III. - LA CULTURA BLANCA
Mas la negritud que los poetas negros desean sacar de
las profundidades abisales a la luz, no cae por sí sola bajo la mirada del alma:
en el alma nada está dado. El vocero del alma negra pasó por las aulas blancas,
según ley de bronce que niega al sometido todas las herramientas que no robe él
mismo al subyugador: es el encontronazo de la cultura blanca cómo ha pasado su
negritud de la existencia inmediata al
estado de la reflexión. Aunque, al mismo tiempo, ha dejado más o menos de
vivirla. Al escoger por verse como es, se ha escindido, no se ajusta ya consigo
mismo. Y, al contrario, cabalmente porque ya estaba desterrado de sí mismo se ha
impuesto esa obligación de declarar.
Empieza, por tanto, con el destierro. Un
destierro doble: del destierro de su corazón da el de su cuerpo una postal
espléndida. Está casi siempre en Europa, en el frío, metido entre multitudes
grises: sueña con Port-au-Prince, con
Haití. Pero no basta: ya en Port-au-Prince estaba desterrado. Los negreros
han secuestrado a sus padres de África, y
los han separado. Y todos los versos, excepto los que se escriben en África, nos entregan la misma geografía
mística. Un hemisferio: en el nivel más bajo, según el primero de tres círculos
concéntricos, se halla la tierra del exilio, del destierro, la Europa incolora. Viene el círculo deslumbrante
de las islas y de la niñez que bailan la ronda alrededor del Africa; el África, último círculo, ombligo del mundo,
fundamento de toda la poesía negra, el África
fulgurante, encendida, empapada de aceite como una piel de serpiente,
África del fuego y la lluvia, abrasadora
y profunda, África espectro vacilante
como una llama, entre el ser y la nada, más verdadera que 'las eternas avenidas con pesquisas', pero
ausente; descomponiendo Europa por sus
rayos negros y, sin embargo, oculta, fuera del alcance. África, continente imaginario. La inaudita
fortuna de la poesía negra consiste en que los afanes del indígena colonizado
encuentran símbolos evidentes y grandiosos que basta con profundizar y meditar
sin tregua: el destierro, la esclavitud, la pareja Europa-África, y la gran división maniqueista
en negro y blanco. Ese exilio ancestral de los cuerpos menciona al otro exilio,
al otro destierro: el alma negra es un Africa
de la que el negro está desterrado en medio de los helados buildings de
la cultura y de la técnica blancas. La negritud
a la vez presente y huidiza le embelesa, lo acaricia, él se restriega
contra su ala sedosa. Y ella late, desplegada a través de él como su profunda
memoria y su exigencia más alta, como su infancia enterrada, traicionada, y la
infancia de su raza y la llamada de la tierra; como el hormigueo de los
instintos y la invisible simplicidad de la Naturaleza; como la pura herencia de sus
antepasados y como la Moral que debería unificar su vida truncada.
Pero tan
pronto como se vuelve hacia ella para mirarla a la cara, se disipa en humo;
entre ella y él se interponen las murallas de la cultura blanca, la ciencia de
ellos, las palabras de ellos, las costumbres de ellos:
Devolvedme mis muñecas negras, que
juegue yo con ellas
los ojos inocentes de mi
instinto
abrigarme
de sus leyes
recobrar mi coraje
mi audacia
sentirme yo
nuevo yo de lo que era
ayer
ayer
sin complejidad
ayer
cuando llegó la hora del
descuaje...
ellos
robaron mi espacio (1)
Empero habrá que derribar las murallas de
la cultura-cárcel: habrá que regresar algún día al África. Así se agrupan sólidamente, en los
trovadores de la negritud, el tema del
retorno al país natal y el de la vuelta a los avernos fulgentes del alma negra.
Se trata de una búsqueda, de un sistemático desnudarse; y de una ascesis a la
que suma un impulso constante de profundización. Nombraré órficos a estos
poemas, porque esa infatigable bajada del negro me hace pensar en Orfeo cuando va a reclamar Eurídice a Plutón. Por una suerte poética excepcional,
cuando se deja a sus delirios, cuando se revuelca en la tierra como un poseído,
embrujado de sí mismo, cuando canta sus rabias, sus amarguras o sus rencores,
cuando muestra sus llagas, su vida rota entre la 'civilización' y el viejo poso negro,
presentándose en suma el más lírico, el poeta negro logra más, seguramente, el
nivel de la gran poesía colectiva.
Al hablar así de si mismo, lo hace por
todos los negros. Cuando parece ahogado por las serpientes de nuestra cultura es
más revolucionario, porque, entonces, se pone a destruir metódicamente lo
adquirido, lo europeo, y esa aniquilación espiritual representa la gran vigilia
de armas futura, para la cual los negros destruirán sus barrotes. Un solo
ejemplo servirá para alumbrar esta última observación.
La mayor parte de las
minorías étnicas, en el siglo XIX, al mismo tiempo que combatían por su
independencia, trataron, apasionadamente, de resucitar sus lenguas nacionales.
Para llamarse irlandeses o húngaros, es preciso sin duda pertenecer a una
comunidad que disfrute de una amplia autonomía económica y política; pero, para
ser irlandés, es imprescindible pensar en irlandés. Los caracteres propios de
una sociedad corresponden exactamente a las locuciones intraducibles de su
lenguaje. Pero lo que puede comprometer el trabajo de los negros por apartar
nuestra tutela es que los profetas de la negritud están forzados a redactar en francés
su evangelio.
Diseminados, por la trata, en los cuatro puntos cardinales, los
negros no tienen una lengua común; para empujar a los oprimidos a unirse, deben
recurrir a las palabras del tirano. Es el francés el que mostrará al chantre
negro la más amplia parroquia entre los negros, por lo menos en las lindes de la
colonización francesa. En esa lengua de carne de gallina, blanquecina y helada
como nuestros cielos, y de la que Mallarmé
decía 'es la lengua neutra por
excelencia, porque nuestro genio exige atenuación de todo color y de todo
colorinche'; en esa lengua, casi muerta para ellos, van a derramar Damas, Diop, Laleau, Rabearivelo, la lumbre de sus cielos y de sus
corazones. Sólo por ella pueden comunicar; parecidos a los sabios del siglo XVI,
que solo se entendían en latín, los negros no se reencuentran sino en el suelo
lleno de asechanzas que el blanco les ha colocado. El colono se las ha arreglado
para ser el eterno mediador entre los colonizados. Allí está, siempre allí,
hasta cuando está ausente, hasta en las conspiraciones más secretas. Y como las
palabras son ideas, cuando el negro dice en francés que rechaza la cultura
francesa coge con una mano lo que rechaza con la otra, e instala en si mismo,
como una trituradora, el aparato de pensar del enemigo.
No solo eso: al mismo
tiempo, esa sintaxis y esos vocabularios forjados en otros tiempos, a miles de
kilómetros, para responder a otras necesidades y denominar a otros objetos, son
inadecuados para ofrecerle los medios de hablar de sí mismo, de sus afanes, de
sus esperanzas. La lengua y el pensamiento francés son analíticos: ¿qué
ocurriría si el genio negro fuera, ante todo, síntesis? El término negritud, realmente feo, es uno de los pocos
aportes negros a nuestro diccionario. Pero, de todos modos, si esa negritud es
un concepto definible, o por lo menos descriptible, debe absorber otros
conceptos más elementales y que correspondan a los datos inmediatos de la
conciencia negra. Y bien, ¿dónde están las palabras que permitan
designarlos?.
Qué bien se corresponden a la queja del poeta
haitiano:
Ese corazón
obsesionante que no corresponde
a mi lengua, o a mis
costumbres,
y
sobre el que muerden, como un gancho,
sentimientos prestados y
costumbres
de
Europa... ¿sienten ustedes este sufrimiento,
y esta desesperación sin
paralelo,
de
domeñar con palabras de Francia
este corazón que me vino de
Senegal?(2)
Pero no es verdad que el negro se exprese en una
lengua 'extranjera'; se le enseña el
francés desde su más tierna infancia, y se siente perfectamente cómodo cuando
piensa como técnico, como sabio o como político. Deberíamos hablar, más bien, de
la ligera y constante desviación que separa lo que dice de lo que querría decir,
tan pronto como habla de sí mismo. Le parece que un Espíritu septentrional le ha
despojado de sus ideas, las ladea suavemente para que encarnen más o menos lo
que él deseaba; que las palabras blancas beben su pensamiento como la arena bebe
la sangre. Si se recupera bruscamente, si recapacita y toma distancia, he aquí
que los vocablos yacen frente a él, insólitos, signos en parte y en parte cosas.
No pronunciará su negritud con palabras
precisas, eficaces, que den en el blanco cada vez. No escribirá su negritud en prosa. Pero todos saben que ese
sentimiento de frustración ante el lenguaje, considerado como medio de expresión
directa, es el origen de toda práctica poética.
La reacción del parlador
frente al fracaso de la prosa es, efectivamente, lo que George BatailleVerbo y el Ser, nos servimos de las palabras sin verlas,
con una fe ciega; son órganos sensoriales, bocas, manos, ventanas abiertas al
mundo. Pero, al primer revés, ese parloteo cae fuera de nosotros; vemos el
sistema entero, que ya no es sino una mecánica descompuesta, invertida, cuyos
grandes brazos se mueven aún para indicar en el vacío. Valoramos, de repente, la
loca tarea de nombrar; entendemos que el lenguaje es, por esencia, prosa, y la
prosa, por naturaleza, fracaso. El ser se yergue ante nosotros como un baluarte
de silencio, y si aún deseamos captarlo solo será por el silencio:
'Evocar que callamos, en una
sombra deliberada, el objeto por palabras alusivas, nunca directas,
reduciéndonos a un silencio igual (3)'.
Nadie dijo mejor que la
poesía es una tentativa fascinadora de insinuar el ser en y por el disparatado
tremolar de la palabra: al cebarse con su incapacidad verbal, y enloquecer a las
palabras, el poeta nos hace presumir por encima de ese jaleo que se invalida a
sí misma grandes densidades silenciosas. Como no podemos estar mudos, es preciso
crear silencio con el lenguaje.
De Mallarmé
a los surrealistas, la finalidad profunda de la poesía francesa ha sido,
a mi juicio, una autodestrucción del lenguaje. El poema es una sala oscura en
que los vocablos se chocan, se redondean, se enloquecen. Encontronazo en el
aire: se alumbran recíprocamente, se incendian unos a otros y caen
abrasados.
En esas perspectiva conviene colocar el trabajo, el afán de los
'evangelistas negros'. A la astucia del
colono contestan con un ardid opuesto y semejante: como el opresor está
presente, hasta en la lengua que hablan, hablarán esa lengua para desbaratarla.
El poeta europeo de hoy intenta deshumanizar las palabras para devolverlas a la
naturaleza; en cambio, el heraldo negro procura des-francesizarlas; las
desintegrará, quebrará sus asociaciones normales, las acoplará por la
violencia
con
pequeños pasos de lluvia de orugas
con pequeños pasos de trago de
leche
con pequeños
pasos de cojinetes a bolilla
con pequeños pasos de sacudida
sísmica
las
trepadoras caribes en el suelo avanzan con grandes pasos de alfombras de
estrellas (4)
Sólo cuando ha degollado su blancura las apadrina
él, haciendo de esa lengua en ruinas un super-lenguaje majestuoso y sagrado, la
Poesía. Sólo gracias a la Poesía de los negros de Tananarive y Cayena, los negros de Port-au-Prince y de Saint-Louis pueden comunicarse entre sí sin
testigos. Y como el francés necesita de términos y de conceptos para definir la
negritud, como ella es silencio, usarán,
para evocarla, 'palabras alusivas, nunca
directas, que se reduzcan a un silencio igual'. Corto-circuitos de
lenguaje: por entre la caída inflamada de las palabras, entrevemos un gran ídolo
negro y mudo.
No sólo, pues, me parece poético el propósito que el negro
tiene de describirse a sí mismo, sino también su modo propio de usar los medios
de expresión de que dispone. A ello le espolea su situación: aun antes de que
piense en cantar, la luz de las palabras blancas se refracta en él, se polariza
y se altera.
Nunca es ello tan manifiesto como en su empleo de los dos
términos ensamblados, 'negro-blanco', que recubre a la vez la gran división
cósmica, 'día-noche', y la pugna humana
del indígena y el colono. Pero es una pareja jerarquizada. Al confiársela al
negro, el maestro le da por añadidura cien hábitos de lenguaje que consagra la
primacía del blanco sobre el negro. El negro aprenderá a decir 'blanco como la nieve' para nombrar la
inocencia; a hablar de la negrura de una mirada, de un alma, de una picardía.
Tan pronto como abre la boca, se acusa, a menos que se empecine en trastocar la
jerarquía. Y si la invierte en francés ya poetiza: figurémonos el extraño sabor
que tendrían para nosotros locuciones como la 'negrura de la inocencia' o 'las tinieblas de la virtud'. Ese sabor es el
que paladeamos en todos estos poemas, por ejemplo cuando leemos:
Tus senos de satín negro rollizos
y lucientes...
esa
blanca sonrisa
de
los ojos
en la
sombra del rostro
despiertan en mi esta
noche
unos ritmos
sordos...
de que
se embriagan allá en Guinea
nuestras hermanas
negras y desnudas
y hacen surgir en
mi
esta
noche
crepúsculos
negros grávidos de sensual convulsión
porque
el alma del país negro en que
duermen los antepasados
vive y habla
esta noche
en la fuerza inquieta a lo largo
de tus riñones vacíos... (5)
En este poema el negro es siempre un
color o, mejor dicho, una luz; su irradiación suave y difusa disuelve nuestros
hábitos; el negro país en que duermen los antepasados no es un orco o averno
tenebroso, sino una tierra de sol y de fuego. Pero, por otra parte, la
superioridad del blanco sobre el negro no expresa sólo la que el colono pretende
tener sobre el indígena: expresa, más profundamente, la universal adoración del
día y nuestros terrores nocturnos, que también son universales. En ese sentido,
los negros restablecen la jerarquía que hace apenas un momento invertían. No
quieren ya poetas de la noche, es decir, de la revuelta estéril y de la
desesperación. Proclaman una aurora, saludan
al amanecer transparente de un
nuevo día (6)
De pronto el negro recupera, en su escritura, su
sentido de presagio aciago:
negro negro como la miseria
(7)
exclama uno de ellos. Y otro:
Líbrame de la noche de mi sangre.
(8)
De esta suerte nos encontramos con que la palabra negro
contiene a la vez todo el Mal y todo el
Bien. Recubre una tensión casi
insostenible entre dos clasificaciones contradictorias: la jerarquía social y la
jerarquía racial. Gana con ello una poesía extraordinaria, como esos objetos
auto-destructivos que salen de la manos de Marcel Duchamp o de los surrealistas. Hay una
negrura oculta de lo blanco, una blancura escondida de lo negro, un mariposeo
cristalizado del ser y del no ser, que quizá jamás se dijo tan felizmente como
en ese poema de Césaire:
Mi gran estatua herida una pedrada
en la frente mi gran carne inatenta de día de granos despiadados, mi gran carne
de noche con pigmentos de día... (9)
El poeta irá aun más allá.
Escribe:
Nuestras
caras hermosas como el verdadero poder operatorio de la negación.
(10)
Detrás de esta elocuencia abstracta que evoca a Lautréamont se descubre el esfuerzo más audaz y
más fino por conceder un sentido a la piel negra y hacer la síntesis poética de
las dos caras de la noche. Cuando David
Diop dice del negro que es 'negro como
la miseria', expone lo negro como pura privación de luz. Pera Césaire desarrolla y profundiza esa imagen: la
noche no es ya ausencia, es rechazo. Lo negro no es un color, es la destrucción
de esa claridad prestada que dimana del sol blanco. El revolucionario negro es
negación porque se desea puro desamparo: para construir su Verdad es preciso, ante todo, que destruya la
de los otros.
Los rostros negros, esos recuerdos nocturnos que embelesan
nuestros días, encarnan la tarea oscura de la Negatividad, que erosiona paciente los
conceptos. Por una inversión que recuerda curiosamente la del negro doblegado,
insultado, cuando se reivindica a sí mismo como
'negro del diablo', es la estampa exclusiva de las tinieblas lo que
constituye su valor. La libertad es color de
noche.
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Notas:
(1) Rendez-les-moines poupées noires
que je joue avec elles
les jeux naïf de mon instinct
rester a l'ombre de
ses lois
recouvrer mon courage
mon audace
me sentir moi-même
nouveau
moi-même de ce qu'hier j'étais
hier
sans complexité
hier
quand est
venue l'heure du déracinement...
Ils ont cambriolé l'espace qui était
mien.
Leon Damas
(2) Ce soir obsèdant qui ne correspond
Pas à mon
langage, ou à mes coutumes,
Et sur lequel mordent, comme un crampon,
Des
sentiments d'emprunt et des coutumes
D'Europe, sentez-vous cette
soufrance
Et ce désespoir à nul autre égal
D'apprivoiser avec des mots de
France
Ce coeur qui m'est venu du Sénégal.
Lalean
(3) Mallarmé:
Magie (Éditions de la Pléiade, pág. 400)
(4) à petits pas de pluie de
chenilles,
á petits pas de gorgée de lait,
à petits pas de roulements à
billes.
à petits pas de secousse sismique,
les ignames dans le sol
marchent a grands pas de trouées d'etoiles.
Aime Césaire
(5) Tes seins
de satin noir rebondis et luisants...
ce blanc sourire
des yeux
dans
l'ombre du visage
éveillent en moi ce soir
des rytmes sourds...
dont
s'enivrent là-bas au pays de Guinée
nos soeurs
noires et nues
et font
lever en moi
ce soir
des crépuscules nègres lourds d'un sensuel
émoi
car
l'âme du noir pays où dorment les anciens
vir et parle
ce
soir
en la force inquiète le long de tes reins
creux...
Tirolieu
(6) l'aube transparente d'un jour
nouveau.
Senghor
(7) Nègre noir comme la misère.
Diop
(8)
Dèlivre-moi de la nuit de mon sang.
Césaire
(9) Ma grande statue blsée
une pierre au front ma grande chair inattentive de jour à grains sans pitié ma
grade chair de nuit à grain de jour.
Césaire
(10) Nos faces belles
comme le vrai pouvoir opératoire de la négation.
Cesaire