(viene del post anterior)
Epílogo:
Los musulmanes respetaron a aquel desconocido taumaturgo que recomendaba a sus parroquianos ser indómitos, vigorosos y bizarros como un toro, ante los agresores; y cautelosos y escurridizos, como los culebras, ante los poderosos:
-"Debemos comportarnos como jinetes en toro embridado de serpientes; es decir que la sagacidad y el entendimiento encaucen nuestra voluntad de contrarrestar la poderosa injusticia: así seremos invencibles" -solía rematar su sermón el rabino Efraím.
Hay que decir, en consideración a la verdad, que lo del toro bravo no lo entendieron, cabalmente, las gentes de aquel lugar, donde no había toros así, pero le permitieron vivir en la ciudad.
Efraím hizo de Tlemecen una Hervás particular: una detención momentánea: una alto en el camino.
Algún día volvería a su alfoz judío en Shefarad.
Y continuó estudiando el Talmud.
Fue asimismo un competente galeno y como sanó a la hija del Sultán, consiguió en recompensa la autorización, para sus hermanos de España y otros territorios, de poder congregarse en Tlemecen y así reflexionar sobre sus palabras; palabras, en momentos, dulces y en otros instantes indignadas por la inicua y obligada dispersión del albergue comunitario, de la que, él y los suyos, fueron objeto, acordada por los serenísimos Isabel y Fernando; palabras que se resumían en un verso de su admirado poeta, Ha-Leví, una y mil veces repetidas:
-"Mira como por tu causa me revisto de venganza: te amo".
A Sara no volvió a verla jamás; los versos "todo fluye de la nada; todo nace absurdamente" le vinieron a las mientes, ¡Jehová el Misericordioso lo sabrá comprender!. Su familia, ahora conversa, la había casado con un noble cristiano.
Efraím recordó, con pena, las palabras del poeta:
-"Víboras son tus mejillas, mas de ellas fluye bálsamo"
Lo sepultaron donde no deseaba: en Tlemecen; no pudo evitarlo.
Con el tiempo las virtudes del sacerdote hebreo crecieron, su aureola se agigantó en cuantía tal que se le llegó a conocer por El Rabino que Montaba un León Embridado de Serpientes o El Rabino que Jineteaba un León Guiado por Culebras; así su figurada equiparación con el toro con que rubricaba sus sermones quedó sangrienta y brutalmente falsificada.
Y es que por aquellos lares no entendían de toros bravos.
Ya muy viejo y retirado dicen que se soñaba toro cubriendo de astucia a su añorada Sara para que así, de esa guisa, pudiera liberarse de "esos bestias cristianos".
Y cuentan que cuando pasaba su arrebatada y ardorosa lucubración le venía al recuerdo, con nostálgica tristeza, un vejete del barrio judío de Hervás al que por la mañanas preguntaban:
-¿Qué tal el despertar hoy, Solomo?
-Emporrado como siempre. Por no perder las buenas costumbres -contestaba invariablemente.
-Es triste y desconsolador, decirlo a mis años -recapacitaba el Rabino- pero es así: siempre pensando en Sepharad.
FIN
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