Tomado de:
http://okonkwo.lacoctelera.net/post/2009/11/18/james-aggrey-parabola-del-aguila
James Aggrey
Tras varios años impartiendo clases en un colegio de Carolina del Norte, James Aggrey volvió a Africa llegando a ser uno de los más destacados profesionales en Achimota College de lo que entonces se llamaba Costa de Oro, colegio recién inaugurado y que llegó a ejercer mucha influencia. Suya, del dr. James Aggrey, es la frase o proverbio de que para tocar un piano son necesarias tanto las teclas blancas como las negras. Es decir, buscaba la armonización de las razas. E intentó inculcar a los africanos el respeto por ellos mismos como en la parábola que reproducimos aquí.
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La parábola del águila:
Una vez un campesino se internó en un bosque para atrapar alguna ave, algún pájaro interesante, a fin de tenerlo cautivo en su casa.
Consiguió cazar un pichón de águila, lo que se suele llamar aguilucho. Lo colocó en el gallinero, junto con las gallinas y patos y pavos y comía mijo y otras comidas propias de esas aves. Aunque el águila fuera el rey o la reina de todos los pájaros.
Después de cinco años, este hombre recibió en su casa la visita de un naturalista. Y mientras paseaban por el jardín, dijo el naturalista:
-Esa ave que está allí no es solo un ave cualquiera. Es un águila.
-Si -dijo el campesino- Era un águila pero yo la crié como un ave cualquiera. Ya no es un águila. Se transformó en un ave como las otras, a pesar de las alas de casi tres metros de extensión.
-No -retrucó el naturalista- Ella es y será siempre un águila. Pues tiene un corazón de águila. Este corazón le hará un día volar a las alturas.
-No, hombre, no -insistió el campesino- No ves que es como un simple pájaro. En eso se convirtió y jamás volará como águila.
Entonces, decidieron ponerse de acuerdo para hacer una prueba. El naturalista tomó el águila, la levantó bien en alto y, animándola, le dijo:
-Águila, tú eres un águila; perteneces al cielo y no a la tierra, entonces, ¡abre sus alas y vuela!
El águila se revolvió en todas direcciones, mientras estaba posada sobre el brazo extendido del naturalista. Miró hacie el suelo y, viendo a las gallinas allá abajo, picoteando granos, saltó junto a ellas.
El campesino comentó:
-Ya le dije que ella se había convertido en una simple ave de corral.
-No -insistió el naturalista-. Ella es un águila. Y un águila será siempre un águila. Vamos a experimentar nuevamente mañana.
Al día siguiente, el naturalista subió con el águila al techo de la casa y le dijo:
-Águila, tu eres un águila, ¡abre sus alas y vuela!
Pero, cuando el águila vio allá abajo a las gallinas, picoteando el suelo, saltó y fue junto a ellas.
El campesino sonrió y volvió a la carga:
-Yo se le había dicho. Se lo volveré a repetir: no es más que... un pollo. No la ve.
-No -respondió firmemente el naturalista-. Ella es un águila, poseerá siempre un corazón de águila. Mañana haremos una prueba por última vez. Mañana la haré volar.
Al día siguiente, el naturalista y el campesino se levantaron bien temprano. Tomaron el águila y la llevaron afuera de la ciudad, lejos de las casas de los hombres, en lo alto de una montaña. El sol nacía en ese momento dorando las cumbres de las montañas. Y cada peñasco resplandecía en la gloria de esa hermosa mañana
El naturalista levantó el águila al cielo y le ordenó:
-Águila, tu eres un águila. Y ya que perteneces al cielo y no a la tierra, ¡abre sus alas y vuela!
El águila miró en derredor. Temblaba como si experimentase una nueva vida pero no voló. Entonces, el naturalista la tomó firmemente, y la hizo mirar de frente al sol, para que así sus ojos pudiesen llenarse de la claridad solar y de la vastedad del horizonte.
En ese momento, abrió sus potentes alas, graznó con el típico kau, kau de las águilas y se levantó, soberana, sobre sí misma. Y comenzó a volar, a volar hacia lo alto, a volar cada vez más alto. Voló... voló.. Y nunca, jamás, volvió. ¡Era un águila, a pesar de haber sido criada y domesticada como un vulgar pájaro!
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Pueblo mío de África, hermanos y hermanas, nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Pero hubo personas que nos hicieron pensar como vulgares aves de corral. Y muchos de nosotros todavía creemos que somos efectivamente como gallinas o pavos o pollos. Pero nosotros somos águilas. ¡Abramos nuestras alas y volemos! Volemos como águilas. Jamás nos contentemos con los granos que nos arrojen a los pies para picotear.
(*) El título es nuestro
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Con escritos como este se fue nutriendo la lucha antiimperialista y se fue formando el nacionalismo africano. Sirviéndole, a algunos, para medrar a cuenta de los sentimientos de los pueblos africanos. Así, hemos visto a luchadores por la independencia subir al poder y terminar siendo marionetas del colonialismo. No nos extraña que Nkruma hiciera un libro titulado 'Neocolonialismo'. Y si, se africanizaron los cuadros dirigentes, pero, ¿para qué? Para hacer lo que les mandaba la antigua potencia colonial.
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