(viene del post anterior)
2. Exilio y primer aparte
Efraím Anqaua, El Rabino, no encontró, efectivamente, paz ni sosiego en tierras marroquíes como el mismo había presentido. Su afán proselitista topaba con barreras infranqueables, aparte del idioma y las costumbres, de muy diversas formas: cuando no era la animadversión, el vilipendio o el menosprecio; eran la persecución o la agresión física. De manera que decidió ir más hacia el sur: a Tumbuctú, tierra de negros, tierra virgen.
Ni la ciudad, ni el clima, ni las gentes, fueron propicias a él ni a su palabra. Halló un terreno yermo.
Se quebró el ánfora sagrada, cayendo al suelo rota en mil pedazos.
El árbol, que daba sombra a los ancianos y a los niños en los días abrasadores y que presidió las añaceas durante siglos, se secó.
Huyeron las mariposas cuando el tam-tam, rasgando su vientre sonoro, enmudeció, ¡mal augurio! El gallo tutelar permaneció solo, silencioso y perplejo, en la penumbra del puerto.
Francas las cancelas la conciencia se encogió y agrandó para añorar la pérdida del alba; poco remedio para tan grande mal.
Si columbró la enriquecedora diferencia, la consideró erizada de rejones y con los fosos atestados de hambrientos cocodrilos. Mas no ha arribado para volverse atrás, sino al origen.
Sin embargo se halla preparado para todo: respirar el aire que le otorguen, hacer de tripas coraje y con la nostalgia que le queda (su bien mas preciado) erigir una garbosa morada que algún día pintarán las mariposas.
Después acaecerá el menosprecio y el hostigamiento, color mierda, o la indiferencia facinerosa, de tintura nauseabunda.
Mas, con los suyos, ya habrá plantado un nuevo árbol que presidirá las añaceas del regreso, a la tierra comunal abandonada.
Regreso y parada en Tlemecen. "Detúvose junto a la gruta donde nace el manantial hoy sagrado y dedicado a él". El murmullo del agua le entregó la remembranza de Hervás en Sepharad.
Siempre el agua, los manantiales, las fuentes, los ríos.
El agua que corre, que acaricia, que fecunda, que se escurre, que se esparce; o se desborda en el intento de sojuzgarla, de enmaromarla, de aherrojarla.
Un manar cantarino del agua le devolvió el recuerdo. Y otro fluir sonoro fue testigo de la despedida de su amada Sara; allá en Hervás; en el puente de Hervás sobre el río Ambroz. ¡Cuántos años habían pasado!.
Las imágenes se aglomeran, riñen, se empujan, se atropellan por asomar; por ser las primeras en salir al escenario de su memoria; se entremezclan y confunden con otras mas recientes igualmente asociadas al agua:
En Un Yunaiba, una localidad separada una semana desde Fez, en caravana, hay un río que, según la creencia del lugar, tienen que orillar los peregrinos bailando, de lo contrario las fiebres cuartanas harán presa en ellos. Efraím, de guasa, se puso a bailar, primero con embarazo, se sentía ridículo; luego el rumor del agua, acariciando el cauce, animó sus pasos, sus saltos, sus cabriolas; comenzó a correr frenéticamente; sintiose sacudido, embriagado, hechizado, trastornado como un demente; y empezó a hablar y a vocear; a gritar y a cantar; y a pronunciar su nombre que el eco repetía de peña en peña; conversaba con si mismo; se maravilló de que alguien le llamara o le hablara, a voces, en el idioma de su querida Sepharad; creyóse transportado a otro tiempo y otro lugar:
-¡Claro!, él era Efraím, judío de Sepharad. Y ella Sara.
Y gritó hasta desgarrarse la garganta:
-¡SARA!
Y la pared roqueña del teatro africano le devolvió, ¡SARA, SARA...!, multiplicado.
Con un gran sobresalto, impresionado, miró hacia atrás: otras voces en lengua diferente a la suya le nombraban: la áspera realidad, de un golpe, lo sentó.
Con las manos en la cabeza comenzó a llorar amarga y desconsoladamente.
A la vera de la fuente de Tlemecen, Efraim, El Rabino, se dormía acunado por nostalgias, por añoranzas entrañables, y soñaba:
"Subía y subía y subía reptando cual serpiente, acantilado arriba, porque era una serpiente; y el justiciero astado lo aguardaba esperanzado; y le acercaba su chita; y reptaba por ella; y se encaramaba a su cuello; y se hacia brida; y, el toro, bramando, emprendía una rápida carrera; y Efraím se asía a la serpentina brida para no caerse y..."
(seguirá
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