Y además como el todopoderoso mercado impone su ley no está, este tipo de literatura, muy acorde con los gustos del lector. El amodorramiento de las masas no apetece de un libro que les haga despertar de su modorra. Y el avance del racismo en toda Europa no hará muy atractivo a este autor que, para más inri, es negro. Como lo son los pobres que quieren asaltar el paraíso europeo en pateras o cayucos hartos de pasar hambre. Y atraídos por el escaparate multicolorista de los medios de comunicación social.
Y en llegando a las urbes descubren que no es todo lo que brilla oro. Que el oro real está en manos de unos pocos. Descubren, de golpe, la miseria, los mendigos, las ratas que son universales. Y en España a 8 millones de pobres, según las estadísticas, que no se veían en el escaparate. Y, ya, de paso, se enteran que la mayor parte de los jóvenes ganan menos de 1000 euros. Y los llaman mileuristas. Esos que no tendrán una casa en su puta vida. Y son autóctonos. Son del país. Son hijos de la patria. Son de España.
Bien, para esos jóvenes mileuristas, para esos que apenas tienen para ir tirando, pero que aun no conocen las ratas universales, ni los cartones donde se envuelven los mendigos para poder dormir un poco calientes, para todos ellos sería muy conveniente leer esta primera obra de Aimé Césaire. Una lectura poética muy aleccionadora. Una cura de humildad. Les revolvería las tripas e insuflaría un ánimo ciertamente revolucionario. Se darían cuenta que con la sola bulla rockera no les conducirá a liberarse de sus muchas esclavitudes. Que los matrix peliculeros deben ser ellos mismos reunidos en muchedumbre, pero no esa 'extraña muchedumbre que no se junta, que no se rebela; hábil en descubrir el punto de castración, de fuga, de desvío', advierte Césaire; esa que 'se arrastra sobre las manos sin que jamás le venga en ganas hendir el cielo cobrando una estatura de protesta'.
Para comprender este libro hay que leerlo 'al morir el alba' y exclamar ya desde el principio: 'lárgate, jeta de policía, cara de vaca, lárgate, odio a los lacayos del orden y a los abejones de la esperanza'. Porque no la hay, porque no existe, ahí, flotando, como una dama hermosa. Está en uno mismo como muchedumbre. Como clase de esclavos. Y cual esclavos que necesitan dejar de serlo, tienen que retornar a si mismos. Tal cual son: una mierda jincada en un palo, tomados uno a uno.
En el prefacio a este libro que comentamos, Lourdes Arencibia dice: 'las Antillas aparecen como el reino del engaño, la mentira, la resignación, las falsas promesas y el silencio'. Como se nos mostraría Europa a cada uno de nosotros, tras ese retorno al centro de cada cual que propone Césaire, tras ese viaje introspectivo: una Europa de los mercaderes, de unos pocos que son el Capital donde reina la precariedad, el tente mientras cobro, la insolencia del jornalero sin un euro, la ignorancia, estupidez y orgullo de ser blanco, mientras se ríen a carcajada limpia, por ejemplo, es un ejemplo, los banqueros blancos, negros, amarillos y aceitunados.
Ese viaje es un viaje desde la altura. Al morir el alba. Al rayar eldía. Desde un cielo o firmamento. En planos casi cinematográficos: esla ciudad en su conjunto que vamos percibiendo como se nos acerca, como se van viendo cada vez más los detalles: el barrio, la calle, lascasas... hasta aterrizar de golpe: un golpe doloroso. Es como si viniéramos de un cielo nebuloso o estrellado de fantasía, hasta el suelo áspero de la tierra, dándonos la gran hostia en toda la cabeza; justo 'donde derrama el mar sus inmundicias, sus gatos muertos, sus perros reventados'.
Es la primera parte de la aventura, pues nada más tocar tierra hay que proseguir el camino. Partir. Para hacerse hombre. Pero una clase de hombre especialmente sensibilizado: 'seré un hombre judío / un hombre cafre / un hombre hindú de Calcuta / un hombre de Harlem que no vota...'
Partir. 'Y regresando me diría a mi mismo: y sobre todo mi cuerpo y también mi alma, guardaos de cruzar los brazos en actitud esteril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar doloroso no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza...'
Aunque Aimé Césaire lo escribe al principio del partir es la conclusión final del viaje, el finiquito de una jira por el mundo. La lección primera que nos da la vida: hay que comprometerse remangándose los brazos, metiendo las manos en el barro, en el cieno, en el limo, en el barrizal, en el légamo... para mostrarlas en alto, en el claro pentagrama del día, para que resalten. Lo hace, a su vez, con la malévola y meridiana intención de sacudir a los parados, demostrando así que no va a permanecer quieto, inmovilizado, inerte, sentado en el poyo, a la puerta de su casa, para ver pasar el cadáver de su enemigo. No. Quiere actuar, moverse.
Ejemplos, modelos, los tienes a paladas. Pero escoge uno: Toussaint, Toussaint Louverture. El cochero. El cochero haitiano. El cochero haitiano esclavo. Que se levantó en Haití. Que sublevó a la negrada esclava. Y logró la primera victoria: el ser libres. 'Es mío / un hombre sólo preso de blancura / un hombre solo desafía los gritos de la muerte / blanca', aludiendo a la agonía de Toussaint, del rebelde, en la cárcel helada de Francia, lejos de su cálida Haití natal.
Y todo el cuaderno, todo el poema en prosa son '¿Palabras? Ah si, palabras', dice Césaire. Añadiendo:'Quien no me entiende tampoco entenderá el rugido del tigre'. Y, si, todo el poema del gran poeta antillano, de factura surrealista, es un rugido violentísimo. Gritos, aullidos, frémitos. Porque sabe, como sabemos, y como intuyen todos los mileuristas españoles más avanzados, todos los trabajadores europeos mas conscientes, todos los asalariados del mundo con conciencia de clase, que a pesar de 'no haber inventado ni pólvora ni brújula', 'ni explorado mares ni cielos', 'se han encorvado de tanto arrodillarse' y, sin embargo, 'sin ellos la tierra no sería la tierra'.
'Y yo me digo Burdeos y Nantes y Liverpool / y Nueva York y San Francisco / ni un pedazo de este mundo que no lleve mi impresión digital'
Pero en un viaje de retorno, después del partir, en llegando, no se va a poner a halagar a diestro y siniestro. No va a acariciar los oídos. Ni hablar. No lo ha escrito para eso. Si lo leemos hoy, ahora, en este momento, nos quedarán prendidos en el ojal de la memoria estos versos: 'Me niego a considerar mis hinchazones como glorias verdaderas / y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles', porque 'quiero convenir que fuimos, en todos los tiempos muy ramplones lavaplatos, limpiabotas sin embergadura, y considerando las cosas lo mejor posible, hechiceros bastante concienzudos siendo el único récord indiscutible que hemos batido el de la paciencia en soportar ellátigo...'.
Si, reconozcámoslo, a pesar de estar jodidos, de estar machacados por muchas horas de currelo, por menos de 1000 euros, angustiados por la hipoteca que cuelga de nosotros como una soga, del dolor del cabeza, cada vez que llega la letra del coche y un largo etcétera, muchos, muchísimos de nosotros, morimos sin un lamento. Luego... soportamos pacientemente el látigo.
Esto es 'cómico y feo'. En alguna ocasión nos hemos reído de nosotros mismos pensando que nos reíamos del vecino. Por eso deberíamos cambiar. Imbuirnos de humildad y valentía. Exclama Césaire: '¡Hacedme rebelde a toda vanidad, pero dócil a su genio / como el puño al extremo del brazo!', 'ha llegado el tiempo de ceñirme la cintura como un valiente. / Mas (al hacerlo) preservadme, mi corazón, de todo odio'. '¡Ved el árbol de nuestras manos! / Gira para todos', 'para todos trabaja la tierra'.
Ha encontrado su sitio Aimé Césaire. Hallado su lugar en el mundo. Retornado a si. ¿Es el final del camino?: 'Yahora estamos de pie mi país y yo, al viento los cabellos, mis manos pequeñas en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros, sino por encima de nosotros en una voz que perfora la noche y el oído con la agudeza de una avispa apocaliptica'.
Casi al instante se da cuenta que su lucha no termina ahí, 'pues no es cierto que la obra del hombre ha terminado', 'mas la obra del hombre apenas ha comenzado'.
Por eso, mileuristas de todos los países, uníos por encima de razas. Ligaos todos. Decidlo con Aimé Césaire:
'Liga mi negra vibración al ombligo / del mundo. / Lígame áspera fraternidad'.
Pronunciadlo. Total, nada tenéis que perder. Ni una puta casa en vuestra vida. Seguro. A no ser que os mováis como una muchedumbre organizada.