domingo, 15 de marzo de 2009
Tayyeb Saleh: El limo del Nilo (1)

Los años pasaban uno tras otro, y el Nilo se hinchaba como el pecho de un hombre enfadado. El agua desbordaba las orillas, cubría la tierra de labor, hasta alcanzar el extremo del desierto y la base de las casas. Las ranas croaban por la noche, y del norte fluía una brisa húmeda que traía un olor en el que se mezclaba el perfume de las flores de acacia, el de la madera húmeda, el de la tierra fértil y sedienta cuando la riegan y el hedor de los peces muertos arrastrados por el flujo de la arena. En las noches de luna llena, el agua se convertía en un enorme espejo iluminado sobre cuya superficie danzaban las sombras de las palmeras y de las ramas de los árboles. El agua transportaba los sonidos a largas distancias. Y si se estaba celebrando una boda a dos millas, se podía oir el ulular, el redoblar de los tambores y la melodía de panderetas y flautas, como si fuera al lado de tu casa.

Pero un día el Nilo tomaba aliento y despertaba. El pecho del río se había sumido y el agua de las orillas había desaparecido para fijarse en una gran corriente que se extendía hacia el este y el oeste, de la que surgía el sol por la mañana y en la que se hundía al atardecer.


Se podía ver la tierra que se extendía fresca y lisa; sobre ella, el agua había dejado finas marcas al recobrar su curso natural. En ese momento, el olor de la tierra te llenaba la nariz, y te recordaba el de las palmeras cuando van a ser polinizadas. La tierra estaba tranquila y húmeda, pero se presentía que guardaba un gran secreto en su vientre, como una mujer de inconmensurables apetitos preparada para recibir al hombre. Estaba tranquila, pero sus entrañas rebosaban de agua en ebullición, el agua de la vida y de la fertilidad. Estaba húmeda y preparada. Se disponía a dar. Algo agudo perforaba sus entrañas, era el momento del éxtasis, el dolor y la entrega, y en el mismo lugar eran colocadas las semillas. Igual que el útero de la hembra, acogía en su vientre las semillas del trigo, del maiz y de la alubia para después abrirse y dar plantas y flores.



Tayyeb Saleh

(De 'La boda de Zayn' en 'Dos novelas sudanesas'; páginas 38, 39 y 40; Editorial CantArabia, Madrid 1987; traducción de Milagros Nuin)

__________
(1) El título es nuestro

Tags: Novela africana, Sudán, literatura africana, Tayyeb Saleh, novela

Publicado por Senocri @ 21:10
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por mujermentirayel
lunes, 16 de marzo de 2009 | 20:22
¡Qué hermosa descripción!

Eso no pasa en las montañas de mi tierra donde hay que sembrar en laderas o acaso en lomeríos o en planicies donde los ríos caudalosos no se conocen.

Un gran saludo.