Emmanuel Dongola: El monopolio del saber (*)
Este texto, extraído de una obra de Dongala (1), quizás les suene a moderno. Diríamos que muy moderno. A pesar de que se refiere a una aldea africana. Y a un curandero. Sin embargo llega con sonido de multinacional, o como si se refiriera a industria farmacéutíca, o a proceder de algunos médicos (quizás la mayoría, más taumaturgos que médicos), a monopolio... ¿queda algo más?... Posiblemente un largo ecétera
"Sin que su tío lo supiera, Mankunku probaba plantas y raíces nuevas; intentaba determinar la acción de diversas aguas mezclando sus medicamentos con la escarcha del alba, el relente del ocaso, el agua de lluvia. Pero no se quedó ahí. Su tío le había enseñado la regla de oro de todo acto curativo: llamar siempre a los ancestros, pues, en conclusión, ellos eran los que curaban; sino se hacía así, no sólo podía morir el enfermo, sino que hasta el propio curandero podía sufrir las consecuencias. Pero Mankunku experimentó medicamentos en enfermos sin invocar a los antepasados. Hizo así un hallazgo que iba a marcarle profundamente como el episodio del río (2): existían medicinas que podían sanar sin el concurso de los antepasados. Gozaba en secreto, era su propio modo de sacudir a los poderosos. Sin informarle a su tío y se lanzó luego a la búsqueda de aquellas sustancias lo bastante fuertes como para curar por sí mismas: así encontró el kimbiolongo, raiz que devuelve la virilidad y la vitalidad a los hombres. Descubrió el amargo juego de quinquina para cura el paludismo, las hojas del mansunsu contra la fiebre y la fatiga muscular, el kazu contra el sueño y la fatiga del espíritu, los días de guerra y de caza, y más, muchas más cosas que el propio pueblo ha olvidado. Y como era contrario al proceder de su tío, que preservaba sus conocimientos de toda indiscreción, comenzó a hacer divulgar, a difundir estos descubrimientos entre la gente del pueblo y a mostrarles cómo curarse ellos mismos; gracias a él, los viejos vivieron una nueva juventud con jóvenes y dinámicas esposas, los brujos no pudieron ya atacar a la gente con el paludismo y no se recurría al curandero Bizenga por un simple dolor de vientre.
El tío entró en una espantosa cólera cuando, cierto día, sorprendió a Mankunku revelando a uno de sus enfermos los componentes de una pocción. Aulló, gritó, chilló:
-¡Hijo ingrato, quieres arruinarme, traicionarme, pese al todo el bien que te he hecho!
-Tío, enseño a la gente a curarse por sí sola, no veo mal en ello.
-¡Cállate! Olvidas que soy tu maestro, que te lo he enseñado todo.
-No, no lo olvido.
-Entonces no olvides tampoco que soy más viejo que tú, que sé más que tú y que puedo perjudicarte muy seriamente.
-Pero, tío, cuando vienen a tu casa, aunque sea por un mal muy pequeño, tienen que traerte un pollo, una cabra o una cabalaza de vino de palma.
-¡Cállate muchacho insolente! Bien sabes que no son regalos que me hacen sino ofrendas a los antepasados.
-Si, tío, quisiera creerte, pero eres tú el que se come los pollos, las cabras, tú el que se bebe el vino con tus esposas.
-Muchacho tozudo, tozudo e insolente, quieres entremeterte, ¿verdad?, pues bien, entremétete y cerás, si no fuera el hijo de mi hermana ya te habría hecho daño, te habría maldecido y expulsado de mi casa.
El tío tiene los ojos enrojecidos, los labios hinchados, el rostro deformado por la cólera; Mankunku siente que la prudencia exige no envenenar las cosas, baja el tono, pone ojos tristes, se humilla un poco y da a su voz un matiz de arrepentimiento:
-Perdóname, tío, he actuado como un niño, pues no tengo aún bastante sabiduría, soy solo un aprendiz a tus órdenes, te debo respeto, tanto por tu edad, como por tus conocimientos, te pido perdón.
El rostro del maestro se distiende, recupera una forma familiar, los labios se hacen menos espesos.
-Es cierto, tío, si he venido a tu casa lo he hecho para aprender, haces bien diciéndome que me equivoco.
El tío sonríe, palmea el hombro del muchacho; ¡uff la tormeta ha pasado!, la confianza se restablece, se recupera el respeto por la tradición, el mundo no está ya amenazado, se ha perpetuado su equilibrio; las cabras, las gallinas, el vino y demás regalos seguirán afluyendo, nada cambiará, siempre los antepasados, el maestro, el discípulo y los demás."
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(1) Enmmnuel Dongola en 'Le feu del origines' ('La lumbre de las procedencias' o 'fuego de los gérmenes' o 'llama de los orígenes')... Hay traducción al castellano. En internet vienen algunas editoriales que han sacado esta obra.
(*) Título nuestro
(2) Se refiere a su desafio con el río y cómo, éste, le dio una lección
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