miércoles, 27 de mayo de 2009

Azuela o el primer desencanto

Con este título publicó la revista 'Nueva estafeta', nº 27, de febrero de 1981 y bajo la firma de Luis de Paola (poeta argentino del que poco sabemos) el siguiente comentario, que colocamos para nuestros amigos mexicanos del blog 'Cazando Letras', de la obra de Mariano Azuela 'Los de abajo'; dice así:

Mariano Azuela: Los de abajo. Ediciones Cátedra, S. A. Prólogo de María Portal. Madrid 1980, 224 pp.

La revolución mexicana no tuvo una canción de gesta, pero si una novela que cumpliera con las exigencias del relato épico: Los de abajo. La prosa, de esta manera, una vez más, reemplazó al poema fundacional, como centurias atrás ocurriera con las Crónicas de Bernal Díaz del Castillo. A sesenta y cinco años de su primera edición, y por muchos conceptos, puede calificarse a la obra de Azuela con el adjetivo de clásica.

Novela realista por excelencia (que no significa fotográfica ni periodística, sino verosímil), tiene la virtud cardinal de abrir la puerta grande de la ficción a personajes reales, con su particularísimo vocabulario local, que era, como dice el mismo Azuela, 'soldados carne de cañón, pobre gente que no fue dueña siquiera del nombre con que los bautizaron' (1). Además de ser la primera con el tema de la revolución, Los de abajo es el embrión de toda la narrativa posterior, porque sin su existencia difícilmente habrían tenido una plataforma de despegue artistas de la jerarquía de Yañez o Rulfo. Azuela es, en la novela, lo que Ribera y Orozco en la pintura: el gran muralista de una época (y de una épica) de México.

En su momento se dijo, con más irresponsabilidad que rigor, que Los de abajo era un ejemplo de literatura revolucionaria. Toda aquella que represente una revolución en el lenguaje y la temática, en efecto, es de algún modo una literatura revolucionaria, lo cual es igualmente válido, por ejemplo, para escritores de ideologías tan dispares como Borges y Carpentier. Pero encuadrar, como se intentó, a la de Azuela dentro de los márgenes del realismo socialista, revela una ligereza de criterio no escasa en aquella época. Si comparamos Los de ajajo con una novela del realismo socialista (quizá la única perdurable ha sido Así se templó el acero, de Nicolai Ovstrovski), veremos no solo una conclusión totalmente opuesta en cada obra, sino también una actitud diferente en cada autor.

Los personajes de Ovstrovski, aunque no lleguen a verlo, luchan por imponer un orden social nuevo, los de Azuela se revelan por instinto, por hambre, ignorando para qué fin político específico. Ovstrovski, aunque ciego, verá la salvación de Rusia en el movimiento bolchevique instalado en el poder; Azuela, después de participar en al guerra como médico de las filas villistas, y después de publicar su novela, experimentará un profundo desencanto:

'Se me acusa -confesará con ironía- de no haber entendido la revolución; vi los árboles, pero no vi el bosque. En efecto, nunca pude glorificar pillos ni enaltecer bellaquerías. Yo envidio y admiro a los que si vieron el bosque y los árboles, porque esta visión es muy ventajosa económicamente'. (2)

Con mucho más fundamento, en cambio, otros consideraron esta novela, junto con Don Segundo Sombra y La Vorágine, como "una obra definitiva de nuestro tiempo y nuestra América", al decir del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob (3). La diferencia básica entre Los de abajo y Don Segundo Sombra no es otra que la diferencia de momentos históricos en las vidas agrarias de México y Argentina; pero tanto Azuela como Guiraldes coinciden, como testigos lúcidos de sus respectivas sociedades, al dejar sendos testimonios de cambio.

Don Segundo Sombra es una larga elegía en prosa, un canto novelado comparable a la poesía aldeana de Serguei Essenin, quien se lamentaba de 'la Rusia que se va': en ambos casos se observa aflicción motivada por un estilo pastoril de la vida que termina para dejar lugar a una nueva era de industrialización. Los de abajo, por su parte, es un testimonio violento y desencantado, una denuncia de incipientes vicios que con el tiempo pueden llegar a corrupción institucionalizada, y en tal sentido la ira y la honradez de su autor recuerdan las de José Hernández. Así como en el Martín Fierro Hernández habla de 'males que conocen todos pero que nadie cantó', Mariano Azuela, con ocasión de recibir el Premio Nacional de Literatura en 1950, revela: 'Descubrir nuestros males y señalarlos ha sido mi tendencia como novelista'. (4)

Para descubrir y señalar los males representó, para el humanista que había en él, un exilio de vida política, aunque haya significado su consagración como artista. Médico en la vida cotidiana, señaló y describió los males del país y su nueva sociedad objetivamente, como lo habría hecho con un organismo enfermo. Y así como la enfermedad es la degeneración del cuepo sano, la barbarie y el pillaje lo eran de la revolución.

Azuela sufre por los males de México, entiende que no puede existir una práctica revolucionaria coherente donde no hay un ideal inequívoco, un tratamiento planificado a largo plazo para extraer los tumores y sanear el organismo social. En este sentido es también precursor, el primer desencanto de una extensa nómina posterior, escritores que hablarían de 'la revolución traicionada'.

Ya en Los de abajo están los personajes que harán después frecuentes apariciones en la escena de la narrativa mexicana: el cacique cuya palabra es ley, quitando y adjudicando bienes de forma arbitraria y violenta; el oportunista y, como siempre, el multitudinario desamparo, el que sabe, como diría un personaje de Rulfo, quién es el gobierno, pero ignora 'quién es la madre del gobierno'. En este aspecto, repito, algunos personajes de Azuela, regresarán en las páginas de Yañez, Rulfo, Fuentes o Valadés.

Demetrio Macias, el héroe del relato, se diferencia del héroe clásico tanto como nosotros, angustiados habitantes de un mundo caótico y degradado, podemos diferenciarnos de los antiguos griegos veneradores de la armonía y la inteligencia. Básicamente, Macías es un hombre justo, y ama la libertad de su pueblo tanto como los viejos héroes míticos; pero al revés de Ulises, de Eneas y hasta de Don Quijote, no sabe ni puede saber lo que quiere. La historia, para él, es una pendiente por la que el hombre, una vez metido en ella, rueda como una diminuta piedra:

'-¿Por qué pelean ya, Demetrio?'

Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraido una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero, y dice:

-Mira esa piedra cómo ya no se para...' (p. 207)

Este campesino analfabeto, dotado de un profundo sentido de la realidad y hecho con la madera de los líderes, es en muchos aspectos, equiparable a otros héroes de novelas contemporáneas, aunque estos vivan en metrópolis kafkianas: es un Roquentin o un Erdosain en versión rústica, y las guerras agrarias lo llevarán a la incertidumbre, a la duda metafísica. Hombre de este tiempo, condenado a tomar decisiones de resultados imprevisibles, ya no existirá para él retorno a la paz del campo originario, primer y único objetivo de su guerra particular. Sabe que ya terminó la era de los héroes resplandecientes, que no hay héroes, sino hombres de valor atormentados por la duda y la confución, que Ítca es un recuerdo, no un final glorioso.

Luis de Paola

(Nueva estafeta, páginas 97/98)
__________
(1) Citado por Marta Portal
(2) idem
(3) idem
(4) idem


Tags: Reseña literaria, literatura mexicana, Azuela, novela

Publicado por Senocri @ 12:00
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Comentarios
Publicado por mujermentirayel
miércoles, 27 de mayo de 2009 | 23:20
Buen comentario. Me gusta en parte. Cierto que Azuela señala lo malo de la revolución, que es o fue mucho, pero no señala lo bueno que también fue mucho y algo queda. Nunca ve a Zapata y a sus hombre. Diré más.
Publicado por mujermentirayel
miércoles, 27 de mayo de 2009 | 23:25
Entre lo bueno de la revolución está el ejido mexicano, pero imagino que Azuela no lo consideró bueno, ni él ni muchos otros, porque para formarse se despojó a los de su clase -de Azuela- de sus latifundios para repartir la tierra a sus peones.
Publicado por mujermentirayel
miércoles, 27 de mayo de 2009 | 23:29
Zapata y sus compañeros de ejército sí tuvieron objetivos claros, a corto y largo plazo, tanto que todavía vive Zapata en muchos campesinos que hasta toman su nombre para continuar su lucha.

Perdón por el abuso. Aquí termino