Mi?rcoles, 11 de noviembre de 2009

En las artes escénicas, por ejemplo en el cine y el teatro (del que tan aficionado era D. Eusebio García Luengo) aparece, muy a menudo, un personaje, el paleto, que representa a un pobre aldeano de cualquier pueblo, aldea o alquería de España trasplantado a la ciudad y cuya simplicidad y peculiar manera de hablar produce en el espectador una risa incontenible.

En un tiempo, ya pasado, de nuestra 'juventud primera', nos indignaba esa ridiculización del campesino, siendo como éramos y seguimos siendo, claro está, hijos de gente labradora.

Y pensábamos, y seguimos pensándolo, que esa misma cara de bobalicón o bobalicona se debería de poner a los urbanitas puestos de repente en el medio rural. Sin duda la gente del campo se reiría, a mandíbula batiente, de él, si lo vieren representado en una película u obra de teatro, por sus extrañas reacciones ante las cosas más simples.

Ambas simplicidades se dan ante ambientes extraños. Ambas. Creemos. Simplicidades que hemos presenciado en la realidad. Porque, efectivamente, el personaje de 'el paleto' surge tomado de la realidad, no del sueño creador de un artista. Pero el autor o autora que introduce en su obra a ese ser, con el objetivo de hacer reir, le sustrae la esencia de su simplicidad que es la sorpresa, el desconcierto, que le producen hechos nunca vistos, ni presentidos, ni imaginados; es decir, lo reducen a simple marioneta o muñeco extrayéndole la sustancia que provocó en su alma la aparente bobería; bobería que no es otra que la pregunta no articulada de 'por qué'; la interrogación de su inteligencia frente a acontecimientos que no comprende y que su cara alelada refleja.

Esto, antaño, repetimos, nos indignaba al ponerlo solo en una dirección: en la estupidez del hombre de pueblo. Nos producía rechazo y hubiéramos condenado a la hoguera, sin juicio, a esos creadores de risa de haber tenido poder para ello.

Ahora hemos recordado todo esto al releer una obra de antropología. Y nos hemos reido, como antaño nos reímos de chicos y chicas, llegados de la ciudad a nuestro pueblo, cuando hacían el ridículo (para nosotros) ante hechos simples (para nosotros) que se les presentaba a su vista.

Es más, hasta su manera de andar, nos incitaba a risa. Y sus ropas nos parecían cómicas.

De modo que llegamos a la conclusión de que lo chocante produce risa. Es universal. No es propia de un modo de vida. Si de un desconocimiento. Y de falta de relación entre la ciudad y el campo.

En su novela 'El camino', si no recordamos mal, Miguel Delibes lo resumen muy escatológicamente en el pensamiento de uno de sus personajes sobre el hijo de otro que va a ir a la universidad, sorprendiéndose de que vaya a estudiar cuando no diferencia ni siquiera las cagadas de los animales.

Decíamos que todo nos lo suscita la lectura de una obra de Nigel Barley titulada 'El antrólogo inocente' de la que ya hemos puesto algún párrafo en este blog. ¿Por qué? Bueno, pues porque se coloca en la piel de ambos. ¿De quienes? Por una parte de los dowayos que es un pueblo que ocupa numerosas aldeas del norte del Camerún; y por otra del mismo autor y de otros pernonajes que arriban por aquellos lares dowayos.

La obra trata de las peripecias sufridas, nunca mejor dicho, por este antropólogo que decide realizar un trabajo de campo sobre el pueblo dowayo. Su postura objetiva, neutral, crítica, autocrítica e irónica ante su empeño, y la consecución de él, se reflejan en sus mismas palabras:

'Mi familia más cercana, completamente ajena a la ciencia antroplógica, lo único que sabía era que estaba lo suficientemente loco para irme a unas tierras salvajes donde viviría en la jungla constatemente amenazado por leones y serpientes, eso si tenía la suerte de escapar a la olla. Cuando estaba a punto de abandonar el país Dowayo me reconfortó oír de boca del jefe de mi aldea que con mucho gusto me acompañaría a mi aldea británica, pero que temía ir a un país donde siempre hace frío, había bestias salvajes como los perros europeos de la misión y era sabido que abundaban los caníbales'.

Objetividad que Alberto Cardin resalta en su prólogo de la siguiente manera:

'se burla de los negros (no solo de los 'aculturados', cuyo frankensteniano ridículo es patente, sino de los nativos "fetén), comparándolos no pocas veces con elementos o situaciones palmariamente ridiculos de nuestro contesto europeo, pero la comparación no resulta no ofensiva ni degradante: se sitúa en una especie de entre-deux que tiene una clara función cognoscitiva.'

El antropólogo, periodista, poeta y escritor español Alberto Cardín en el prólogo citado presenta así el libro:

'Pocas veces se habrán visto reunidos, en un libro de antropología, un cúmulo tal de situaciones divertidas, referidas con inmitable humor y gracia, y una competencia etnográfica tan afinada, como las que Nigel Barley ofrece en esta minuta de su trabajo de campo entre dowayos, realizado en 1978.

No suelen las monografías etnográficas ser libros especialmente divertidos, ni mucho menos descuellan por su humor, a pesar de la gran cantidad de equívocos y situaciones ridículas en que necesariamente incurre cualquier indíviduo que intenta apropiarse de convenciones que le son totalmente extrañas, como es el caso de cualquier etnógrafo en el seno de su correspondiente población exótica.'

Lean la obra. Si la encuentran. En España la edtitó ANAGRAMA, S.A.


Tags: antropología, Nigel Barley, reseña, humor, José Mª Amigo Zamorano

Publicado por Senocri @ 18:12
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Comentarios
Publicado por el_trampero
Mi?rcoles, 18 de noviembre de 2009 | 3:18
Como siempre Jos? Mar?a Amigo Zamorano es brillante en sus an?lisis. Siempre es un placer leerlo.