Una estrella escarlata crece en el fondo del cielo. Qué flor sangrienta se abre en la pradera nocturna. Cambia, cambia, luego se transforma en cometa liberado por un infante dormido.
Parece acercarse y alejarse al mismo tiempo pierde su color como flor cercana a marchitarse, se torna nube, se vuelve blanca, se reduce: no es más que punta de diamante que talla el espejo azul del cenit donde ya se observa el resplandor glorioso de la mañana pubescente.