sábado, 23 de febrero de 2008


Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (V)




El intocable de la India creía a pies juntillas ser intocable.  ‘Sabía’ que todos los bramanes, sus amos, puestos en relación con su persona quedarían contaminados, quizás letalmente. Lo mismo que el australiano primitivo ‘sabía’ cuan funestamente era dejar volar su ojos por el objeto tabú que era su suegra; estaba seguro que si la miraba, aunque fuera por casualidad, caería fulminado en ese mismo instante. He aquí una forma poderosísima y muy eficaz de ‘conocimiento de si’, extraída de una mirada resuelta del ‘yo’ en el espejo de la cultura, y basada en una fe absoluta en ese espejo.

El paria intocable hindú no vacilaba más que el bushman de Australia en la evidencia del espejo, pero lo que uno y otro veían en él no era de la clase. Todos los miembros aceptados de una comunidad saben que quienes los clasifican los tienen como una proyección de sí mismos, y los aceptan mientras sigan semejándose a esa proyección. El espejo actúa, de esta índole, en dos senderos: el espejo y la imagen reflejada están unidos por siempre jamás amén. El intocable observa que quienes lo definen lo consideran como la negación de lo que estiman en sí mismos: un objeto de conmiseración. Allí donde se recibe a los primeros con los brazos abiertos, donde sus camaradas les aseguran hacerse cargo de ellos, el otro es apartado por la elite como un asco.

La actitud del intocable medio no era quizás de pausada conformidad. Simplemente, se consideraba como fabricado para siempre de una cierta clase de barro: si sin querer involuntariamente un brahman lo rozaba, él quedaba no menos espantado que el de la casta superior por esa ‘violación’ de su personalidad. Y, ello se comprende muy bien, jamás osaría ofrecer sus canciones y sus bailes a un brahmán, porque sabía que sus manifestaciones culturales estaban infectadas, como su propia persona, y que las relaciones culturales originaban tanto miedo como los roces físicos y sociales. El negro también debe ser, por una parte, como un ‘ser reflejo’ –lo que Gunnar Myrdal nombra una ‘personalidad reactiva’- empujado por la cultura en la que vive, a meditar que es, después de todo, ese individuo rastrero y lameculos que sus amos ven en él. Pero el orden de castas nunca se apoderó tan enteramente del inconsciente estadounidense como, por largo tiempo, del inconsciente de la India. De otra manera, jamás el jazz, ni el jitterburg, ni el jive, podrían sustraerse a la interdicción, al ghetto cultural. De ahí la conclusión: hay también en el caso concreto del negro yanqui, un proceso más consciente, al nivel de la personalidad, un género de ‘deformación’ completamente distinto.

Quizás durante dos mil años, y tal vez más, el paria de la India no se portó simplemente como si fuera un centro de envenenamiento; se rigió como lo hizo porque era tal centro, porque se ‘conocía’ como tal. Los Usa no han sido capaces de convencer al negro, ni así mismos, de su identidad de paria, por lo menos en forma tan absoluta. Aunque no hubieran aparecido otras contradicciones, nuestro infatigable interés cultural por el negro habría, por si mismo, puesto en tela de juicio nuestros principios de casta. Si el paria es verdaderamente tan despreciable, ¿por qué lo miramos embelesados y por qué lo teatralizamos con tanta obstinación? ¿Por qué, aun haciendo caer sobre él las maldiciones sociales, multiplicamos nuestras ‘caricias culturales’ al negro? El paria que se siente cortejado mientras ve que se le mantiene al margen, que se siente a la vez invitado y expulsado, no puede salir de su confusión, y ello es explicable.


(seguirá este pequeño, relativamente, ensayo)


Tags: Negros yanquis, Poder negro, Discrinación racial, Ensayo

Publicado por Senocri @ 17:41
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