Tú, negro, por mil años sufriste como un animal,
tus cenizas fueron tiradas al viento del desierto.
Tus tiranos hicieron templos mágicos y relucientes
donde preservar tu alma, donde guardar tu dolor.
El bárbaro derecho de los puños y de los látigazos.
Tenías derecho a morir, y todo el derecho a llorar.
En tu tótem tallaron hambres y cautiverios sin fin,
e incluso al abrigo del bosque acechaba una muerte
horriblemente cruel, solapada, trepando hacia ti
como ramas de los agujeros y cimas de los árboles
ciñendo apretadamente tu cuerpo y tu alma doliente.
Entonces pusieron gran víbora traidora en tu pecho,
y a tu cuello engancharon el yugo del aguardiente,
trocando tu vida serena por brillo de perlas baratas,
¡ah, tus riquezas increibles, tus tesoros inconmensurables!
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??Desde tu choza, el tambor sonaba en la sombra de la noche
llevando tristes lamentos hacia las fuentes de ríos poderosos
sobre muchachas violadas, y ríos de sangre y ríos de lágrimas
sobre barcos que zarpaban hacia el país donde el hombrecito
se revuelca en un hormiguero y donde el dólar es el monarca,
a la tierra condenada, esa que denominan la madre patria.
Allí tu hijo y tu esposa, tan amados, eran molidos, día y noche,
por rueda de molino atroz, destrozándolos con dolor inmenso.
Eres un hombre como otros. Te predican para que comulgues
con el buen dios blanco que reconcilia a todos los hombres.
¡Mentira! Por el fuego sufriste y entonantes cantos plañideros
del mendigo sin hogar que canta a las puertas de las mansiones.
Y cuando la locura te poseyó y tu sangre hirvió en las noches
danzaste, gemiste, como la furia de la tormenta en lo más alto
de su furor en las palabras violentas de la melodía del hombre
de un millar de años de penas, de allí surgió esa fuerza de ti
en la voz metálica de jazz, un grito de liberación desconocido
resonando en el continente como una marejada gigantesca.
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??El ya el mundo entero, de improviso, se despertó aterrorizado
al ritmo violento de la sangre, al ritmo violento y rebelde del jazz,
e hizo empalidecer al hombre blanco ante este nuevo canto,
que además transporta teas púrpuras en las tinieblas de la noche.
¡Ha llegado el alba, hermano, el alba! Cdntempla nuestros rostros,
una nueva aurora, una nueva mañana nace en nuestra vieja África!
Nuestra sola será la tierra, nuestra y el agua y los ríos poderosos
que el pobre negro, nuestro ancestro, entregó durante mil años.
Y las deslumbrantes luces del sol brillarán de nuevo para nosotros
secarán las lágrimas que en vuestros ojos corren llenas de dolor.
Y se irán los gargajos de la cara cuando rompáis vuestras cadenas
y hastas los grillos pesados desparecerán de allí como por encanto.
Los tiempos de antaño, malvados y crueles, se irán para no volver.
Un Congo libre y bravío renacerá del espíritu del hombre negro.
¡Un Congo libre y bravío, el florercer negro, la semiente negra!
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(+) El título es nuestro
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