En una pieza del tercero de sus poemarios publicados, The Blood in the Desert’s Eyes, Syl Cheney-Coker escribe:
Goya you painted a country destroying itself
the absolute horror the cannibal instinct
you painted Spain and the agony in the crude heart
of war the agony that destroys the agony that walks
with the gait of an ass [...]
[...]
Goya you painted the heart of Spain
what a pity you are not around to paint my country
—my heart!
(“The Painting”, pp. 14-15)
No, Goya no estaba “around” en 1990 para pintar Sierra Leona con sus
característicos trazos agónicos y Syl Cheney-Coker cargó con la tarea
él mismo, aunque en un estilo que lo aproxima más al primer García
Márquez que al irascible aragonés. The Last Harmattan of Alusine Dunbar,
una novela de cerca de 400 páginas, potente y seductora, exigente a
ratos, admirable a otros, decepcionante a momentos también, ganadora en
cualquier caso del Commonwealth Writers’ Price africano de 1991, es el
resultado del forcejeo de Syl Cheney-Coker (Freetown, 1945) con la
historia y el alma de su país.
Malagueta es el nombre mítico que recibe Sierra Leona —una nación
fundada, al igual que Liberia, por esclavos liberados de América y
devueltos a su continente de origen— en la única novela hasta el
momento de Cheney-Coker, una fábula nacida después de sus tres famosas
colecciones poéticas: Concerto for an Exile (1973), The Graveyard Also Has Teeth (1974) y la citada The Blood in the Desert’s Eyes
(1990). El libro comienza por un prólogo narrativo que describe el
golpe de estado perpetrado por el general Tamba Masiamara contra una
clase política corrupta, servil frente a los intereses neocoloniales de
los europeos y americanos, pero frustrado por el coronel Lookdown
Akongo. El primero es élite; el segundo (segundo también en el mando)
es un hombre revanchista, arribista, marcado por una infancia mísera y
por el rencor contra las clases adineradas cuajado en el lodo de
aquella humillación. Hasta aquí, estereotipos de la narrativa africana
moderna... pero el prólogo termina abandonando al general Masiamara en
su celda terminal —irónicamente, ergástula de una antigua prisión de
esclavos construida por los portugueses en una isla frente a la costa—
y la historia, entonces, empieza con una serie de abruptos saltos
adelante y atrás en el tiempo a lo largo de un arco de trescientos
años, hasta reposar en ese periodo de la historia de los hombres que el
autor asume como el gran momento formativo de la nación de Malagueta:
la llegada de los primeros africanos repatriados desde América a la
costa noroccidental del Continente Negro. Desde ahí, la narración
avanzará siguiendo todo el arco del progreso histórico hasta cerrar el
círculo con el ahorcamiento del general golpista, para quien acaba de
cerrarse también el círculo inenarrado de su año en prisión... dejado a
sus sueños, pensamientos y recuerdos solitarios en el margen de la
historia, inaccesible a la mirada y atención lectoras.
De Jeanette Cromantine, al final de la Guerra de Independencia
americana, el autor se remonta a la historia de su madre, la esclava
Sophie Mahogany, para pasar después, de nuevo a través de Jeanette, al
relato del que será su marido, Sebastian Cromantine y con él, a
episodios de la guerra entre los rebeldes y el ejército colonial. En el
barco (el Belmont) que los transporta a Kasila, una región imaginaria
en la costa africana, después de la guerra, los Cromantine entran en
contacto con Isabel Smith, cuyo verdadero nombre es Fatmatta, apodada
por el resto del pasaje “the Bird-Woman” a causa de los trinos agudos a
los que es capaz de encumbrarse al cantar. Pero “the Bird-Woman” es, en
realidad, “the Scorpion-Woman”, o así la conoció Kasila antes de que la
secuestrasen los traficantes de esclavos: a través de ella, la
narración se remonta ahora a los orígenes de este personaje en la
Kasila de los comienzos, cuando la magia de la cosas impide trazar una
línea precisa entre mito e historia; a su madre Mariamu, casada con el
magnate caravanero N’jai —que persiguió la quimera alquímica del rey de
oro hasta los confines del mundo conocido—, pero que tuvo a Fatmatta no
de su errabundo esposo, sino del profeta Sulaimán el Nubio, llamado
también Alusine Dunbar, el hombre capaz de ver todos los pormenores del
devenir de Malagueta en su espejo visionario o de alumbrar los rincones
oscuros del futuro con los rayos vaticinantes de sus testículos
luminosos.
Alusine Dunbar es, en parte, el hilo metafísico que teje la historia,
emergiendo aquí y perdiéndose allá en la urdimbre que subyace al tapiz
temporal de Malagueta. Es el comienzo y el fin de la narración; está
más allá de la vida y la muerte, es corpóreo y fluido, como los sabios
taoístas, puesto que... «Alusine Dunbar had conquered the last mystery
of how to be alive in the same place where he had died over a hundred
years before» (p. 289). Y, al igual que ellos, conoce el mundo más allá
de lo que el mundo está dispuesto a decir de sí. Es docto y profeta,
instruye y destruye... pero deja que el destino se cumpla en la
historia de los hombres tal como ha sido anunciado ya en sus infalibles
visiones testiculares.
En parte también, Alusine Dunbar es el propio autor de la obra, que
alberga en su consciencia el principio, el fin y la historia entera de
Malagueta. ¿Realismo mágico? Quizá... pero los elementos metarrealistas
en la novela, que no son en absoluto los predominantes en la narración
ni los determinantes de la atmósfera general de la obra, tienen más que
ver con lo trascendental que con lo mágico o fantasioso, más con una
realidad concebida en términos sobrenaturales, animistas,
misteriosóficos, que con plumíferas extravagancias de la imaginación
poética. Que los muertos pululen entre los vivos, que los sabios sean
capaces de perseguir con clarividente pupila los meandros del destino
que se adentran en las brumas del futuro, que los testículos sean sede
de luz profética... todo ello forma parte natural de la visión del
mundo de culturas menos contaminadas por el materialismo ingenuo de la
nuestra: esa metafísica sumergida, ese dogma cerril disfrazado de
sentido común, esa filosofía para perezosos que aún no se han enterado
de que, cuando los hierofantes de la ciencia intentan tocar y definir
la materia en sí, ésta, fragmentada hasta lo inefable en un cosmos de
elusivas partículas, corrientes energéticas y solapadas dimensiones, se
les escurre como insidiosa arena entre los dedos.
Una serie de hitos marcan la historia de Malagueta, tal como nos la
cuenta Cheney-Coker. La llegada de los libertos negros a Kasila y el
establecimiento de una primera colonia “neoafricana” a sotavento de la
población aborigen. La erupción de una plaga, cuando Jeanette
Cromantine planta en suelo africano patatas americanas, y el
arrasamiento de la primera colonia por los nativos. La llegada de una
segunda oleada de colonos africanos, con Thomas Bookerman al frente, y
el restablecimiento del primer asentamiento junto con los
supervivientes de aquél, refugiados hasta entonces en la jungla. La
incursión del capitán británico David Hammerstone, cuando llegan
noticias a la ávida Gran Bretaña de la prosperidad de Malagueta. La
rebelión de los colonos contra la primera intentona británica y la
huida de Hammerston a la jungla. La segunda y exitosa incursión del
capitán, esta vez con mercenarios africanos, y la colonización
británica de Malagueta. La segunda e infructuosa rebelión de los
colonos originales liderada por los fugitivos de la primera guerra. Y,
en fin, la evolución de la nueva colonia imperial, dividida ahora en
clases económico-cromáticas que contradicen el solidario utopismo
fundacional de los primeros “repatriados”, hasta esa independencia de
nombre pero no de moneda que define el periodo neocolonial.
Pero Cheney-Coker escribe ante todo sobre personas —la comunidad,
colonia, nación se configura en la obra a partir de ellas— y lo hace
con inteligencia, pasión y poesía. En ocasiones, pinta episodios de una
turbadora intensidad, como cuando Louisa Turner, una de las reclusas
del claustro establecidas en Malagueta con las nuevas oleadas
migratorias, se masturba con un Cristo de porcelana y responde a la
recriminación de otra de las hermanas diciendo: “Pensé que era domingo
y que él me estaba mostrando su paraíso”. Pero la escena es tan
conmovedora y subversiva que merece ser citada en su totalidad:
«Worn out by the ogre of insomnia, Louisa began to pace up and down her
room [...]. Standing on the chest of drawers in her room was a figure
of a Black Christ that the Indians had given her as a parting gift.
Barely conscious of what he was doing, Louisa removed the figure from
the top of the chest and began caress it with her fingers, placing it
on her breasts. She was startled that it came alive with a vibration
that shook the arteries in her heart, making her quiver like a
frightened child caught sucking her finger. An involuntary hand guided
her to the narrow bed of her maidenhood, laid her gently and began to
fondle her breasts, that were taut and ripe like enlarged pomegranates.
Her blood flowed like a stream from a great dam, flooded her being, and
parted her legs like a broken earthenware jug. Out of the depth of a
dimly perceived desire like hunger, she felt her hand curving like a
bird with the figure of the porcelaine Christ into a darkness that was
soft like a mushroom, that had never been watered before, but which at
the unbelievable pleasure of the implantation shook her body like a
hurricane. She screamed and shuddered with the realisation that this
was what had been promised to woman by Christ on the other side of
Golgotha, to Mary Magdalene, and which, despite de image of the girls
on the big stallion on the plantation, and the arbitrariness of the
misplaced glory of the cloister, had been growing in her heart of
hearts. When she realised what she had done, she cried with happiness
because she had loved Christ as she had always wanted, and could now
love man.
Alarmed by the shriek from Louisa’s room, Sister Beatrice came
rushing up the steps, thinking that the young woman was being attacked
by a man who had climbed through the window, or by a snake. She pushed
the door open and saw Louisa lying down, with the face of a celestial
angel, but with the languor of a mistress. When she saw the porcelain
Christ between Louisa’s legs, it did not take the older woman long to
realise what had happened.
‘My child!’, she exclaimed, ‘De devil done took your mind, but you gon come down and pray to de Lawd to drive him out.’
Louisa did not move from her position. She was still enjoying the
discovery, wishing that the moment would last, that it was not all a
dream from which she was terrified of waking up, to return to the cold
reality of living in the cloister. Christ whose blood had flowed on the
cross, confirmed that it was real, because she felt her own blood
trickling down her leg, warm and beautiful. She felt miles and miles
away from the child that she had been only few moments before so that
the woman standing there seemed not like the avenging angel of former
times who had the power to return her to the flock, but like a cuckoo
that had landed among the precious eggs of her maturity. She looked at
Sister Beatrice with a smile that was like a flower opening up on a
summer day, proud of herself, like a beautiful peacock, and replied
with the calm of a young celebrant:
‘“I thought it was sunday, and that he was showing me his paradise.’ (pp. 119-120)»
Para algunos, encerrados entre las cuatro paredes “Pétreas” del
cristianismo vaticano, comparar la sangre vaginal con la cruciferal, el
orgasmo con el paraíso, el placer sexual con el amor y promesa de
Cristo, o usar a Cristo como consolador será sin duda blasfemo. Pero
literariamente hablando, la escena no puede ser más delicada y
oportuna. Tras el horror de las violaciones presentaciadas por Louisa
en la plantación donde naciera esclava, perpetradas por amos muy
cristianos; tras la experiencia del Cristo del claustro de Malagueta,
un Cristo de la represión y negación carnal, Louisa asiste aquí a un
auténtico milagro de transubstanciación por el que la porcelana gazmoña
se hace carne y sangre en la forma —muy al estilo del lingam shivaico
en el tantra— de dildo sacramental. Louisa descubre aquí un Cristo de
la afirmación sensual y sensorial, de la expansión corpórea, de la
frescura epidérmica, y traduce la letra de la “buena nueva” en los
términos de una gozosa vibración genital.
Es un Cristo negro, indio, telúrico y celular el que descubre Louisa
aquí, lejos del Cristo eunuco del que toma distancia Cheney-Coker en su
poema “Obelisk” (Concerto for an Exile,
p. 26): «I have given up/ trying to be a christian/ in this nation of
faggots/ this country with its religious negroes/ ugly in mourning for
a eunuch Christ...»; distinto del Cristo artero de “I Die Before
Thirty” (ibíd. p. 34): «but behold the eunuch Christ!/ resurrected by
his own cunning/ his uncrucified body and hands/ fasifying his death»;
ajeno al Cristo opresor de “Mysery of the convert” (ibíd. p. 24):
«Christ you must have been a peasant in your time/ you died naked in
your cross/ it was the church that made you a landowner/ and built you
a catholic empire». Un Cristo, en definitiva, que ha recuperado sus
“cojones” y que libera, tanto a la mujer como al hombre, de las cadenas
de la represión mojigata por la aceptación del sexo, el cuerpo y la
piel como fuentes de inculpable gozo. Una maniobra de Cheney-Coker que,
si se piensa bien, tiene mucho de blakeana.
La cita anterior pone en evidencia otra de las características de la
novela de Cheney-Coker: el frecuente uso del dialecto ebónico, o “black
english,” en los diálogos. Sister Beatrice, como mujer del pueblo que
es, se dirige a Louisa en ebónico; Louisa, aunque de raza negra como
Beatrice pero más cultivada que la anterior, le responde en inglés
estándar. A mi modo de ver, uno de los momentos más logrados y
entrañables de la obra en “black english” es la apelación a Dios de
Jeanette Cromantine en su ancianidad para que no tarde en llevársela:
«‘Ah knows the good Lawd done forgit me down here,’ she would complain
to her friend, Isatu Martins, when she had prepared her for the
possibility of her going. ‘Look at all de young people dying; dem dat
should bury me, while ah been waiting in the queue all dis time for him
to call me home’
So saying, she began to compose a petition in her mind, which she
hoped would get to God. She would take it to the grave of her son, who
was in ‘Abraham’s bosom’, and ask him to appeal to ‘de Master’ to call
her home. In it, she thanked God for having given her a long life,
which, in spite all ‘de ups and downs’, she had enjoyed. But her bones
were tired, her eyes were losing their brilliance, and she did not want
to get to the point where they would have to put her out to dry in the
sun like beans. ‘Imagine me, Lawd,’ she appealed, ‘not able to use ma
faculties; not able to move about; just sitting in one place, while dem
lizards run all over the floor, the fowls gon mess up the flower pots.
But ah knows you are a good Master, and you won’t let dis lady wait too
long for the angel to come.’» (p. 345).
Desde el punto de vista estilístico, quizá el aspecto más notable sea
el uso —y a menudo abuso— de la metáfora: “the labyrinth of its own
genius”, “the crypt of manhood”, “the prism transparency of childhood”,
“the opium of old age”, “the unscripted almanac of the child’s future”,
“the glowing light of his knowledge”, “the ambrosia of his speech”,
“the chrysantemum of his love”, “the scorpion of regret”... En
ocasiones, sagaces y oportunas como la siguiente metáfora implícita:
“Confuncian senility”; en otras, pobres y redundantes: “vermilion
redness of her adoration”, “opium of alcohol”, “the toxin of bitterness
in her heart”; y muy a menudo devaluadas por efecto de su acumulación.
Narrativamente hablando, los momentos más flojos de la novela están
relacionados con las hermanas Arabella y Mathilda Garrison, dos
ochavonas (de abuela materna mulata) de clase alta, llegadas a
Malagueta con sus acaudalados padres, que migran a esta región desde
una cercana colonia portuguesa atraídos por la supuesta estabilidad
instaurada por los nuevos amos británicos. Cuando Cheney-Coker describe
el efecto que la lectura de los poemas de un autor local, Garbage,
producen en Arabella y su consecuente enamoramiento, parece como si
hubiésemos caído de pronto en el parterre de una de esas novelas
románticas sensibleras con heroínas que sufren, a escala hiperbólica,
males figurados a causa de mórbidos amores autoinducidos. Incluso las
metáforas tienden aquí a descarriar a lo grande:
«Arabella went to her room with the poems after dinner, opened her
windows in the warm night and, after lighting the desk lamp, started to
read. The extravagance of Garbage’s passion, the deep reservoir of his
brooding and the zoological garden of his images that had frightened
Regina Garrison created such a glandular disturbance in Arabella after
she had read the first five poems that she felt hot inspite of the rush
of a breeze, and had to remove the pins of her bodice in order that she
might be able to breathe in the fire of Garbage’s verse. Troughout her
days at school, in the wood-panelled library of the Victorian house
where Alphonso Garrison had raised his daughters so that they would
receive the entreaties of illustrious men, Arabella had been introduced
to the beauty of English poetry, the paradaisical gardens of Spain and
the arabesque fountains of Rome. And she had dreamed of the other
enchanting wonders of those lands so often that she already knew some
of their names intimately, and was only waiting for her father to give
up what she considered that thankless business of running a crazy town
where no one appreciated his efforts, and take them on holiday. But
nothing that she had read in those Arabian Nights tales had so shaken
her that she had felt the need to be freed of that garment that was a
sign of her proper upbringing» (p. 330).
Pero en última instancia, y a pesar de sus momentos menos inspirados,
la novela de Cheney-Coker merece la pena. Es una epopeya lírica que,
lejanamente, recuerda la extraordinaria Two Thousand Seasons
de Ayi Kwei Armah, pero donde las vidas individuales —mucho más que el
espíritu colectivo, como en aquélla— son las que transportan el testigo
de la narración, pasándoselo unas a otras a través de la verticalidad y
horizontalidad de los tiempos, hasta tejer por completo la polícroma
urdimbre global.
Tomado de:
http://belatreides.typepad.com/africa_log/
Tags: Literatura africana, novela