Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (VII)
Como la mayoría de las creaciones culturales del negro, el jazz se movió tradicionalmente entre ambos extremos: reacción verdadera o reacción simulada. Existen, sin embargo, gentes que realizan una devoción de este o aquel ‘negroidismo’, sin ver esta lanzadera rápida entre el automatismo real y el automatismo simulado del cómico negro; y creen que el objeto de su interés, sea formal o calculada su reacción, es el ‘negro tal y como es verdaderamente’.
¿No ignorarán la verdadera cuestión? En vez de tratar de comprender el fenómeno que transcurre bajo los ojos, ellos mismos se convierten en parte del fenómeno Porque son sus ojos quienes ‘sugieren’ la representación. Cuanto más gustan ellos como ‘auténtico’ al negro que tienen delante, cegándose sobre la parte de cálculo que en la representación, más el actor negro debe adoptar la máscara que ocultará su faz real. Poco importa que se sienta o no cómodo bajo esta careta. Esas relaciones que se establecen por encima de las candilejas no son entre sujeto y sujeto, sino entre sujeto y objeto.
Myrdal resume esta ironía de la situación con una fórmula feliz: la dictadura del que espera. Lo que el hombre de raza blanca espera ver, el icono que se forma por anticipado, es el dictador que obliga a la personalidad del paria a ser lo que es realmente en una situación de castas: un autómata o una careta. Pero quienes no ven la tenue línea separadora entre la reacción y la máscara, que descuidan el momento en que el porqué se transforma en como si, el momento en que del interior de la representación brota la intención consciente, cierra los ojos al sentido real de la mayor parte de las formas de arte negras. Al mismo tiempo, hacen que el negro siga creándose según los otros, y no según él mismo.
La verdad sobre el autor negro es que se le pide que haga de negro. Esta verdad públicamente expuesta, y hasta se ha convertido en tema clásico de humor en nuestra cultura popular: por más de un siglo cada vez que un negro ha sido, por casualidad, autorizado a representar en un minstrel-show, él también debía ensuciarse la cara con corcho quemado y blanquearse los labios con almidón. Peo una vez más, lo que es una broma en la cultura popular, refleja un hecho que no tiene de gozoso en la experiencia de las masas. Ese mismo principio ha sido codificado largo tiempo en la etiqueta sudista de casta. Ese reducción de una raza entera a un modelo no solo se efectúa en el sur, sino que también numerosos nordistas no titubean en nombrar con el nombre genérico de ‘George’ a todos los cargadores y a todos los limpiabotas negros.
Myrdal cita más de un caso en que los sudistas blancos no podían efectivamente reconocer a los negros como tales cuando estos abandonaban su careta. Y los negros conscientes de esa ironía se burlaban a veces de tal situación en su conducta social. A fines de 1948, por ejemplo, los diarios publicaron en portada la historia de un estudiante negro del norte que, con un extraño peinado oriental y un turbante, recorrió todo el sur comiendo en los restaurantes Jim Crow y charlando libremente con los servidores blancos. Podríamos comprender mejor la música be-bop si recordásemos que algunos artistas negros de be-bop se han convertido al mahometismo: toman nombres árabes, estudian el Corán, hacen sus plegarias hacia la Meca a la puesta del sol, y hasta, a veces, se presentan en público con turbante, para que el blanco los tome por una cosa distinta al negro norteamericano ‘típico’. La estratagema, a menudo, da buenos resultados.
(seguirá este pequeño ensayo)
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