo’, ‘tal cual es’. Las libres demostraciones podrían ser, también, hábilmente insinuadas; el éxtasis mismo, o lo que pasa por tal, puede ser perfectamente una reacción aprendida.
En el negro bailarín y cantante, lo que tomamos por autoretrato puede ser un retrato heterogéneo que el mundo blanco ha dibujado rápidamente tomados de su propia experiencia emocional y proyectados sobre el negro. Acaso creamos, por intermedio del negro, lo que no podemos crear en nuestras propias personas. De modo que el estático, ‘radiante y feliz’, al que buscamos con tanto ardor, quizá esté mucho más próximo a nosotros de lo que imaginamos. Quizás sea nuestro propio yo fantasma: en negativo.
Cada vez más, nos acercamos a la idea de que en todas las sociedades de castas el paria es, en buena medida, modelado por la estampa que su amo se forma de él. Es el antisemita, dice Sartre en otro lugar, quien crea al judío.
(seguirá este pequeño ensayo)
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