martes, 14 de abril de 2009
Pero en el combate por su libertad, ese pueblo, antes expulsado a círculos fantasmagóricos, aprisionado en un miedo indescriptible, aunque dichoso de extraviarse en un huracán de alucinaciones, se descoyunta, se modifica y causa, con sangre y lágrimas, enfrentamientos muy reales e inmediatos. Dar alimento a los mudjahidines, apostar centinelas, ayudar a las familias carentes de lo más necesario, reemplazar al marido muerto o prisionero: esas son las tareas concretas que debe emprender el pueblo en la lucha por la liberación.

En el mundo colonial, la sensibilidad del colonizado se mantiene a flor de piel como una llaga viva que no puede ser cauterizada. Y la psique se retracta, se oblitera, se descarga en demostraciones musculares que han hecho decir a los hombres muy sabios que el colonizado en un histérico. Esta afectividad erecta, espiada por vigías invisibles, pero que se comunica directamente con el núcleo de la personalidad, va a complacerse eróticamente en las disoluciones motrices de la crisis.

En otro ángulo, veremos cómo la afectividad del colonizado se agota en danzas más o menos tendentes al éxtasis. Por eso, un estudio del mundo colonial debe tratar de comprender, forzosamente, el fenómeno de la danza y el trance. El relajamiento del colonizado es, precisamente, esa orgía muscular en el curso de la cual la agresividad más aguda, la violencia más inmediata se canalizan, se transforman, se escamotean. El círcula de la danza es un círculo permisible. Protege y autoriza. A horas fijas, en fechas fijas, hombres y mujeres se encuentran en un lugar determinado y, bajo la mirada grave de la tribu, se lanzan a una pantomima aparentemente desordenada, pero en realidad muy sistematizada en la que, por múltiples vías, negaciones con la cabeza, curvatura de la columna vertebral, inclicación hacia atrás de todo el cuerpo, se descifra abiertamente el esfuerzo grandioso de la colectividad para exorcizarse, liberarse, expresarse.

Todo está permitido... en el ámbito de la danza. El montículo al que han subido como para estar más cerca de la luna, el ribazo en el que se han deslizado como para manifestar la equivalencia de la danza y la ablución, la purificación, son lugares sagrados. Todo está permitido porque, en realidad, no se reúnen sino para dejar que surja volcánicamente la líbido acumulada, la agresividad reprimida. Muertes simbólicas, cabalgatas figuradas, múltiples asesinatos imaginarios, todo eso tiene que salir. Los malos humores se derraman, tumultuosos como torrentes de lava.

Un paso más y caemos en pleno trance. Es verdad, son sesiones de posesión-desposesión las que se organizan: vampirismo, posesión por los djinns, por los zombis, por Legba, el dios ilustre del Vudú. Estas trituraciones de la personalidad, esos desdoblamientos, esas disoluciones cumplen una función económica primordial en la estabilidad del mundo colonizado. A la ida, los hombres y las mujeres estaban impacientes, excitados, 'nerviosos'. Al regreso vuelve a la aldea la calma, la paz, la inmovilidad.

En el curso de la lucha de liberación, se asistirá a un desapego singular de esas prácticas. Frente al paredón, con el cuchillo en la garganta o, para ser más precisos, con los electrodos en las partes genitales, el colonizado va a verse obligado a dejar de narrarse historias.

Después de pazos de irrealismo, después de haberse revolcado entre los fantasmas más increibles, el colonizado, empuñando la ametralladora, se enfrenta por fin a las únicas fuerzas que negaban su ser: las del colonialismo. Y el joven colonizado que crece en una atmósfera de hierro y fuego puede burlarse -y no se abstiene de hacerlo- de los antepasados zombis, de los caballos de dos cabezas, de los muertos que resucitan, de los djinns que se aprovechan de un bostezo para penetrar en nuestro cuerpo. El colonizado descubre  lo real y lo transforma en el movimiento de su praxis, en el ejercicio de la violencia, en su proyecto de liberación.

Hemos visto que durante todo el periodo colonial esta violencia, aunque a flor de piel, gira en el vacío. La hemos visto canalizada por las descargas emocionales de la danza o el trance. La hemos visto agotarse en luchas fratricidas. Ahora se plantea el problema de captar esa violencia en camino de reorientarse. Mientras antes se expresaba en los mitos y se ingeniaba en descubrir ocasiones de suicidio colectivo, he aquí que las condiciones nuevas van a permitirle cambiar de orientación.
 


Franz Fanon
('Los condenados de la Tierra')



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(*) Título puesto por nosotros 

Tags: antropología, negritud, violencia, anticolonialismo, política, Frantz Fanon

Publicado por Senocri @ 12:04
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Comentarios
Publicado por mujermentirayel
sábado, 18 de abril de 2009 | 17:38
¿Y qué pasa doscientos años después de que empezó la descolonización? Es el caso de patria (En un año y medio celebramos el bicentenario de la independecia de México)