Nigel Barley: La gorda prostituta fulani
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Si, fue en aquel sitio donde ocurrió todo. Allí apareció la hembra gorda que luego se haría célebre con el apelativo de la 'Señora Cuu-í'.
Veamos, en Garoua (1), ya sea primavera, verano, otoño o invierno, hay, por lo menos, diez grados más que en Poli (1) y, además, como está al lado de un río, goza de una ingente población de numerosísimos mosquitos. Y yo, por ese calor del ambiente y tras tantas horas de reclusión en el coche con los dowayos y sus vomitonas, deseaba, ansiaba, anhelaba... una ducha.
Apenas terminaba de meterme en la ducha, debajo del grifo, cuano creí oir unos, cómo decirlo, como arañazos continuos en la puerta. Pregunté qué quién llamaba, mas como mis preguntas no tenían respuesta alguna, me metí en la toalla y me dirigí a abrir la puerta. Fuera estaba una voluminosa fulani de más de cincuenta años de edad, quien armada de una sonrisa idiota, comenzó a dibujar redondeles en el polvo del suelo con sus grandes pies.
-¿Qué desea? -inquirí.
Hizo un gesto de beber.
-Agua, agua.
Comencé a desconfiar, pues me vino a las mientes el concepto de hospitalidad que domina en el desierto. Y en tanto que yo reflexionaba en el gordo problema que tenía ante mi puerta, se escurrió junto a mi, se apropió de un vaso y lo lleno en el grifo. Pero no se quedó ahí la cosa, sino que, ante mis asombrados ojos, empezó a desvelar lo que ocultaba su enorme cuerpo debajo de sus ropas. Por casualidades del destino, en ese preciso instante, acertó a pasar el portero a traerme un jabón, mas, entendiendo desacertadamente el trance, se fue murmurando disculpas. Me encontraba cogido en una farsa.
Por suerte, las escasas lecciones de fulani que había aprendido en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos fueron entonces de suma utilidad para mi y diciendo a voces '¡No quiero!', rechacé todo deseo de contacto carnal con aquella hembra, que me hacía rememorar a Oliver Hardy. Como si yo me hubiera puesto de acuerdo con el portero, éste, ahora riéndose, agarró a la mujer de un brazo y yo del otro y la sacamos afuera. Empero volvía cada hora no entendiendo que sus encantos no fueran aceptados y vagaba por el pasillo griatando 'cuu-í', como una gata que maulla para que le abran la puerta.. Al final, me harté. Esa gorda mujer, estaba claro, trabajaba para la dirección del hotel, de modo que dige que era un misionero que había venido de muy lejos para ver al obispo y que no aprobaba esos comportamientos. Así que se quedaron alelados y ruborizados; y enseguida la gorda prostituta fulani me dejó en paz.
Este suceso se convirtió en uno de los favoritos de los dowayos cuando nos sentábamos alrededor del fuego por las noches a contar historias. Mi ayudante me obligaba siempre a narrar el 'el cuento de la gorda fulani', nombre con el pasó a conocerse, y cuando llegaba el momento en que ella gritaba 'cuu-í' todos se echaban a reir, se abrazaban a las rodillas y comenzaban a tirarse por el suelo revolcándose. Esta anécdota, no cabe duda, contribuyó en gran parte a nuestras buenas relaciones.
Nigel Barley en 'El ingenuo o inocente antropólogo' (2)
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(*) Título añadido por nosotros
(1) Poblaciones del norte de Camerún
(2) The Innocent Anthropologist. Fecha de publicación: 1983
Tags: Nigel Barley, antropología, fulani, crónica, relato, negritud, Camerún