viernes, 25 de junio de 2010
 

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Los africanos miran a Oriente

por Tristan Coloma*, enviado especial

En el mes de marzo China sufrió, por primera vez en seis años, un déficit comercial (2.740 millones de dólares). Su economía sigue orientada hacia la exportación, de la que Cantón es una de las puntas de lanza. En esta inmensa ciudad trabajan migrantes internos (“mingong”), pero también inmigrantesllegados de África. Una comunidad creciente cuya presencia no está exenta de tensiones y conflictos. 

Aquí, la gente se adapta bien a su presencia. Aquí, no es realmente China, ni África por otra parte. Es un barrio situado entre Xiaobei Lu y Guangyuan Xi Lu, en Cantón (Guangzhou), en el sur de China, a dos horas de tren de Hong Kong. Oficialmente, veinte mil africanos (1), incluso casi cien mil según un investigador de la Universidad de Hong Kong (2) residen o están de paso en esta africantown enclavada entre vías rápidas, autopistas suspendidas y vías férreas. Conocida como “Chocolate City” por los chinos, esta zona de diez kilómetros cuadrados está totalmente dedicada al comercio. El igbo, el wolof o el lingala se escuchan a la par del mandarín o el cantonés.

Desde su aparición en la escena del comercio internacional, China ejerce un fuerte poder de atracción sobre los países antiguamente colonizados. O, como señala Mark Leonard, ex asesor diplomático de Anthony Blair, “China demuestra que el té verde, Confucio y Jackie Chan [actor, realizador, especialista en artes marciales] pueden rivalizar con McDonald’s, Hollywood y el discurso de Gettysburg” (3). Pero la gran cantidad de africanos que llegó a Cantón lo hizo no tanto por su cultura como por su crecimiento desenfrenado y sus mercados mayoristas donde se venden productos de la industria ligera. Abu Kabba, un doctor en química orgánica guineano que recorre Asia desde hace quince años como comerciante, se asombra de la llegada masiva de “jóvenes que creen que Cantón es una escala para continuar su ruta hacia Europa, o que permite llegar en pocas estaciones de metro a Tokio”.

En medio de la ciudad rugiente de dieciocho millones de habitantes y de decenas de miles de microfábricas, la actividad comercial contrasta con el ruido mediático en torno a los contratos petroleros o a las inmensas obras públicas chinas en África. Si el león se sube al dragón es para aprovechar su fiebre exportadora. “Que sean negros u otros, mientras sea bueno para los negocios…”, apunta alto y fuerte, entre dos llamadas de teléfono y un trago de té, la patrona de un puesto de electrónica de un centro de negocios de Dongfeng. Porque en la provincia de Guangdong, taller del mundo cuya capital, Cantón, es la vitrina, el dinero no tiene color. Los “soldados africanos de la globalización” (4) quieren sacar partido a cualquier precio del “milagro chino”. Sus exportaciones a África se parecen a un inventario de Jacques Prévert: grupos electrógenos, zapatos, cotonetes, ciclomotores, materiales de construcción, cabello humano, juguetes. “En China se encuentra todo lo que uno quiere, tanto que se encuentran incluso negros”, bromea Joseph, un comerciante itinerante camerunés. 

 

Negocios, “rápido y bien” 

Esta cara oculta de las relaciones sino-africanas adquiere proporciones insospechadas. Cada año, miles de contenedores son despachados hacia Dakar, Mombasa, Abiyán o Duala. Lo demuestra la progresión de estos intercambios: + 294% entre 2003 y 2007 (5). El 8 de noviembre de 2009, durante el 4º Foro de Cooperación China África (FOCAC, por su sigla en inglés; ver recuadro), el primer ministro chino Wen Jiabao evaluaba con entusiasmo el producto del comercio bilateral en 106.800 millones de dólares (78.000 millones de euros) en 2008, un aumento anual del 45,1% (6). Abandonando las plataformas comerciales tradicionales de Asia y de Dubai, los comerciantes africanos deslocalizaron rápidamente su actividad hacia China.

Aunque parece repentino, este acercamiento deriva sin embargo de bases establecidas en abril de 1955 durante la Conferencia de Bandung (7). El proyecto reunía a los países “no alineados” deseosos de resistir tanto la presión soviética como el imperialismo occidental y su tropismo colonial. Pekín aportó entonces su ayuda a los independentistas de Argelia, Angola o Rhodesia del Sur; apoyo que le valdría recuperar, en 1971, el asiento permanente de China en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, hasta entonces atribuido a Taiwán. Hubo que esperar hasta los años 80 para que los primeros comerciantes aventureros africanos llegasen a Hong Kong, en ese momento bajo control británico. Desde la adhesión de Pekín a la Organización Mundial del Comercio (OMC), en septiembre de 2001, los operadores prefieren venir a beber directamente de la fuente de las producciones de bajo costo.

“Cerca del 90% de los productos [presentes] sobre los mercados africanos provienen de China, de Tailandia y de Indonesia –analiza Sultane Barry, presidente de la comunidad guineana de Cantón–. En China, existe la posibilidad de mezclar varios tipos de productos en un mismo contenedor. Es más flexible”. Al igual que el 90% de los africanos presentes en Cantón (8), Barry es un hombre de negocios que como comerciante de piedras preciosas se ilusionó con el “sueño americano”. Hoy afirma estar orgulloso de ser partícipe del surgimiento del “capitalismo del Río Amarillo”. De su oficina apretada entre una sala de oración y un local, desprovista de árbol pero dedicada a las palabras (9), Barry dirige todo un piso de Tianxu Dasha, una torre de Babel de treinta y cinco pisos compuesta de estratos superpuestos y cuyas actividades se entremezclan: tiendas abarrotadas de muestras llegadas de las fábricas de la provincia, oficinas de representaciones, agencias de transporte, restaurantes africanos legales o clandestinos, peluquerías y departamentos amueblados para alquileres temporarios…

Vida cotidiana y trabajo deben poder confundirse para ganar siempre más. Ibrahim Kader Traore, un empresario marfileño, lo reivindica: “No estamos aquí  para divertirnos. Hacemos negocios rápido y bien. En Abiyán, las personas todavía sólo creen en Francia, donde les lleva 25 años ahorrar 10.000 euros, mientras que en China se pueden juntar unos 100.000 euros en 5 años”. Por esa razón, son cada vez más numerosos los que dan la espalda a las antiguas rutas de esclavos y a las fronteras clausuradas para tentar la aventura hacia el Este.

Entre 2003 y 2007, el número de inmigrantes africanos creció a un ritmo del 30% al 40% anual (10). “La intensificación de las relaciones entre países menos avanzados (PMA) y China no puede sino reforzar la presencia de los comerciantes africanos en el primer exportador mundial”, apunta Barry Sautman, investigador en la Universidad de Hong Kong. 

 

 

Represión draconiana

 

La magnitud de la inmigración desconcierta al gobierno chino que jamás se había visto confrontado a este tipo de “problema”. Mientras que en 2006 el presidente chino Hu Jintao invitó con gran pompa a cuarenta y ocho jefes de Estado africanos a Pekín, asegurándoles la amistad china, 2007 fue el año de la ducha fría para los candidatos al exilio. Las autoridades chinas desempolvaron un viejo leitmotiv enunciado el 20 de agosto de 2004 por Hao Chiyong, portavoz del ministerio a cargo de la inmigración: “China no es un objetivo migratorio y la nueva reglamentación apunta a atraer a extranjeros muy calificados” (11). Una manera no disimulada de anunciar la disminución del número de visas libradas a los africanos, quienes repentinamente tuvieron la impresión de ser considerados persona non grata.

“La población africana decreció –deplora Barry–. Antes, los africanos tenían visas válidas por un año con entradas múltiples y duración de estadía ilimitada. Eso cambió en 2007. En 2008, justo antes de los Juegos Olímpicos de Pekín, las autoridades quisieron hacer limpieza. Dejaron por completo de renovar las visas localmente. Había que volver a su país para renovar una visa de negocio.” Entonces, la visa se vuelve un sésamo, una suerte de grial cuya búsqueda cotidiana se torna a veces absurda. Ladji, un marfileño en situación irregular que vende remeras falsificadas, no duda en exhibir las decenas de sellados de visas que renueva en general en Macao, y explica: “Actualmente, las visas no son válidas más que por una duración de treinta días. Por lo tanto estamos obligados a salir de China continental una vez por mes”.

Durante los Juegos Olímpicos, las autoridades reforzaron los controles de identidad. Por eso mismo, los Juegos Asiáticos que Cantón organiza en noviembre próximo inquietan tanto a los africanos como a los chinos de “Chocolate City”. “Vendo más del 50% de la producción de la fábrica de televisores de mi cuñado a los africanos –calcula una vendedora–, los necesitamos y temo que se vuelvan raros.”

En julio de 2009, una redada policial casi termina en tragedia. Para escapar de la policía, dos nigerianos se tiraron por la ventana. Uno se abrió el vientre al romper el vidrio y el otro, que cayó sobre la cabeza, estuvo varios días en coma. Ambos se recuperaron. Pero el rumor de su muerte se propagó rápidamente en la calle y dio lugar a la primera manifestación de inmigrados extranjeros en China. Un centenar de personas tomó por asalto el comisariado central de Cantón y los grandes medios internacionales –convencidos del deceso de los dos hombres– aprovecharon la ocasión para protestar por la sempiterna violación de los derechos humanos en China. “Las redadas recomenzaron –cuenta Kabba–. Mi mujer le abrió a la policía para un control de visas, pero los papeles los tenía yo. Los policías empezaron a gritarles a mis hijos, que lloraban. Les dijeron que irían presos, cuando mi familia está registrada en los servicios de inmigración. Ellos saben que estamos en regla.”

En un artículo del 6 de octubre de 2009, Mo Lian, directora adjunta de la administración de control de identidad en las fronteras del departamento provincial de la Seguridad Pública de Guangdong, se pronunciaba ante la agencia de prensa nacional Xinhua. Según ella, “el 70% de los extranjeros detenidos el último año por inmigración ilegal y expiración de visa eran africanos. En el primer semestre de 2009, la proporción se elevó al 77%”. Frente a lo que los africanos consideran un “ensañamiento” o “una conspiración”, se organiza un comercio paralelo. Según Ladji, la seguridad de no ser molestado se obtiene al precio de una visa “en regla”: “Algunos africanos pagan hasta 2.000 euros. Simplemente recurren a agencias privadas que sobornan a la administración china”.

La serpiente se muerde la cola. “Al querer encauzar la inmigración, el gobierno chino empuja a los inmigrantes a los brazos de las redes africanas y no hace más que reforzarlas”, se rebela Emma Ojukwu, presidente de la comunidad nigeriana y el Señor África para todos. “Se llega a situaciones completamente absurdas –continúa–. Algunos recién venidos llegan incluso a revender su pasaporte por plata y una vez que la policía los expulsa, cambian de identidad en su país y vuelven de nuevo. Otros terminan en el tráfico de drogas o en la prostitución. Estos negocios dan una mala imagen de toda África.”

Por eso Ojukwu decidió tomar el toro por las astas y marcar el paso a todos los africanos de Cantón gracias a métodos dignos de las juntas militares. “Nuestra comunidad lucha contra la criminalidad. Pusimos en marcha ‘guardianes de la paz’, un equipo de cincuenta jóvenes con machetes que detienen a los criminales africanos y los entregan a la policía, y esto en pos de preservar mejor nuestra imagen”.

Es también gracias a ese tipo de iniciativas que, en noviembre de 2009, Ojukwu logró firmar con las autoridades locales una suerte de “amnistía”, tal como él presenta la cosa, para todo africano que se declare a sí mismo al servicio de la inmigración. “El 8 de marzo de 2010, cuatrocientos nigerianos cuyas visas expiraron se fueron de China. Negocié también dividir por dos el precio de la multa hoy fijado en 300 dólares. Lo que hace que yo esté en la oficina de inmigración todos los días, como muchos presidentes de las comunidades africanas”. Además, “cuando sus finanzas se lo permitan, estos residentes podrán volver legalmente”, explica, omitiendo mencionar el caso de aquellos que no pueden pagar la multa y el pasaje de avión de retorno (el sistema de expulsión chino no prevé la reconducción gratuita a la frontera). Estos pobres van directamente a prisión y, según algunos, irían incluso a trabajar en fábricas del Estado. La cantidad de africanos afectados por esta situación evidentemente no es divulgada por el gobierno.

Esta tensión originada por un sistema represivo draconiano estigmatiza a la comunidad africana al mediatizarla ante la población china como un pueblo que no respeta las leyes; lo que fortalece un nacionalismo exacerbado. “Los chinos tienen siempre un sentimiento de temor en relación a los africanos. Para preservar la armonía de la sociedad, las autoridades piensan que hay que proteger al pueblo de una invasión demasiado grande”, declara anónimamente un profesor de la Universidad de Guangdong. 

La cara del éxito 

 

En su libro autobiográfico, que se volvió un best-seller, Cisnes salvajes (12), la escritora china Jung Chang describe lo que los escolares chinos de los años 70 aprendían sobre los africanos: “Ellos son menos desarrollados y no dominan sus instintos”. Para la gran mayoría de los chinos –como en Occidente, por otra parte–, África no es conocida sino a través de la lente de los medios masivos de comunicación, por lo tanto está reducida a la imagen de un continente a la deriva, abrumado por el sida, el hambre, las guerras y la sequía. Según todas las apariencias, una parte del mundo sin futuro.

Los chinos no son más racistas que otros, sin embargo manifiestan más fácilmente ese sentimiento. Vincent, un nigeriano instalado en el país desde hace cinco años, asegura: “Aunque es peor en Indonesia o en Malasia, siempre se escucha sonar algún insulto como ‘diablo negro’. En los transportes públicos, la gente se tapa la nariz y, a veces, en la calle, los niños huyen cuando me acerco. Hay que aguantarse”. Otras situaciones son vividas como humillantes, como explica Jean-Bedel, un estudiante congoleño: “En el hospital, ante la menor fiebre, los médicos te extraen una cantidad inusual de tubos de sangre y realizan sistemáticamente un test de HIV. Es un comportamiento que no tienen para con sus compatriotas. Por precaución también se ponen guantes antes de practicar cualquier examen. Y esto, solamente con los negros”.

A veces ocurre lo mismo con los choferes de taxi: se hacen los sordos al llamado de un africano. “Los diablos negros están en la droga y la prostitución”, asegura uno de ellos. “Llegan incluso a negociar el precio del viaje. Yo no me paro jamás. Además, nunca se entiende adónde quieren ir”. Esta incomprensión viene también del hecho de que la mayoría de los africanos de paso no tratan de integrarse. “Viven al margen de la sociedad china intentando reconstituir un enclave, una sucursal en la que se preservan de una cultura diferente. Chinos y africanos no se conocen bien”, informan Brigitte Bertoncello, profesora en la Universidad de Aix-Marsella, y Sylvie Bredeloup, directora de investigación en el Instituto de Investigación para el Desarrollo de Francia (13). Por su parte, los africanos le devuelven la pelota a los chinos: “El acercamiento es difícil porque la mayoría de los chinos nos denigran y no nos consideran como sus iguales”, concluye Barry.

“El Gran Timonel preconizaba sin embargo una relación con la alteridad muy distinta –recuerda el historiador Frank Dikötter–. En 1963, Mao afirmaba que ‘en África, en Asia, en cualquier parte del mundo hay racismo. En realidad, los problemas raciales son problemas de clase’. La propaganda oficial abonó la idea de que sólo los occidentales podían ser tildados de racismo, pues los chinos se presentaban como los líderes de las ‘víctimas de color’ en la lucha histórica contra el imperialismo blanco” (14).

Basta con reemplazar la noción de clase por la de éxito económico para descubrir la cara de la China moderna. “Los prejuicios y el racismo chino se fundan sobre el nivel socioeconómico y el éxito, tanto individual como comunitario”, apunta Yan Sun, profesora de Ciencias Políticas en la City University de Nueva York (15). Así, como la política y el derecho, el racismo a menudo termina allí donde comienzan los negocios. Tanto en “Chocolate City” como en las ciudades comerciales y las zonas de flete, los chinos comprendieron que los africanos pueden servir a su propia prosperidad. En el resto del país, en cambio, estos últimos se exponen siempre a reacciones hostiles. Para parafrasear a Deng Xiaoping, “un país, dos sistemas”.

No obstante el endurecimiento de las reglas de inmigración por parte de las autoridades de Cantón y el chovinismo chino, los africanos de China construyeron un “puente” (16) entre los dos continentes. Los comerciantes sirven de conexión entre sus anfitriones y su nación de origen. ¿Habrán encontrado una puerta para penetrar los cuatro muros del pictograma que representa la palabra “país” en chino? Insurrecciones populares contra los negros, como las que hubo en la Universidad de Nanjing en Pekín en 1988, ya no están a la orden del día. En ese entonces, varios chinos maltrataron a estudiantes africanos y bajaron a las calles, de a miles, entonando: “¡Muerte a los diablos negros!”. Los manifestantes usaron como pretexto la muerte a golpes de un estudiante chino, pero sobre todo reprochaban a los negros su solicitud hacia las jóvenes chinas.

Desde entonces, en las calles del barrio de Xiaobei Lu se observan con mayor frecuencia los matrimonios mixtos y los hijos mestizos. “Gracias a la apertura al mundo de China, hay esperanza para los extranjeros de color aquí”, insiste Yane Soufian. “Nos adaptamos a su cultura y nos conformamos con sus leyes”. Este joven nigeriano llegó hace ocho años “prácticamente sin un centavo en el bolsillo y conociendo únicamente el té negro… no el verde”. Casado desde hace cinco años con Hanna, una china, tienen un hijo de 10 meses, Arafat. “Mi familia política jamás se opuso a nuestra unión. Lo único que teme es que algún día nos vayamos a Nigeria. Mi mujer no tuvo miedo de mí pues comprendió que los africanos que se quedaron en China han dado pruebas de capacidad de adaptación. Son combativos y definitivamente modernos. Respetamos mucho a las mujeres y las ayudamos en las tareas domésticas”.

Sobre el atrio de la catedral del Sagrado Corazón de Shizhi, Emma Ojukwu calcula entre trescientos y cuatrocientos matrimonios mixtos: “Yo trato de organizar una asociación para que haya la menor cantidad de divorcios posibles”. Pues más allá de la diferencia cultural, algunos africanos se casan para obtener un certificado de residencia. Ladji lo confirma sin escrúpulos: “Hay que casarse con una china para crear una empresa. Eso hizo mi hermano y con eso soñamos todos”.

Cada vez más africanos aprenden chino en el lugar, en la universidad o en uno de los numerosos “Confucius Institute” que abren sus puertas en África (17). Más aun, reivindican su rol de mentores y hasta de educadores (18). Barry recuerda, con un dejo de consternación, las lagunas de sus anfitriones: “La llegada de los africanos les enseñó a los chinos cómo buscar mercados para su mercadería. Las secretarias que teníamos aquí no hablaban ni una palabra en inglés. Nuestra presencia originó un entusiasmo por el aprendizaje de lenguas: el inglés, el francés. Los chinos no tenían ninguna idea de las reglas básicas del comercio internacional. No conocían el crédito, el crédito documentado. Estaban acostumbrados al pago en mano. ¡Eso no es comercio!”.

Este tipo de intercambio espontáneo, no institucionalizado, permite establecer lazos entre comunidades. Al avivar la llama del desarrollo Sur-Sur, China no debe olvidar que el “despegue” de un País Menos Avanzado (PMA) va de la mano generalmente de una intensificación del intercambio humano entre éste y el país industrializado al cual está ligado (19). Pekín va a tener que administrar este fenómeno sin dañar su imagen, máxime cuando las críticas contra la inmigración china en África no le permiten endurecer su política de recepción de extranjeros (20).

¿Asistimos a la emergencia de una “burguesía comerciante africana transnacional” (21) que, a partir de China, inundará el sur del Sahara de productos de bajo costo? Semejante modelo de desarrollo podría tener sus límites. En uno de los cafés que rodean un templo de consumo chino, un burundés suelta tímidamente: “China ceba a África con productos cuatro o cinco veces más baratos que los importados de Europa. Eso, por cierto, contribuye indirectamente al aumento del poder de compra, pero ya no se produce nada localmente”. Las economías africanas sufren además la competencia desleal (exención de impuestos aduaneros, dumping). Más que los acuerdos de cooperación del tipo “infraestructura contra recursos”, es este tipo de intercambio el que genera en África una impresión de neocolonialismo chino. Acaso China, so pretexto de no injerencia en los asuntos de sus socios económicos, ¿no se dedica únicamente a hacer valer su interés nacional por sobre todas las cosas?

“China trata de hacer negocios con los gobiernos –observa Barry–. Pero los chinos se van a dar cuenta de que es económicamente más interesante tratar directamente con los africanos”. Africanos que hagan negocios con China, pero… sin residir allí: tal es el deseo de los dirigentes de Pekín. Sin embargo, el 90% de los africanos de Guangzhou ocupan una posición de intermediarios entre clientes del continente negro y las fábricas chinas. Sin ellos, no hay comercio: “Todo lo atractivo de China proviene de su poder económico, pero eso no puede durar”, analiza el economista chino Yan Xuetong. “El culto al dinero no es un arma de seducción suficiente. Es necesario también disponer de autoridad moral” (22). Pekín tiene mucho para ganar cuidando a sus inmigrantes africanos.

“La apertura del mercado en China no es sino una puerta entreabierta y, sobre todo, las condiciones de acceso a los documentos son demasiado difíciles”, se rebela Zango, un operador de mercado malí. “El futuro está en otra parte… en India, por ejemplo”. 

1 “Les inmigrants africains, nouveau défi pour la Chine”, Chine-informations (www.chine-informations.com), 6-10-09.

2 Adams Bodomo, The African Trading Community in Guangzhou: An Emerging Bridge for Africa-China Relations, de próxima aparición en China Quarterly, School of Oriental and African Studies, Londres.

3 Mark Leonard, Que pense la Chine?, Plon, París, 2008.

4 Roland Marchal, “Hôtel Bangkok-Sahara”, en Fariba Adelkhah y Jean François Bayart (dir.), Voyages du développement, émigration, commerce, exil, Karthala, París, 2007.

5 AFP, 13-2-09.

6 Hubert Escaith (dir.), Estadísticas del comercio internacional 2009, OMC, Ginebra, 2009. Las exportaciones de China hacia África alcanzaron los 50.840 millones de dólares (+ 36,3% respecto del año 2008); las importaciones provenientes de África totalizaron 56.000 millones de dólares, (+ 54%). Los hidrocarburos representan el 71,7% de las importaciones y los metales el 14,1%.

7 Jean Lacouture, “Bandung, o la era de la descolonización”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, abril de 2005.

8 El 33% de los africanos presentes en Cantón son nigerianos, el 10% malíes, el 8% ghaneses, el 6% guineanos y el resto está compuesto por congoleños, senegaleses, marfileños, nigerianos, tanzanos, gambianos, cameruneses (Adams Bodomo, op. cit.).

9 En África, el árbol de la palabra es un lugar tradicional de encuentro para expresarse sobre todos los aspectos que conciernen a la comunidad (N. de la T.).

10 Zhigang Li, Desheng Xue, Michael Lyons, Alison Brown, “Ethnic enclave of transnational migrants in Guangzhou: A case of study of Xiabei”, Acta Geographica Sinica, 2008, China.

11 “China issues ‘Green Card’ to foreigners”, China Daily, Pekín, 21-8-04.

12 Cisnes salvajes, Circe, Barcelona, 2004.

13 “De Hong Kong a Guangzhou, de nouveaux “comptoirs” africains s’organisent”, Perspectives chinoises, 2007 (http://perspectiveschinoises.revues.org/document 2053.html).

14 Frank Dikötter, The Discourse of race in modern Asia, Stanford University Press, Stanford, 1992.

15 Yan Sun, “Millennia of Multiethnic Contradictions”, foro “China’s changing views on race”, blog de The New York Times, 13-12-09 (http://roomfordebate.blogs.nytimes. com).

16 Adams Bodomo, op. cit.

17 Según Confucius Institute Online, en noviembre de 2009 se contaban 21 Confucius Institute en dieciséis países (http://college.chinese.cn).

18 Adams Bodomo, op. cit.

19 Roland Marchal, op. cit.

20 Según Jean-Raphaël Chaponnière, investigador en la Agencia Francesa de Desarrollo, se contarían entre 480.000 y 750.000 chinos en África.

21 Sandrine Perrot y Dominique Malaquais (coordinadores), “Afrique, la globalisation par les Suds”, Politique Africaine, París, marzo de 2009 (www.politique-africaine.com).

22 Citado por Mark Leonard, op. cit. 


 

El yuan es la unidad monetaria de la República Popular China, su nombre oficial es renminbi. 

Entre 2003 y 2007, el número de inmigrantes africanos creció  a un ritmo del 30% al 40% anual

(*) El título es nuestro



Publicado por Senocri @ 18:18
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Comentarios
Publicado por el_trampero
viernes, 09 de julio de 2010 | 3:56

China y Africa, dos realidades misteriosas para mi. Me encantaría conocerlas cada vez más. E intento hacerlo. Gracias a la literatura me he acercado un poco a África y algo menos a China, pero continuaré con mis intentos.