sábado, 31 de octubre de 2009

1º. Teliniemi (1)

En una tarde de un día, cuando no hacía mucho que un grupo de rojos había pasado por la granja a pedir un caballo, esa misma tarde que Kierika sacó la conclusión de que los asuntos no iban bien para los rebeldes, Silja se hallaba en un prado que estaba al norte de la granja. Movida por el instinto se fue por el camino adelante. Y al poco oyó unos pasos y a continuación vio a un hombre en el recodo de la carretera. La chica se detuvo para después reanundar su camino algunos metros.

-¿Eres Silja? -preguntó una voz que le pareció conocida. Un hombre se acercaba hacia ella deprisa y acezando.

-El frente se ha roto... Los rojos huyen... Los blancos no dan cuartel. No puedo marcharme, porque todo anda mal en mi casa... Cuando pasen los primeros momentos podré, espero, salvar mi vida... Necesito mientras tanto ocultarme por un tiempo cerca de mi casa... Si me encuentran estoy perdido, pues yo fui quien acompañó a los que mataron a Kurkela. Yo no intervine en ello, tu eres testigo... pues me viste volver... Escucha, Silja, voy a esconderme en el henil de Kierikka... avisa a mi mujer que me lleve a escondidas pan y leche... ¿Lo harás?... Si salgo vivo de aquí me acordaré de ti toda mi vida. Ahora, vete. Podrán notar tu ausencia...

Muy asustado Teliniemi, antes tan jovial, se fue mirando a todas partes.

Después de aquella noche en la cual los rojos huyeron, pasó todo un día en que no hubo en el pueblo ni rojos ni blancos. Y los habitantes del pueblo tuvieron más miedo. Nadie osaba salir de casa. Aunque se vio a la viuda de Kurkela ir en un vehículo a la aldea, vestida de negro, toda de negro, y con una mirada de odio contenido en el rostro. 'Deseo ver a los blancos inmediatamente para narrarles el asesinato y todas las tropelías de los rojos'. El ama de Kierikka la vio pasar y experimentó una vaga sensación repulsiva por aquella hembra que parecía de otra clase que ella.

Silja observó también el paso de la propietaria de Kurkela; y sin decir nada a nadie fue a llevar el recado a la mujer de Teliniemi. En la cabaña estaba todo muy mal, tal y como había dicho el marido. Emma se encontraba en visperas de parir y uno de sus vástagos tenía tos ferina; dio las gracias a Silja por el favor que le había hecho.

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2º. Con brazalete y fusil

Más tarde Silja tuvo una aventura que le recordó algo aquella otra de hacía siete semanas, cuando guió a dos desconocidos. El pueblo no permaneció por mucho tiempo en aquel estado angustioso de paz durante el cual no se oyeron disparos ni visto fusiles. Las avanzadas blancas llegaron pronto al hogar de Rinnie, donde acudieron sin tardanza los propietarios más importantes, para explicar la situación en la que se hallaban y quejarse de las requisas rojas y de paso delatar a los líderes de la comarca, señalar sus domicilios y, si lo sabían, apuntar con el dedo el sitio donde se ocultaban. Sin embargo los soldados no prestaban atención a las quejas solo querían saber de los asesinatos cometidos por los rojos. Si se les señalaba a una mujer como peligrosa agitadora, acudían los soldados a buscarla. La esposa de Rennie, que huyó con su hombre, fue detenida cuando volvió a su casa.

En cuanto se comentó la muerte de Kurkela, alguien declaró que Teliniemi había acompañado a los asesinos. También hablaban de una tal Silja, que era una criada en Kierikka, como probable guía, pues había pasado la noche en el Estado Mayor, de donde salió por la mañana temprano con un rojo notable. De modo que, inmediatamente, se llevó a cabo un registro en la casa de Teliniemi, y esos mismos se fueron luego a Kierikka, donde ya habia algunos blancos.

Muchos campesinos que durante la revuelta obrera habían estado pacíficos e incluso habían invitado a los jefes rojos, se transformaron, de improviso, en fervorosos y decididos 'saneadores' de la tierra.

Provistos de un brazalete y con fusil al hombro, iban en grupos de dos o tres, o en compañía de los soldados, para inspeccionar las aparcerías y las granjas. Así fue como Santala, el propietario de la granja hacia donde se había dirigido Silja y Manta cuando partieron de Siiveri, se ocupó con ardor de limpiar la vecindad, pese a sus turbios antecedentes judiciales, con dos soldados de cara cetrina.

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3º. El turbio Santala

Santala debía de haber tenido relaciones íntimas con Kurkela, pues trabajaba con ahinco por poner en claro su asesinato. Había oído decir que era probable que Silja acompañara a los asesinos, habladuría tanto más tonta cuando todo el mundo sabía que quien los acompañó fue Teliniemi, y este, siendo del país, no necesitaba guías. Santala llegó a Kierikka reclamando a Silja con una voz de mando que había adoptado por esos días.

-¿Qué quieres de ella? -preguntó el dueño de Kierikka.

-Quisiera saber por qué ha acompañado a los asesinos de Kurkela -dijo Santala.

-No es cierto que les haya acompañado -contestó bruscamente el de Kierikka, el cual, aunque no era rico, pertenecía a una familia respetable y se acordaba de ello y parecía manifestarlo en la voz cuando se dirigía a Santala.

-Se sabe lo que se sabe -habló Santala con gesto suficiente y levantando los ojos-. Estaba en casa de Rennie aquella noche.

-Es verdad y estuvo a punto de ser encerrada por haber acompañado a dos soldados blancos.

-Quería llevarlos a casa de Rennie para que los asesinaran. ¿Crees que no se sabe a dónde les dijiste tú que les llevaran? Y diste además una vaca al Estado Mayor para que protegieran tu granja..., no, un cerdo.

Kierikka hizo entonces groseras alusiones al pasado de Santala, y su mujer continuó en el mismo tono, dirigiéndose a los soldados.

-Os daría vergüenza ir con este individuo si supieráis quién es; pero, claro, como no sois de aquí... Son cosas demasiado turbias para ensuciarme la boca contándolas... Demasiado conocemos todos a este tunante...

-Ciera el pico, arpía, pues de lo contrario te meto una bala en la cabeza -gritó Santala un tanto desconcertado.

-No de tu fusil en todo caso -se le enfrentó la mujer, que se puso a enumerar todas las maldades de Santala.

Pero la llegada de Silja cortó en seco aquel torrente de palabras.

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4º. Camino del Cuartel

-¡Ah, Silja! Ven con nosotros al pueblo para que hablemos un poco de tus amigos -vociferó Santala con voz chillona.

-No hay inconveniente, si mi ama lo permite. Tengo conocidos entre los blancos.

-Nada de bromas, bien sabes quienes son tus amigos, pues los has llevado a casa de Rinne.

Los soldados acabaron por cansarse de aquella guerra verbal. Se habían dado cuenta de que en el celo de Santala había algo equívoco, y que el asunto no se presentaba nada claro. Así, pues, ordenaron a Silja y a Kierikka que los siguieran. El último enganchó su caballo, y la moza y un soldado se sentaron a su lado en el trineo. Santala guiaba el suyo, en el que subió el otro soldado.

-Si te encontraras con los dos señores que acompañaste, ¡valiente chasco que se llevaría Santala! -gritó el ama mientras el vehículo se alejaba.

-¡Cállese! -dijo uno de los soldados a la mujer, quien se apresuró a entrar en su casa.

Por el camino, el soldado que iba junto a él le habló a Kierikka de la siguiente manera:

-¿Sabe en donde se encuentra ese Teliniemi?

Era algo raro escuchar a un soldado llegado de lugares tan lejanos informarse de aquella manera de un aparcero pobre al que jamás había visto.

-No sé nada; se habrá marchado con los otros.

Lucía un sol espléndido; el día era hermoso y cálido. La nieve se derretía con gran facilidad. Según avanzaban el sendero se hallaba en peor estado. No tardaron en ver unas carretas. A cada rato se cruzaban con patrullas de soldados y guardias blancos, a los que Santala preguntaba:

-¿Habéis descubierto rojos? Nosotros los hemos encontrado de color de rosa.

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5º. Dejando un rastro de sangre

Los trineos pasaron por delante de la cárcel; en la parte de atrás existía un bosquecillo, donde se fusilaba a los condenados por la noche y aun en pleno día. Más allá vieron a un campesino que iba con una carreta de ramas de abeto. Como el sendero se encontraba en pleno deshielo, los trineos no pudieron adelantarle. No llevaba unicamente ramas de abeto: el carro iba dejando un rastro de sangre. Al percibirla, Silja se dio cuenta de todo, pues había visto salir el carro del bosquecillo detrás de la cárcel. Se negó, no obstante, a aceptar en su conciencia lo que veían sus ojos. Por entre las ramas creyó percibir un vestido de mujer... El carretero era un pobre arrendatario llamado Taavetti, trabajador y sobrio a quien querían todos los propietarios porque no se metía en política.

Silja no pudo continuar por más tiempo en su estado de semiinconsciencia. Santala, que había bajado del trineo y marchaba al lado del carretero, explicaba en voz alta el contenido de la carga, según lo que le había contado Taavetti.

-¡Ven a ver a tu antigua amiga, Silja! La Rinne se halla camino del eden. Y este, ¿quién es Taavetti?

-Kivilahde -respondió este.

-¡Toma! Ese zorro ya no volverá a robarme mis bueyes.

Kierikka se sintió mal pero guardó silencio, limitándose a toser un poco. Los soldados parecían también incomodados y pegaban a los caballos.

En casa del comandante había mucha gente haciendo cola en el vestíbulo. Las caras reflejaban inquietud y cada uno juzgaba su caso muy importante y urgente. Los asuntos que les llevaban allí eran de lo más variado: un propietario acudía para defender a su aparcero; una mujer preguntaba si se había encontrado un bulto de ropa que los rojos le habían quitado... Junto a la puerta había un soldado con su fusil y una granada colgando de un cinturón; había combatido con los blancos y regresaba satisfecho a su casa. Sus conocidos le hablaban con una respetuosa admiración.

Kierikka entró con su sirvienta y Santala, y se sintió molesto y no pudo contenerse cuando un vecino le preguntó a qué iba allí.

-No sé nada; se trata de un lío de este maldito Santala.

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6º. El interrogatorio de Kierikka

Silja tenía las mejillas coloradas y srdientes y su mirada brillaba con un resplandor húmedo. Las esperanzas, que no habían dejado de ir en aumento en ella en los últimos tiempos, habían desaparecido bruscamente con los acontecimientos. No podía creer que se encontrara a su amigo en aquel lugar. Todo lo que se atrevía a esperar era que Armas no la contemplara en aquel momento, junto a aquella gente. Creyó ver al fondo su hermosa cabeza y una mano levantada para saludarla; su amigo habría querido correr hacia ella para llevársela a otra parte, hacia un nuevo verano, lejos de aquellos hombres y lejos de senderos, caminos, carreteras... por donde iban carros llenos de cadáveres. No pensaba en los jóvenes a quienes había guiado cierta noche, y era curioso, pues todas esas aventuras se habían inciado entonces. Era debido a que en torno a aquel suceso el ambiente era diferente; la joven había sentido unos efluvios primaverales cuando el soldado la había besado en el umbral del henil. No, no era posible evocar aquí aquel recuerdo.

Con todo, Silja encontró a uno de los jóvenes.

El comandante, que era uno de los peces gordos de la comarca, no consiguió poner en claro lo que se achacaba a Kierikka y a su sirvienta. Carecía de tiempo para proceder a una investigación minuciosa. Estaba seguro de la inocencia de Kierikka; un viejo campesino como él no era posible que hubiese mantenido relaciones con los rojos que merecireran un arresto. El comandante reprendió con viveza a Santala, al hablar este del cerdo enviado por Kierikka al Estado Mayor rojo.

-Tu también has dado un toro; pero tú podías hacerlo, por lo visto -replicó Kierikka.

-Si, pero yo tuve que ceder ante las bayonetas.

-Lo mismo da.

-Kierikka puede regresar a su casa; llevad a la muchacha al cuerpo de guardia -ordenó en comandante a un soldado.

-Yo me encargo de llevarla -dijo Santala.

-¡Cállese usted! -gritó el comandante.

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7º. Aparece el capitán

El grupo iba a salir a la carretera cuando le salió al paso un hombre que llevaba gafas y vestía una pelliza de color azul claro y una gorra de piel de cordero. El oficial lanzó una mirada a los que un soldado parecía conducir a la cárcel. Se detuvo bruscamente, examinó a Silja y exclamó:

-¿A dónde diablos lleváis a esta chica?

-A la cárcel por orden del comandante, mi capitán.

-Esperadme aquí -dijo el oficial, entrando rápidamente en la casa del comandante por la puerta grande.

Al cabo de un instante, el comandante apareció en el umbral con la cabeza descubierta y llamó a Silja.

Las caras de Santala y Kierikka se alargaron de sorpresa. Kierikka creyó reconocer a uno de los jóvenes que había acompañado Silja, recordando al mismo tiempo la acogida que les había dispensado su mujer. A ver si aquello iba a traer nuevas complicaciones, lo mismo que el cerdo dado con demasiada facilidad... ¿Por qué demonios había dicho bromeando a los rojos?.

-'Velad por mi granja ahora que os he dado un cerdo.'

En cuanto a Santala, se sentía molesto al comprobar que el oficial se interesaba tan sólo por Silja, de quien conservaba tal vez un buen recuerdo. Y aquella muchacha podía contar cosas...

Silja era la únicca que experimentaba una alegría real, pues había reconocido enseguida en este capitan a uno de los dos desconocidos, el que precisamente había hablado menos.

-Entrad por la otra puerta -dijo el comandante.

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8º. Silja se salva

El capitán fue a estrechar la mano de Silja y dijo a los miembros del tribunal:

-Entonces, ¿es a esta buena gente a quien mandáis a la cárcel? Silja nos ha dado muy buenos consejos, y si yo le hubiese hecho la misma promesa que mi compañero, solo me restaría llevarla a casa del apstor. Pero estoy comprometido. En cuanto a Fredstrom descansa atravesado por las balas entre Tampere y Vilpula... Pero de buena nos escapamos entonces; si el centinela rojo no hubiese sido un cretino, aquello habría terminado mal. Pero el rojo aceptó un cigarrillo, y entonces Fredstrom le arrebató el fusil y lo ensartó. Luego pusimos pies en polvorosa... Las dificultades volvieron a empezar al encontrarnos en presencia del centinela blanco, que nos tomó por una patrulla roja y quiso hacer fuego... Tuvimos que levantar las manos... Si, aquella noche Silja se portó muy bien... ¡Gracias!... ¿Y estos hombres?... ¡Toma he aquí al dueño de la granja!... Oiga, su mujer es bastante desagradable. A ella tendrían que haberla traído aquí, en vez de esta muchacha que merece una recompensa, y, que, desde luego, la tendrá; lo prometo.

Se volvió a examinar el asunto, y Silja habló mucho más que antes. Contó con todo detalle lo que había pasado y después todo lo que sabía de sus amos, que se habían mantenido apartados de la revuelta; era verdad que habían enviado un cerdo a los rojos, pero estos lo habían pagado. Después expuso todo lo que había visto y oído en casa de Rinne y al regresar a Kierikka. Dijo también lo que pensaba de Teliniemi y recordó para sí la escena de la granja. Palideció un poco, lo que incitó a Santala a decir '¡He he!'. Pero recobrándose continuó el relato como si acumulara acusacionres sobre la cabeza de Santala.

-¿Quién es ese individuo? -preguntó el capitán con un tono de voz despreciativo.

El comandante le dijo lo que sabía de Santala, y el capitán añadió:

-Vuélvase a casa, Santala, y no deje su estiércol. Y no vuelva si no le llaman... Ese Teliniemi parece un buen hombre... ¿Dónde está?

Unos creían que había huido. Silja guardó silencio; pero cuendo todo hubo terminado (Kierikka fue condenado a pagar a lacaja de los guardias cívicos el importe de su cerdo), pidió permiso para hablar a solas con el capitán.

-Perfectamente. Salgamos y hablaremos por el camino.

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9º. Silja se confiesa

Kierikka subió solo a su trineo; Silja y el capitán le precedían a pie. Tímida y vacilante, Silja contó entonces al capitán todo lo que sabía de Teliniemi, de su hogar y de su manera de ser, y aseguró que no había participado en el asesinato de Kurkela. Pidió al capitán que hiciera lo posible para que Teliniemi pudiese salir sin temor del escondite que ella conocía.

El capitán miró a Silja extrañado y con aire mucho menos cordial.

-No quiero prometer nada; esto es cosa del tribunal; en todo caso precisa que primeramente salga de su madriguera, pues de lo contrario...

No acabó la frase, mas Silja comprendió. Las lágrimas afluyeron a sus ojos y suplicó al capitán que hiciera todo lo posible por salvar a Teliniemi.

-Si todo lo que me has dicho es verdad, no corre ningún peligro. Pero no es probable que le pongan en libertad en seguida. Te enviaré a dos soldados, a quienes enseñarás el escondite; lo llevarán al pueblo y yo lo defenderé ante los jueces. Es todo lo que puedo hacer.

Tomó a continuación sus disposiciones. Al llegar al campo de concentración, llamó a un soldado y le dio unas órdenes. Luego dijo a Kierikka que esperara. Salieron dos soldados del cuerpo de guardia; su actitud era adusta y rencorosa. El trineo volvía a avanzar lentamente por el sendero en deshielo; los patines chirriaban sobre la arena y se deslizaban bruscamente hacia adelante al pasar por encima de un pedazo de hielo.

Kierikka había entablado conversación con los soldados.

-Tendréis que limpiar esos bosques, cuando nos marchemos; deben de ocultar muchos rojos.

-Ya saldrán solos, con el tiempo -respondió Kierikka.

-Si, pero son bocas inútiles.

-También se les tiene que dar de comer en la cárcel.

-¿Quién habla de meterlos en la cárceel? -dijo el soldado.

-Para que acaben por huir -añadió su compañero.

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10º. Y las cosas se torcieron

Silja había oído asustada esta conversación. Habían apenas andado trescientos metros. La muchacha cogió las riendas y detuvo al caballo, diciendo que necesitaba con urgencia decir algo al capitán. Corrió hasta el cuartel, encontró a éste y le habló muy excitada:

-No quiero acompañar a los soldados a donde se encuentra Teliniemi si usted no viene y si no me jura que no le matarán antes de que se haya hecho una investigación y se compruebe lo que he dicho.

El oficial sonrió y miró las mejillas encendidas y los ojos brillantes de Silja. La verdad es que no se le podía acusar de nada. Teliniemi estaba casado y tampoco podía tratarse de amor entre él y la muchacha.

-Ya que es tan importante para ti, quiero hacer algo. Espera un poco, voy a ver como se arregla eso.

Por primera vez se dio cuenta de que tuteaba a Silja; al pensar en ello sonrió:

-Es una señal de lo Alto y continuaré tuteándola mientras estemos juntos -se dijo.

Mientras iban al encuentro del trineo, Silja se detuvo y preguntó al capitán, bajando la cabeza, si sabía que se había hecho de Armas.

-Todo lo que sé es que marcha en estos momentos hacia Vipuri... si es que está vivo... ¿Cómo le conoces?

Silja vaciló un instante.

-Pasó el verano aquí -dijo, sin atreverse a mirar al ofcicial.

Aquella fue sin duda la jornada más accidentada de la vida de Silja.

El capitán despidió a uno de los soldados y ocupó su lugar en el trineo. Ya no se hablaba de limpiar sumariamente los bosques. El capitán dirigía de cuando en cuando una mirada de simpatía a Siljay ésta le respondía confiadamente. Kierikka y el soldado parecían no existir.

El trineo llegó cerca del escondite conocido únicamente por Silja, que temblaba de emoción y cuya mirada buscó la del capitán. Su imaginación veía ya una venturosa velada en la pobre choza... El niño enfermo sanaría, seguramente.

- '¿Me lo promete?' -preguntó una vez más.

Pararecía embriagada. Kierikka la miraba con desconfianza y sorpresa.

-Claro que si -respondió alegremente el capitán.

Al cabo de un momento, Silja dijo:

-¡Alto!

El caballo se detuvo y Silja saltó del trrineo e hizo seña al capitán, poniéndose un dedo sobre los labios. Después se deslizó en el henil y llamó quedamente:

-Teliniemi... Oiga... Soy Silja. Salga. No tema nada.

La paja se movió, se vio salir una mano, luego una bota y después un cuerpo. Teliniemi, cuyos ojos parpadearon a plena luz, vio muy pronto un oficial y un soldado con aire de enfadado y llevando ambos unos brazaletes blancos; vio así mismo a Kierikka y por fin a Silja. Durante unos segundos permaneció inmóvil; mas de repente, antes que nadie pudiese intervenir, desenvainó su puñal, lo agitó en el aire y mirando a Silja dijo con profundo desprecio:

-¿Eras, pues, una espía de los 'carniceros'? ¡Qué vergüenza!

Y, de un solo golpe, se cortó la garganta.

-¡No, por amor de Dios! -gritó Silja.

El capitán se precipitó hacia el suicida, pero ya era tarde. La sangre brotaba de la herida, cada vez con menor fuerza, sobre la paja.

-No tenía la conciencia tranquila -aseguró el capitán al mirar los últimos estertores del cuerpo.

*

(Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(1) La división en capítulos también es nuestra


Tags: Sillampää, novela, relato, literatura finlandesa

Publicado por Senocri @ 21:54
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Comentarios
Publicado por el_trampero
jueves, 05 de noviembre de 2009 | 3:09
En otro blog comento una entrada de Iswe Letu que me parece excelente. La dirección del comentario es http://galeradepiedra.blogspot.com

Los pseudónimos "el_trampero" y "bogador y caminante" son ambos míos.
Publicado por el_trampero
miércoles, 18 de noviembre de 2009 | 2:40
¡Caramba! ¡Qué extraordinaria narración!
Me la estaba perdiendo. Apenas la pude leer hoy 16 de noviembre.