viernes, 08 de mayo de 2009

2ª. Eufrasio Cascante. 1938

a) Descripción:

Eufrasio, monseñor, con quien tanto porfié de cadencias y pies quebrados, me unía esa menesterosa sensibilidad del letraherido, del poeta en ciernes, al cual la fama de otros vates lo anega a veces en suspiros de impotencia, a veces en insanos arrebatos de ira, cuando no en el pútrido pozo de la envidia.

Compartíamos una misma devoción garcilasista y rendíamos tributo en aquellos líricos balbuceos a la sílaba contada y a la rima consonante, y solíamos enviarnos a escondidas nuestros versos en un mudo torneo literario que encendía los espíritus y templaba nuestra tendencia al alejandrino, que aunque en demasía plateresco y rimbombante, carecía de ese austero comedimiento castellano del endecasílabo, pináculo de la gloria de la métrica hispana.

Pero eso fue en los tiempos novicios de latines recitados, que luego los malos consejos y lo turbulento de la época enardecieron a mi amigo y lo empujaron hacia otras lecturas mucho menos provechosas.

Corrían los años treinta y, ya ordenado sacerdote, Eufrasio se entregó con denuedo al estudio minucioso del epistolario paulino, si bien no abandonó su querencia de bardo aficionado y frecuentó con demasía los mediocress versillos que medraban en aquellos años republicanos, ocurrencias de novadores jovenzuelos y arrogantes, muy rojos y ateos en su mayoría. Dadaismo, Ultraismo, Futurismo, Surrealismo... toda esa barahunda modernizante embutía mi fogoso amigo en sus versos, sin dejar por ello de profundizar la palabra de San Pablo y publicar muy eruditos trabajos en sesudas revistas de escasa tirada.

Recitaba de corrido Eufrasio largos párrafos de las epístolas, en especial de las primeras a Corintos y Tesalonicenses, aunque tras el inicio de la guerra, nuestro traslado a Burgos y su malograda operación de fimosis, comenzó a obsesionarse por cierto versículo, aquel que dice: '... no por la amputación corporal de la carne, sino con la circuncisión de Cristo'; Colosenses 2, II, como usted recordará, monseñor.

Obcecado, dábale vueltas y vueltas a las santas palabras mi atormentado amigo, y entendiéndolas torcidamente, dio en creer que lo que el cirujano marró podrían solventarlo su pericia y su fe.

Desde entonces, no cesaba de fatigarse el prepucio a cualquier hora para alcanzar la divina circunscisión paulina, y corrían rumores entreew acólitos y monagos sobre si no serían purgaciones o ladillas, y que dónde y cómo habríalas adquirido.

Y con tanto manoseo, monseñor, contrajo Eufrasio fatalmente la nefanda depravación onanista, menos por vicio que por creencia, pues lo único que lograba con sus inocentes manejos eran obscenos desperdicios solitarios. ¡Qué lejos, amado padre, de la artesana concupiscencia de Genicio, otro de mis penitentes antologados!

Muchos fueron los poemas dedicados por Eufrasio a esta práctica degenerada. Con estas líneas le envío un ejemplo de los mismos de su época, que él denominaba, acaso cándidamente, vanguardismo de epístola mojada.

b) Poema sin título

Con lascivia cadencia, cual hierofante infernal,

evocaba arcanos dictados oraculares,

codiciaba el espolón con gravedad saturnal

susurrando atávicos goces reverenciales.


Avivaba su espalda, planicie remansada

ofrendada a sacrificios blasfemos,

a liturgias perversas nunca holladas,

los reflejos azufrados de las tentaciones

augurando un ansiado ceremonial

propicio al hallazgo de la umbría oquedad,

gruta angosta entre sinuosas colinas

de lujuriante y misteriosa fronda.


Celaba esquivo ignotos deleites impíos,

hurtaba el frenesí de la serpiente...

mas el diabólico abismo al fin sucumbió

a los fieros embates

del voraz cartílago palpitante,

ingurgitado en su tensa plenitud hiriente.


Delirios arrebatados por un ritmo feroz

de lúbricos tamtames,

atravesados por el hierro ardiente

de la enajenación placentera

laceraban mi carne atormentada.

Astros erráticos,

cometas agónicos

se derretían en acantilados

de lava incandescente.

Se destilaba en la siniestra hondura

de las ciegas entrañas

una secreta linfa

abocada a la espuma del éxtasis.


Del impuro arrebato

emanó exuberante

entre ayes desmesurados

el fatítico licor.


Rota la ensoñación quejumbrosa

restregaba pecaminosamente

contra las sábanas que me cubrían

mi vientre pegajoso, anegado

de savia estéril, sin finalidad.


(continuaráGuiño 


Tags: Anónimo, poemas, anticlericalismo, irreverencia, lujuria

Publicado por Senocri @ 14:03
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Comentarios
Publicado por mujermentirayel
sábado, 09 de mayo de 2009 | 1:30
Dada mi ceguera para la poesía, alabo la descripción; realmete divertida.

¡Olé!