Inmerso estaba en un profundo sueño sentado en la butaca, cuando lo despertó, hiriéndole los oídos, un golpe, o eso creyó, y una escandalosa y chirriante algarabía. Su mujer miraba por la ventana.
-¿Pasa algo? -preguntó en el duermevela.
No le contestaron. Y siguió en la modorra. Abriendo y cerrando los ojos. Del sueño que había tenido, muy florido, lleno de jardines, niños jugando entre rosales y pájaros cantores, pasó a un estado soñoliento de desasosiego, sin saber por qué, que le fue obligando a despejarse del todo.
Su mujer, de raza negra, algo entrada en carnes, sonriente, de ojos amielados y labios gruesos, dejó la ventana y se sentó en el sofá del salón junto a él con una lágrima que manaba de los ojos.
-¿A ocurrido alguna desgracia? Antes te he preguntado y no me contestaste.
-Perdóname. No te había oído...
-Entonces, dime... Tu tristeza será por alguna causa...
-Pues si... Las desgracias que vienen de arriba... Como siempre.
No le sorprendió la respuesta de su esposa. Tenía, ella, la idea de que, si no un solo dios, muchos gobernaban la vida de las personas. Estaba de acuerdo con el pensar y sentir de muchas personas cuando dicen eso de que... 'haber algo... tiene que haber'... En el caso particular de ella, quizás por creencias de su tierra africana, de donde procedía, cuando se refería a lo de 'arriba' o a los de 'arriba', en relación a desgracias o calamidades, estaba pensando en un dios concreto. Ese dios, además, estaba en el lugar de los ricos que moraban siempre arriba. Concepción de un dios clasista, teología de los de abajo, como se puede apreciar: el dios era un compadre y compinche de los poderosos, los esclavistas, los terratenientes, los caciques... con quienes planeaba asechanzas cuyo destino apuntaba a 'los de abajo', a los suyos, entre los que incluía, claro está, a su marido blanco. Dios terrible, cruel, inmisericorde, vengativo, rencoroso. Dios que había creado su mente. Dios suma de todas las maldades humanas. Nada excepcional pues todos los dioses son el-no-va-más... de lo humano.
En cuanto a lo de 'creado' -se desdijo él luego de pensarlo- no sería la palabra correcta pues, sin duda era una creencia ancestral que explicó, antaño, allende los tiempos, situaciones incomprensibles al parecer disparatadas o hechos desgraciados, injustos, dolorosos... para los de abajo.
Un remedio tenía al alcance de su mano contra ese dios furibundo, rabioso e irascible: rezar u obsequiar con algún detalle a otros seres supremos mas amigos del ser humano, con el fin de que, estos, pararan las asechanzas del malvado diosecillo.
También dioses tenía para dar y tomar: dios del amor, de los árboles, de los pájaros...
Su mujer, por otra parte, era una dama muy sensible, de manera que si alguna desgracia ocurría a su alrededor la sentía como si su propia carne la padeciera. Le asomaban las lágrimas enseguida. Y, como lo sentía, se hermanaba con el sufriente, siendo desprendida, generosa y solidaria.
-Dios no le hace caso a los pobres.
Era un proverbio africano que solía repetir. Tenía un saco de ellos. Mas, ese, lo repetía muy a menudo como ahora. Y como ahora añadía a continuación:
-Quiero llorar, pero en esta aldea está prohibida la tristeza.
Tras pronunciar esta parte de -aseguraba- un lamento azande, se ponía a llorar amargamente. Lo mismo, lo mismo que ahora.
-No llores, cariño.
Quiso consolarla el marido.
-Es... que no hay derecho. No señor. No hay derecho. Siempre pagan los de abajo. Aunque en este caso la culpa ha sido de los padres. Si vieras cómo reñían. Se acusaban uno a la otra y viceversa, despues de haberlo azuzado... ¡Qué algarabía!...
-Si, algo he oído...Me desperté inquieto...
-He sido injusto con los padres -continuó la mujer sin escucharlo- porque todos queremos lo mejor para los hijos. Para eso los educamos... ¡Eh, tú, a mi no me engañas, maldito! -exclamó mirando para arriba y llorando como una desconsolada.
-¿Ha ocurrido alguna desgracia?
-¿Desgracia? Claro. ¡Pobrecillo! ¡Tan pequeñito!...
El hombre, de por si tranquilo, llegó a alarmarse. Su rostro miraba sorprendido, casi alelado, a su esposa.
-Ellos envían las desgracias. Y él les ayuda. Endemonian a las padres... Recuerdo cuando niña... mi madre, si, mi madre, enfurecida por haberle comido un caramelo me rompió el labio de un tortazo y luego... luego tiró todo el bote de caramelos a mis amigos... Estaba con el demonio en el cuerpo. Lo dijo el brujo. Era verdad: cuando salió satán de ella me abrazó y lloró conmigo arrepentida.
-¿Por qué me cuentas estas cosas? Es que...
-Lo mismo que ahora. Más grave ahora. Se habrá matado. Sin duda. ¡Que desgracia!... ¡Pobrecillo!... Pero querían que aprendiera por si mismo a desenvolverse por el mundo... No ves a esos padres y a esas madres, en la plaza, que dejan a sus hijos pequeños que anden cuando apenas pueden dar unos pasos... A veces se le van a la carretera... Y corren a detenerlos con el alma en vilo... Quieren mucho a sus hijos...
Se detuvo y lo miró, sin que al parecer notara su presencia y siguió hablando compungida.
-Y si, es cierto, también sucede... Me acuerdo... Como si lo estuviera viendo en este instante... Uno que se llamaba Nkomo, al que apodábamos 'Lorón', atropelló con su tractor a su sobrino, una criatura de cuatro o cinco años... Fue el cariño... Vio el pequeño el tractor de su tío y, como 'Lorón' siempre lo cogía en brazos cada vez que llegaba del campo y le hacía carantoñas, se fue corriendo hacia el vehículo parado. En ese momento dio marcha atrás 'Lorón' para meterlo en el corral y mató al niño. ¡Qué pena! El brujo dijo que estaba predestinado porque era medio albino. Pero yo sé que fue el maldito ese... ¡Me cago en la madre que lo parió!...
-Me estoy alarmando mujer, ¿ha muerto alguien?...
-¡No me lo recuerdes!... ¡Pobrecito!... Si estaba ahí. Sus padres lo animaban. Tenía que atreverse. Lo azuzaban... Pero fue el maldito ese que todo sabe y todo lo ve quien no hizo nada desde arriba... ¡Pobrecillo! En la más tierna edad... Como nuestro hijo, marido, como nuestro hijo...
-¿No le habrá sado nada a nuestro hijo y me lo estás ocultando?...
-¿¡Qué me dices?! ¿A nuestro hijo?... ¡Los dioses no lo quieran! Pero es un mal agüero.
-¡Joder! Explícate mejor mujer. No te entiendo. Lo juro.
En ese momento si hizo silencio en la calle. Un hecho raro que encogió y sobrecogió a marido y mujer.
-¡¿Nuestro hijo?!... ¡No!... ¡No puede ser!...
Habló con la cara demudada, mas negra si cabe, los ojos entre amarillos y enrojecidos, su cuerpo temblaba como una campana que suena.
Una voz, en la calle, la llamaba a grito pelado:
-¡Delfina! ¡Delfina! Tu hijo está llorando. No sé qué le pasa...
Delfina, que así se llamaba la negra esposa del hombre del sillón, se acercó a la ventana asomándose.
-¡Mamá, mamá! Está muerto.
En la mano, color café con leche, tenía un pardal muerto.
-Pobrecillo! Mira, esposo, ¿lo ves? -le decía al marido, quien por fin se había separado del sillón para mirar a la calle- Estaba ahí, en la repisa de la ventana. Emprendió el vuelo animado por sus padres, pero un viento malo lo lanzó contra la pared de enfrente.
Respiró el hombre aliviado.
Cada vez le sorprendía más la mentalidad de su mujer. ¡Angustiarse por un pájaro!... Cosas de africanos de aldea...
No bien comenzaba a aflorar este pensamiento a su mente se arrepintió. Lo hizo al darse cuenta, como se dio, de que esos sentimientos no son exclusivos de una cultura, son universales. Conocía a una poetisa, Isabel Escudero, quien en un poemario titulado 'Gorrión, migajas...' confesaba que de niña quemó a un pájaro y, a sus sesenta años, aun continuaba abrasada.
-Es un mal agüero. ¡Maldito! -exclamó mirando al cielo la hembra.
Luego dentro de casa encendió velas delante de un monigote que denominaba... ¿Como lo llamaba?... ¿Obatalá?... ¿Ogún?... Nunca se quedaba la memoria del marido con el nombre de esas deidades africanas.
-¿De verdad es un mal agüero?... -se preguntó- ¿Por qué un mal agüero?... Acaso un despertar duro, si, y realísimo, también, después de un sueño florido.
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Hasta otra queridos amigos blogueros del mundo, me voy unos días de vacaciones y os dejo a este amigo zamorano al que he puesto en otras ocasiones.
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