viernes, 29 de febrero de 2008

Bernard Wolfe: Negro bailador y cantante (y IX)



Lo que ocurrió con el negro norteamericano es que nunca ha sido totalmente capaz de coger por verdad innegablee de lo que veía en el espejo de su cultura. A partir del día en que, el primer negrero, arribó su cargamento humano a las costas norteamericanas, la existencia del negro llevó siempre ciertos ecos de como si. No hay duda de que esa realidad a medias de su experiencia diaria ha contribuido bastante a plasmar el sentido de lo absurdo, francamente insaciable, que tiene el negro, y su propensión por el puro disparate. Desde el primer momento puede oirse un son burlesco que se prepara en la historia de la danza negra: desde el arrastrar de pies de las plantaciones y el cakewalk hasta el triple lindy y al  apple jack. Había un fermento de risa irreverente en el jazz de New Orleans, desde los primeros blues; y el be-bop es ante todo una música satírica.
"Los efectos sociales del arte parecen cosa  tan casual -observa Ortega y Gasset-, tan lejos de la esencia estética, que no se ve muy bien cómo, pariendo de ésta, podríamos penetrar nunca la estructura interna de los estilos". Pero cuando se puso a estudiar la música europea que comienza en Debussy, Ortega advirtió que no podía sacar nada de la 'esencia estética' sin alnalizar con antelación sus 'efectos sociales'. "El problema era estrictamente estético, y sin embargo el camino más corto para abordarlo consistía en partir de un hecho sociológico: la impopularidad de la nueva música".
¿Cómo lograr la esencia de la múcica negra, y de la danza que la acompaña, de los spirituals y los stomps, hasta el estilo New Orleans, el swing y el be-bop? Quizá debiéramos, aquí también, partir de un hecho sociológico: la popularidad de esta nueva música y de esta nueva danza. Porque esos cánticos y ese movimiento son más populares en aquellos que, precisamente, evitan a sus creadores en la vida diaria. Ese hecho paradójico, tan hodameente metido en las costumbres norteamericanas, no puede escapar a la sensibilidad negra. Debe tener una inmensa influencia sobre la naturaleza de esos cantos y de esos movimientos; bien podría ser, de hecho, que formen el esqueleto y la 'estructura interna del estilo'. Cuando una elite bebe por años y años en las fuentes culturales de sus parias, puede pasar que los efectos sociales de las creaciones del paria refluyan sobre ella y penetreen sus esencias estéticas. Que lo sociológico axfisie totalmente lo estético.
En la danza y la música negras, seguramente, las verdades profundas son a menudo sociológicas antes que estéticas. Tales son, precisamente, las fronteras de toda cultura negra, en concreto la que está destinada a la exportación más allá de los límites de castas. Porque su contenido es, a fin de cuentas, la creación del público a que está destinada, y el creador aparente no es mas que un intermediario entre el blanco, despótico  empresario psíquico, y ese mismo blanco como cliente pasivo.
Es evidente que el núcleo de los apasionados de jazz ha sido compuesto siempre por blancos muy ligados a lo 'estético', que prefieren cerrar los ojos a los hechos, sin duda más opacos, más prosaicos,  que les presenta la sociología. En muchos casos su obcecación por lo negroide es, justamente, una huida más allá de las realidades sociales incómodas que, si creemos en sus manifestaciones de víctimas, ocupan y sofocan su vida diaria. Los círculos mágicos del 'negroidismo' en nuestra cultura -Harlem, la calle 52, el jazz, el jitterburg, la devoción de la marihuana, de la cocaína, de la heroína, de la bencedrina, del seconal- constituyen, para esos blancos, una escapada de la realidad; escapan a la realidad social, pero aun más hondamente  a su propia apreciación, desacertada y perversa, de esa realidad. En sus sociedades, sólo se acogen a los 'estáticos' empedernidos, a quienes unas grandes riquezas interiores de alegría espontánea les permite tomarle el pelo a la sociología.
En esos 'sectores de alegría', muy especiales, el negro es una píldora de 'estetismo' puro, y se prescinde cuidadosamente de las puas de la circunstancia exterior. ¿Cómo el negro, abrumado por las lamentables condiciones sociales, podría ser el único norteamericano totalmente a salvo de las circunstancias? Resulta dificil entenderlo. Lo que buscan, aquí, los negrófilos es una prueba, tan evidente como fuera posible, de la conquista de lo social por lo subjetivo. Sintiéndose ellos mismos abrumados por la circunstancia, los blancos negrófilos prefieren ver en el negro un ser pre-social, en el que domina lo subjetivo más rebelde. Si se afirma que el negro debe ser definido 'desde dentro', es porque uno mismo se siente convertido, demasiado completamente, en marioneta, y llevado desde afuera. En teoría parece ser que el negro tiene la ventura de ser paria: arrinconado a las fronteras de la comunidad, esquiva las presiones y golpes a que se exponen quienes están en el centro del sistema, y que atentan gravemente contra 'el fuego interior'.
Desde este punto de vista, lo estético, que no significa aquí otra cosa que emotividad, liberación de los instintos, nostalgia, en suma, las formas clásicas del deleite, es un lujo superficial. Es una actitud despreocupada de búsqueda del placer, que el hombre abandonará, sin lucha, cuando venga a ser 'serio', y entre en la vida de la comunidad trabajadora. En nuestra geografía social, lo estético vive en los bordes. El blanco esteta, o que se pretende tal, está, pues, alborotado; hasta tiene la sensación de haber sido traicionado cuando ve la frente alegre de su negro excéntrico llena de preocupaciones prosaicas: entre otras cosas, la danza 'seria', y la música 'seria'. A su juicio, ello equivale a vender una herencia sin precio, canjear el éxtasis por la responsabilidad, el amor por el prestigio, la espontaneidad por la técnica, el vigor popular por los 'buenos modales', el plexo solar por los lóbulos frontales.
Hay en todo ello una grandiosa ironía social que se le escapa al esteta blanco. No ve que este trabajo por sustraerse a lo sociológico en el culto del jazz es, en si mismo, un hecho sociológico de primordial importancia, y que hace aun más imposible esa huida para su supuesto héroe, el negro. Esta disposición antisociológica encamina a encerrar más profundamente al jazz en la trampa de contingencia social. Volviéndose hacia las formas de arte negras, para esquivar los imperiosos 'problemas sociales', el blanco ansioso de alegría contribuye a eternizar una postal del negro que lo presenta como un ser 'naturalmente' proclive al canto y la danza, y que escapa por completo al asedio de las fuerzas sociales. Busca al negro mítico, ídolo y símbolo de esa eternidad acorazada que se alimenta exclusivamente 'desde adentro', que ríe y goza de lo que la vida le ofrezca, y 'a quien nada abate'. Y para el músico de jazz negro, la presencia de este esteta en la vanguardia de su público es un hecho sociológico que él no puede ignorar. Hay que proveer a las necesidades de este esteta, so pena de frustrar su trance de alegría pura, e inducirlo a irse.
Es una aventura de esa índole la que le ha pasado a los entusiastas  blancos del estilo New Orleans. Hoy han sido naturalmente ofendidos por el be-bop, cuya intransigencia y cuyos acordes ruidosos tienen ecos sociológicos evidentes: reflejan el combate del ghetto ansioso. Los aficionados añoran la satisfacción pre-social y pacífica de la música levee, la indolencia del mansurrón vagabundo de los algodonales. Y el be-bop, a medida que su público blanco se extiende, es desviado progresivamente por los blancos, que habían recibido con una mueca de enfado sus preocupaciones 'prosaicas'. El be-bop, que originariamente era una rebelióncontra la circunstancia social, y expresaba en el ghetto la sed de una cultura 'seria', parecida a la reservada a la comunidad blanca ordodoxa, se siente cada vez más forzado a enmascararse, con la mayor premeditación, en espasmo de éxtasis. Si consideramos las bufonerías en que cae, no imaginaremos nunca que lo que hace el dinamismo del be-bop es un ferviente deseo de respetabilidad.
El hecho 'irreductible' es que el jazz, obra estupenda del paria norteamericano, ha sido objeto de un real culto por parte de la élite blanca. Y la estética de toda forma de jazz, como de todas las danzas que concibe, seguirá siendo misteriosa mientras no sepamos encontrar en la 'estructura de los estilos' las relaciones entre el icono, la personalidad reactiva y el antifaz, que son permanentes en el sistema de castas norteamericano.
(Fin de este pequeño ensayo)

Tags: Negros yanquis, Poder negro, Discrinación racial, Ensayo

Publicado por Senocri @ 13:52
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