Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (VIII)
En el momento en que la representación se transforma en un como si, el actor negro pasa del estado receptivo al estado activo: el objeto se muda secretamente en sujeto. La obra es ahora factible, y el negro lleva su canon particular al efecto final, por lo general en forma de retocador. Añade señales satíricas a la postal de confección, y le basta con permitir que asomen un poco los escarnios que lanza bajo la careta. Estos arreglos, cada vez más atrevidos, proclaman que está brotando una cultura fundamentalmente nueva.
Porque se esfuma más y mas el rasgo esencialmente quieto, maleable, reactivo del negro; cada vez mas se usa conscientemente la careta como elemento de una farsa pactada. Expresado de otra manera, el negro nota, cada vez menos, ser lo que el blanco cree que es, y cada vez más aparenta ser esto o aquello para lograr algunos resultados sobre ciertos grupos de blancos. Y es en este oscuro territorio interior, en que lo espontáneo se transforma en voluntario, donde nacen la mayoria de las formas de arte negras. Si alguna vez la evolución se completa, la máscara caerá totalmente, y brotará de repente una prodigiosa cosecha de formas de arte nuevas: el be-bop y la danza nueva que pertenece a él, el apple jack, revelan ya ese sendero. La marioneta lucha desesperadamente por llegar a ser su propio animador.
La Lena Horne que luce en la pantalla su sonrisa cálida, como un día borrascaso, presenta, sin duda, pocos parecidos con la Lena Horne adusta y solemne que manifiesta a un periodista: "En otro tiempo he odiado tanto a los blancos como me odiaban a mi. Me habría gustado ser como todo el mundo, y no un monstruo. Me indignó el tener que ser anormal." Y de hecho los artistas negros, como ella, comienzan a revelarse ariscos con los papeles 'típicos' que se le proponen, aun con el peligro de arriesgar su carrera. La rebelión contra la estampa tiránica adquiere fortaleza: es elocuente que el actor negro indolente haya desaparecido poco a poco de la escena y la pantalla.
Todo se sintetiza en esto: la sociedad de castas norteamericana, que jamás había dominado demasiado bien al espíritu nacional, está ahora en el filo de abandonar por entero su preeminencia sobre la vida interior del negro. Este sigue realizando los ademanes del ceremonial de castas, en el teatro y en la vida, pero ya es una maniobra más que un reflejo, y esa maniobra se hace con toda una suerte de interpolaciones delicadas, no metidas en el guión. esas interpolaciones ocupan un espacio cada vez más amplio en lo que los negros dan a sus amos en esta etapa de transición. Los canticos y los bailes sacan ya de esta circunstancia un innegable colorido especial, aun cuando no rehuyan, pura y simplemente, la careta.
Los elementos que forman la 'personalidad' negra -sumisión a la postal tiránica del blanco, amoldamiento aparente a ese icono, pero activa y perfectamente acordado, todo ello cada vez más repleto de sátira- esos ingredientes se transformaron rápidamente a lo largo del siglo. Ante nuestra propia mirada, y sin que lo notásemos, han logrado una valor decisivo: Li'l Black Sambo dejó su lugar a Joe Louis, Louis Armstrong a Dizzy Gillespie, Bill Robinson a Pearl Primus, Bessie Smith a Marian Anderson. Y estamos a punto de ver aparecer, aquí y allá, alguna cosa nueva: una revuelta contra la 'personalidad reactiva' y al mismo tiempo contra el antifaz, una negativa rotunda de la imagen del hombre blanco.
Es como si el intocable hindú, rompiendo dolorosamente la costra de su cultura, comprendiese de pronto que desde hace dos mil años es un sonámbulo que pone fuerza de vida a una gran mentira y la transforma en verdad irrefutable. Si resolviese seguir la comedia, por razones demasiado prácticas, o simplemente porque aún no tiene una cara verdaderamente suya en reserva para circunstancias similares, ello ocurriría, en adelante, a partir de como si, más que a partir de un por qué. Y, sin dudarlo, metería en su representación algunos clavos satíricos por cuidados de 'decoro'.
(continuará este ensayo)