martes, 08 de julio de 2008
Por José Mª Amigo Zamorano

Sesentó cerca del arroyo. Le gustaba el fluir del agua y su sonido learrebataba. No podía remediarlo. Era superior a él. Se quedaba allímirándolo recordando otro arroyo, el de su pueblo. No era un recuerdonostálgico sino la huella que, el correr del agua, le dejó impreso enla memoria para siempre: y sus plantas, y la película de hielo, atrozos blanquecina, en los días de invierno, y su caída en el arroyopoco antes de su enfermedad... O también el chorro de agua que llenabalas pozas en las que se bañaba, entre mediodía, en el verano, cuando lacalor apretaba, como ahora mismo.

Sino tuviera la vergüenza que, como adulto, tiene, se desnudaría y semetería en el centro de la corriente. No aquí, sino más arriba, en lacurva, donde el agua es menos impetuosa.

Aunqueno estaba muy distante cogió los prismáticos dirigiéndolos hacia eselugar del arroyo donde le hubiera gustado meterse. Estaba la curva delrío como siempre: el agua cristalina corría mansamente peinando lasplantas acuáticas que aparecían tendidas a lo largo como pelos mojadossurcados por un peine; en las márgenes juncos y espadañas, berros ycorujas; y un poco más apartada de la orillas, una zarza con sus floresblancas. En primavera solo se veía una cinta blanca a lo largo de sucurso: era el mismo arroyo cuajado de las flores blancas de esasplantas acuáticas. Ahora, las que destacaban estaban a la orilla, fueradel agua: las margaritas blancas, los amarillos botones de oro y lostambién amarillos dientes de león.

También destacaba ella. Si, ella. Nerviosa. Valiente. Sola. Negra. ¿Qué haría allí?

Mantuvolos prismáticos fijos en ese hecho insólito. No por voyerismo, no. Nopenséis mal. Ni por el exotismo negrista. Que nadie se llame a engaño.Fue solo por una simple curiosidad cuasi científica. No había ningúnrastro de morbo en su empeño. Además, hacía ya mucho tiempo que negrosy negras, en España, no producían cosquilleo morboso. Ni tan siquieraaparecían como algo exótico. Pero es que, a él, precisamente a él, nole podían achacar inclinaciones lascivas hacia tales hembras, si de esose trataba. Se había pronunciado categórico al respecto:

-Yo soy un racista sexual.

Y añadía:

-Y, al mismo tiempo, me considero un antiracista intelectual.

Ambascosas necesitaban una explicación que, él, había dado en numerosasocasiones, sin ningún rebozo. Tenía relación con su experiencia sexualcon una prostituta: no pudo llegar a penetrarla; fue un verano en elBarrio Chino de Salamanca; una mujer negra, joven, guapa... todo lo quese diga es poco... pero cuando se abrió de piernas y le vio sus órganosgenitales... entre rosados y grises... no pudo... fue superior a él...le parecieron semejantes a los de las burras o yeguas del establo de supadre... quizás fuera la cantidad de alcohol trasegado... aunque élsiempre lo atribuyó al colorido con que se le presentaron a la vista...

Y no, no pudo copular pensando que lo hacía con una yegua o una burra... Por eso repetía a quien quisiera oirlo:

-Soy un racista sexual, un racista de sexo. Y un antiracista intelectual.

Estoúltimo lo decía porque estaba convencido de la igualdad de todos losseres humanos. Militaba en esa lucha contra posiciones racistas...desde su intelecto, no desde su carne. Y eso le martirizó toda la vida.

Demodo que su interés en la contemplación de ese acontecimientosorprendente, insólito, en el arroyo... no, no se debía a lascivia, nia morbo, ni al hecho de su negro colorido. En absoluto. Era curiosidadcuasi científica. Como ya había indicado más arriba.

Lo realmente insólito, sorprendente, radicaba en la soledad del individuo trajinando por esos andurriales...

Porsi no había mirado bien, por si no lo había hecho concienzuda ydetenidamente, volvió a barrer con sus prismáticos esa parte delriachuelo de arriba a abajo.

Nada. No vio nada mas.

Volvió a mirar a derecha e izquierda... sin descubrir nada.

Elcomportamiento de ella indicaba tal vez un trajineo dubitativo,cambiando de dirección muy a menudo. Como si el hecho, cierto, de estaren el arroyo o en la orilla o en el fango le causara extrañeza. Hastahubo un momento en pisó la cagada de una vaca (aún humeante y llena demoscas) pero salió indemne de la aventura.

Lode la cagada de la vaca lo sabía él desollado, sin ninguna duda, porquediferenciaba entre varios excrementos; por ejemplo: cagada, cagajón ycagalita. No llegaba su riqueza de vocabulario a nombrar tantosexcrementos como Delibes en la novela 'EL camino', pero... de esosestaba seguro.

Despuésde muchas vacilaciones, de incontables titubeos, de volver sobre suspasos desandando lo andado, de atravesar el barro, la corriente, lacagada casi líquida, de meterse entre juncos y espadañas, de colarseentre flores, de subir y bajar... por fin, se encaminó hacia la zarza ydesapareció.

Observa consus prismáticos el zarzal. Se pone nervioso. No atisba nada. Movióinquieto la rueda de ampliación. Ese artilugio para el aumento de lasimágenes, una especie de zoom (o como se diga) que tienen loscatalejos. ¡Lo hizo a tope! ¡Hasta el máximo!

-¡Ah, coño! ¡Lo descubrí! -exclamó con alegría.

Milesde hormigas negras aparecían por el lado izquierdo de la zarza, como sila tierra cociera a borbotones una especie de salsa negra. Allí estabael hormiguero. Ella, la negra, la hormiga negra, debía ser una de lasexploradoras del hormiguero.

-Ahíestaba la explicación de su soledad: era la vanguardia de su comunidad.Por ella se había arriesgado a morir arrostrando peligros ciertos:abriendo caminos.

Abandona el catalejo. Y sentado comoestá en la piedra fija la mirada en el correr del agua, mientrasescucha arrobado su murmullo. ¡Es una gozada cerca del agua la vida!

Tags: relato, José Mª Amigo Zamorano, cuento, narración

Publicado por Senocri @ 23:52
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Comentarios
Publicado por mujermentirayel
jueves, 10 de julio de 2008 | 17:07
El relato me gustó mucho, por razones varias y diversas. No sólo ni principalmente la sorpresa.La descripción inicial me trajo recuerdos muy vívidos. Los dos finales son me parecieron muy buenos.
¿Por qué dos finales?Lo diré si escribo otro comentario
Publicado por Chemarubiov
viernes, 11 de julio de 2008 | 21:40
QUE GOZADA poder estar junto a la orilla de un gran lago africano lejos de todo, .. loq ue nos aisla.
saludos
Publicado por mujermentirayel
miércoles, 16 de julio de 2008 | 1:09
Los párrafos anteriores al último narran el final de "la negra" observada. Me sorprendió ese final.
El último párrafo es un final que me sacude: he estado solo, viendo y escuchando el agua que corre, no en Africa, pero sí en lugares muy caros para mí.