lunes, 25 de febrero de 2008


Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (VI)


El negro debe comprender también, en alguna medida, que no se asdemeja a la descripción que su amo hace de él, y de la que depende toda la estructura del sistema de castas. Comprende que, lejos de ser simple y llanamente un asco, es también en cierto modo, un objeto de admiración y de envidia. Pero, en un mundo controlado por los blancos, debe disimular las transgresiones que comete clandestinamente contra las normas oficiales que se le han fijado, y que lo desvalorizan; si no es absolutamente una ‘personalidad reactiva’ debe fingir que lo es. Cuando el reflejo se disipa, es necesario ponerse la máscara.

A menos que el blanco tolere tales ‘errores’ de personalidad.  Es lo que pasa con ciertos casos muy especiales: cuando, por ejemplo, el jazz de New Orleans, que es en una amplia medida una adaptación a la máscara, se desencadena bruscamente y se convierte en el be-bop, que es por una parte la sátira del jazz de New Orleans. Asistimos a un intercambio complejo entre la imagen, la personalidad reactiva y la máscara, por encima de la delimitación de castas. Ese intercambio condena a muerte a toda verdadera espontaneidad. Ello no es tan evidente como en el caso de las actividades recreativas que representan al negro como ‘espontáneo’. Es comprensible: por doquiera se exige del negro que desempeñe un papel, que sea un reflejo y lleve una máscara; pero en los sitios de placer se le paga por su talento de histrión.

Sin duda, leemos a Richard Wright, y escuchamos el be-bop; pero, en conjunto, los blancos, salvo cuando se encuentran en ciertas disposiciones masoquistas efímeras, no irán a buscar a actores negros que saqueen sus postales raciales favoritas. El goce ya no es tal cuando la psiquis del cliente, en vez de ser mitigada, es exacerbada por el artista. De una manera general, anteponemos las agresiones enmascaradas de Brer Rabbitt a los ataques abiertos de Bigger Thomas.

En cuadro y en la orquesta, por ejemplo, el negro modelo, fundamento experimentado de su ‘raza’, mantiene su careta. Simboliza un alegre débil mental cubierto de un conjunto de gestos orales y motores de lo más atrayente. Y muestra ese modelo con una franqueza y una facilidad tan falsa, que el público de raza blanca vuelve convencido de haber contemplado al negro ‘tal como es verdaderamente’. El negro igualmente, por lo demás, numerosas veces, queda convencido; pero el real creador de esa ‘espontaneidad’ es el público blanco.

Ello es cierto de los blancos que se maravillan y frecuentan al negro, como de aquellos otros, más numerosos, que lo subestiman. Esos negrófilos, no menos que los negrófobos, tienen sus pequeñas ideas sobre lo que es ‘realmente’ el negro, y se enfadan cuando el negro real, de carne y hueso, las hiere. Prueba de ello  es el cabreo de los seguidores blancos de jazz ‘primitivo’ de New Orleans, cuando jóvenes negros del ghetto apartan violentamente el tipo del negro folkórico del sur, para construir esa música supersofisticada que es el be-bop, o bien su desdén cuando el levee stomper de pies descalzos consigue zapatos de ballet y se apunta a las clases de Martha Graham.

El negro, el ‘esencial’, aprende rápido la lección. Tenga o no la sensación de coincidir con la postal que el blanco se hace de él, le interesa obrar ‘como si’; por lo menos, cuando se aventura ante un público blanco, tiene interés en ‘conformarse al tipo’. Aun el esclavo que establecía los underground railways (‘ferrocarriles subterráneos’, cadenas de evasión con postas de ciudad en ciudad, que permitían, en la época de la esclavitud, emprender la huida del sur hasta el norte, o a CanadáGuiño o fomentaba revueltas, parecía a menudo, superficialmente, un tío Remus o un tío Tom demasiado obediente: el negro buen chico, alegre, que los blancos gustan de representar en la escena de los minstrels. Y todos los que han visto a los ‘aficionados’ negros distenderse al fin del espectáculo,  cuando quedan entre si y la máscara profesional ha caído, saben con qué finura y qué virulencia se ríen en privado de las personalidades ‘tipo’ que asumen al representar en público. Pero en toda esta hipocresía habitual el actor negro

no hace más que repetir la experiencia de su pueblo. La mayoría de los negros, en nuestra cultura, ‘representa’ casi continuamente; la mirada de la sociedad blanca en contadas ocasiones los dejan en libertad. Todo negro es, en cierta medida, un actor.


Tags: Negros yanquis, Poder negro, Discrinación racial, Ensayo

Publicado por Senocri @ 16:13
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