Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (VI)
El negro debe comprender también, en alguna medida, queno se asdemeja a la descripción que su amo hace de él, y de la que depende todala estructura del sistema de castas. Comprende que, lejos de ser simple yllanamente un asco, es también en cierto modo, un objeto de admiración y deenvidia. Pero, en un mundo controlado por los blancos, debe disimular lastransgresiones que comete clandestinamente contra las normas oficiales que sele han fijado, y que lo desvalorizan; si no es absolutamente una ‘personalidadreactiva’ debe fingir que lo es. Cuando el reflejo se disipa, es necesarioponerse la máscara.
A menos que el blanco tolere tales ‘errores’ depersonalidad. Es lo que pasa con ciertoscasos muy especiales: cuando, por ejemplo, el jazz de New Orleans, que es enuna amplia medida una adaptación a la máscara, se desencadena bruscamente y seconvierte en el be-bop, que es por una parte la sátira del jazz de New Orleans.Asistimos a un intercambio complejo entre la imagen, la personalidad reactiva yla máscara, por encima de la delimitación de castas. Ese intercambio condena amuerte a toda verdadera espontaneidad. Ello no es tan evidente como en el casode las actividades recreativas que representan al negro como ‘espontáneo’. Escomprensible: por doquiera se exige del negro que desempeñe un papel, que seaun reflejo y lleve una máscara; pero en los sitios de placer se le paga por sutalento de histrión.
Sin duda, leemos a Richard Wright, y escuchamos elbe-bop; pero, en conjunto, los blancos, salvo cuando se encuentran en ciertasdisposiciones masoquistas efímeras, no irán a buscar a actores negros quesaqueen sus postales raciales favoritas. El goce ya no es tal cuando la psiquisdel cliente, en vez de ser mitigada, es exacerbada por el artista. De unamanera general, anteponemos las agresiones enmascaradas de Brer Rabbitt a los ataquesabiertos de Bigger Thomas.
En cuadro y en la orquesta, por ejemplo, el negro modelo,fundamento experimentado de su ‘raza’, mantiene su careta. Simboliza un alegredébil mental cubierto de un conjunto de gestos orales y motores de lo más atrayente.Y muestra ese modelo con una franqueza y una facilidad tan falsa, que el públicode raza blanca vuelve convencido de haber contemplado al negro ‘tal como esverdaderamente’. El negro igualmente, por lo demás, numerosas veces, quedaconvencido; pero el real creador de esa ‘espontaneidad’ es el público blanco.
Ello es cierto de los blancos que se maravillan y frecuentanal negro, como de aquellos otros, más numerosos, que lo subestiman. Esosnegrófilos, no menos que los negrófobos, tienen sus pequeñas ideas sobre lo quees ‘realmente’ el negro, y se enfadan cuando el negro real, de carne y hueso,las hiere. Prueba de ello es el cabreode los seguidores blancos de jazz ‘primitivo’ de New Orleans, cuando jóvenesnegros del ghetto apartan violentamente el tipo del negro folkórico del sur,para construir esa música supersofisticada que es el be-bop, o bien su desdéncuando el levee stomper de pies descalzos consigue zapatos de ballet y se apuntaa las clases de Martha Graham.
El negro, el ‘esencial’, aprende rápido la lección. Tengao no la sensación de coincidir con la postal que el blanco se hace de él, leinteresa obrar ‘como si’; por lo menos, cuando se aventura ante un públicoblanco, tiene interés en ‘conformarse al tipo’. Aun el esclavo que establecíalos underground railways (‘ferrocarriles subterráneos’, cadenas de evasión conpostas de ciudad en ciudad, que permitían, en la época de la esclavitud,emprender la huida del sur hasta el norte, o a Canadá
o fomentaba revueltas, parecíaa menudo, superficialmente, un tío Remus o un tío Tom demasiado obediente: elnegro buen chico, alegre, que los blancos gustan de representar en la escena delos minstrels. Y todos los que han visto a los ‘aficionados’ negros distenderseal fin del espectáculo, cuando quedanentre si y la máscara profesional ha caído, saben con qué finura y quévirulencia se ríen en privado de las personalidades ‘tipo’ que asumen alrepresentar en público. Pero en toda esta hipocresía habitual el actor negro
no hace más que repetir la experiencia de su pueblo. Lamayoría de los negros, en nuestra cultura, ‘representa’ casi continuamente; lamirada de la sociedad blanca en contadas ocasiones los dejan en libertad. Todo negroes, en cierta medida, un actor.
Tags: Negros yanquis, Poder negro, Discrinación racial, Ensayo, Bernard Wolfe