II.-POESÍA Y REVOLUCIÓN
El proletariado blanco pocas veces usa el
lenguaje poético para tratar de sus dolores, de sus iras, del orgullo que le
inspira su condición; y ello no es por azar. Y yo no creo, tampoco, que los
trabajadores estén menos ‘dotados’ que nuestros hijos de familia: el ‘don’, ese
donaire eficaz, se le va toda importancia cuando se pretende determinar si está
más extendido en una clase que en otra clase. Tampoco cabe pensar que la dureza
del trabajo le reste la fuerza de cantar: los esclavos curraban de sol a sol
echando los bofes, y sabemos canciones de esclavos.
Es preciso admitirlo,
pues: son las circunstancias del hoy en día de la lucha de clases las que
separan al obrero de la creación poética. Agobiado por la técnica, desea ser
técnico al saber, como sabe, que la técnica será la herramienta de su
liberación: sabe que si un día ha de poder dominar la administración de las
empresas, sólo logrará ese objetivo en virtud de de un conocimiento profesional,
económico y científico. Tiene, de lo que han denominado Naturaleza los poetas,
un saber hondo y práctico, pero la coge por las manos antes que por los ojos: La
Naturaleza es, para él, La Materia, esa oposición pasiva, esa desventura
hipócrita e inerme que él trata con su herramienta. Y La Naturaleza no
canta.
Al mismo tiempo, la etapa actual de su combate exige de él una acción
seguida y contundente: cálculo político, previsiones exactas, disciplina,
organización de masas. Racionalismo, materialismo, positivismo: esos grandes
temas de su lucha cotidiana son los menos favorables a la creación franca de
mitos poéticos. La postrera de esas quimeras, la conocida ‘noche roja’, ha
reculado ante las exigencias de la lucha: hay que concentrarse en las más
próximas, ganar esta posición, aquella otra, hacer subir ese salario, decidir
esta huelga de solidaridad, esa protesta contra la guerra de Indochina: solo la
validez cuenta.
Y sin duda, la clase oprimida debe, ante todo, coger
conciencia de si misma. Pero esa toma de conciencia es justamente lo contrario
de una zambullida en nosotros mismos, se trata de considerar, en la acción, y
por ella, la situación objetiva del proletariado, que puede explicarse por las
particularidades de producción o de la distribución de bienes. Asociados y
simplificados por una dominación que se ejecuta sobre todos y cada uno, por una
batalla colectiva, los trabajadores conocen poco las contradicciones internas,
que si bien preñan la obra de arte, lesionan la praxis. Conocerse es, para
ellos, colocarse con respecto a las grandes fuerzas que los circundan, precisar
el lugar exacto que habitan en su clase y el trabajo que desempeñan en el
Partido.
El lenguaje mismo que utilizan está falto de esos candados
adulterados, de esa falsedad continua y tenue, de ese juego de las cesiones que
crean el Verbo poético. En su oficio usan vocablos técnicos y bien precisos. En
cuanto al lenguaje de los partidos revolucionarios, Brice Parain ha demostrado
que es un lenguaje muy práctico: sirve para enviar órdenes, consignas,
informaciones; si abandona su rigor, el Partido se destruye. Todo ello conduce a
la supresión del sujeto, cada vez más estricta. En cambio, es necesario que la
poesía siga siendo irreductiblemente subjetiva.
El proletariado no tuvo de
una poesía que fuera social y a la vez reconociera sus orígenes en la
subjetividad; que fuera social en la medida precisa en que era subjetiva; que
residiera en una derrota del lenguaje, pero fuera, con todo, tan apasionante,
tan comúnmente comprendida como la consigna más clara, o como el “Proletarios de
todos los países, uníos”, que se lee a las puertas de la Rusia Soviética. A
falta de ello, la poesía de la revolución futura ha quedado en manos de jóvenes
burgueses de buena voluntad, que beben su inspiración en sus contradicciones
psicológicas, en la contraposición de su ideal y de su clase, en la
incertidumbre del viejo lenguaje burgués.
El negro, como el trabajador
blanco, es víctima de la estructura capitalista de nuestra sociedad. Esa
situación le revela su estrecha solidaridad, por encima de las diferencias de
color, con ciertas clases de blancos aplastados como él, y lo induce a proyectar
una sociedad sin privilegios, en la cual el color de la piel será considerado un
simple accidente. Pero, si la situación es una misma, aparece circunstanciada
según la historia y las condiciones geográficas: el negro es víctima de dicha
circunstancia, en tanto que negro, como indígena colonizado o africano
deportado. Y puesto que es oprimido en su raza, por causa de ella, es de su
raza, ante todo, de lo que debe adquirir conciencia. A quienes, durante siglos,
intentaron vanamente de reducirlo al estado de bestia, porque era negro, él debe
forzarlos a reconocerlo hombre.
No hay aquí huida, no hay prestidigitación,
no hay ‘paso de líneas’ que él pueda imaginar: un judío, blanco entre los
blancos, puede negar su condición de judío, proclamarse un hombre entre los
hombres. El negro no puede contradecir que es negro ni pedir para él una
abstracta humanidad incolora: es negro. Está pues atenazado en la autenticidad:
insultado, sometido, se alza, recoge la palabra ‘negro’ que se le ha tirado como
una piedra, y se reclama como negro frente al blanco, en el pundonor.
La
unidad final que unirá a todos los oprimidos en la misma lucha, debe ser
precedida, en las colonias, por lo que denominaré el instante de la separación,
o de la negatividad. Ese racismo antirracista es el único atajo que pueda llevar
a la abolición de las diferencias raciales. ¿Cómo podría ser de otra manera?
¿Pueden los negros contar con la ayuda del proletariado blanco, lejano, absorto
en sus propias luchas, antes de unirse ellos y organizarse sobre su propio
territorio? ¿Y no se necesita, acaso, todo un trabajo de análisis para barruntar
la identidad de los intereses profundos, bajo la diferencia ostensible de las
condiciones de vida, puesto que el obrero blanco, a pesar de si mismo, chupa un
poco del bote de la colonización? Por pequeño que sea su nivel de vida, sin la
colonización sería aun más. Y, en todo caso, es menos descaradamente explotado
que el jornalero de Dakar o de Saint-Louis.
El equipo técnico y la
industrialización de los países europeos permiten pensar que, en ellos, las
medidas de socialización son inmediatamente aplicables. Mirado desde Senegal o
desde el Congo, el socialismo parece, sobre todo, un hermoso sueño: para que los
campesinos negros descubran que es la conclusión necesaria de sus
reivindicaciones inmediatas y locales, es preciso, ante todo, que aprendan a
formular en común esas reivindicaciones, o sea que se piensen a sí mismos como
negros.
Pero esa toma de conciencia se diferencia, por su naturaleza, de la
que el marxismo se esfuerza en provocar al obrero blanco. La conciencia de clase
del trabajador europeo obedece a la naturaleza del rendimiento y de la
plusvalía, a las condiciones actuales de la propiedad de los utensilios de
producción, en suma, a los características objetivas de la situación del
proletario. Pero, como el desprecio interesado que los blancos alardean frente a
los negros, y que no tiene equivalencia en la actitud de los burgueses para con
la clase obrera, se encamina a herirlos en lo más hondo del corazón, es
necesario que los negros le opongan una visión más justa de la subjetividad
negra. Razón por la cual la conciencia de raza se basa, ante todo, en el alma
negra, o más bien, puesto que término vuelve reiterativamente a estos poemas, en
una cierta calidad común a las ideas y a las conductas de los negros, y que
llamamos negritud.
Para establecer conceptos raciales no hay sino dos caminos
para seguir: hacemos pasar a la objetividad ciertos elementos subjetivos, o bien
interiorizamos conductas que pueden ser objetivamente consideradas. Por ejemplo,
el negro que reivindica su negritud en un movimiento revolucionario se sitúa ya
en el terreno de la Reflexión, sea porque quiera reencontrar en él ciertos
rasgos objetivamente comprobados en las civilizaciones africanas, o sea porque
espere hallar la Esencia negra en las partes de su corazón. Vuelve a aparecer
así la subjetividad, comunicación de mi yo conmigo mismo, manantial u origen de
toda poesía. El trabajador ha debido cercenarse de esa parte de su ser, pero el
negro que llama a sus hermanos de color a tomar conciencia de sí mismos tratará
de enseñarles, de mostrarles, la estampa modélica de su propia negritud, y se
girará hacia su espíritu para cogerla allí. Se quiere linterna y espejo a la
vez; el primer revolucionario será el heraldo del alma negra, el pregonero que
arrancará de si la negritud para tendérsela al mundo, mita profeta y a medias
guerrillero, y, en suma, un poeta en el sentido preciso de la palabra
bardo.
Y la poesía negra no tiene nada de común con las ternuras del corazón.
Es funcional, responde a una necesidad que la define exactamente. Leed una
antología de la poesía blanca de hoy: hallaréis cien asuntos distintos, según el
gracejo o los anhelos del poeta, según su situación y su país. Pero en una
antología negra no hay más que un tema que todos se esfuerzan por tratar, con
mayor o menor acierto. De Haití a Cayena, una sola idea: manifestar el alma
negra. La poesía negra es evangélica, proclama la buena nueva: la negritud
brilla resplandeciente en ella.Tags: Negritud, Literatura africana, Cultura negro africana