-Me miro las manos. Me miro las uñas. Me asomo por la ventana. Limpio de cenizas la mesa y... Y me pondré a escribir de cualquier cosa.
-Si, pero en concreto ¿de cual?
-Bueno, pues de aquel que se subía a lo alto y entonces lo buscaban a voces por todas partes.
"-Li, Li, ¿donde estás?
Había oído esta frase algunas veces pero tal como entraba por un oído me salía por el otro sin más poso en el cerebro. Pero un día, por la mañana, esas palabras se elevaron a alturas tan dificiles de soportar que me tuve que asomar, picado por lo desaforado de las voces. Y lo vi allí arriba, subido a lo más alto. Y lo mismo que yo lo descubrió la señora vecina que daba esas voces. Desde entonces no volvieron a fastidiarme con semejantes gritos. Yo lo agradecí para volverme a enfrascar en mis relecturas que, con el silencio, se hacían más agradables. ¿Qué leía? A mis años, generalmente, releía los clásicos castellanos: el Lazarillo de Tormes, El Quijote o la Celestina; aunque también el Fausto de Goethe; y el resto eran obras que trataban, en mayor o en menor medida, de Africa, su cultura, su historia, su literatura. Muchas de ellas de edición antigua. Pues las obras que me llegan a mi de reciente publicación son escasas. Y gratis. Recogidas en la calle por el hijo de una amiga. Pero una de reciente publicación me la había regalado mi hijo: la última novela de reciente Premio Nobel Vargas Llosa, 'Sueño del celta'. Que, por supuesto, trata, en buena parte, de las brutalidades, de las salvajadas, cometidas por los colonialistas en el Comgo bajo el mando del sanguinario rey de los belgas Leopoldo II. Con esta obra delante de mi volví a acordarme del que estaba subido a lo alto. Retornó el recuerdo de las voces y del negrito subido a las alturas, digo negro porque era de esa raza. Instintivamente volví a asomarme: seguía allí mirando sabe dios qué. Al fondo, las montañas recortaban el horizonte con su sombrero blanco. ¿Qué era lo que le impulsaba a subir a lo alto?
Yo sé de las sensaciones que produce el subir, el alejarte de las calles y de ver las casas y personas diminutas, que van empeñeciéndose poco a poco según asciendes. Y el malestar, casi odio, que sientes cuando retornas a entremezclarte con el vulgo 'municipal y espeso', que dice el poeta, tras una estancia de horas en las alturas. Miras a las gentes con desprecio al estar ahí, atadas a sus ocupaciones y preocupaciones, pudiéndose liberar de ellas con solo torcer unos minutos y encaminándose a la izquierda o a la derecha por una callejuela, enseguida se veía el sendero que subía y subía dejando perdido en el valle al pueblo.
Los vecinos eran una pareja joven: él albañil y ella trabajadora de casa en las labores domésticas. Él se levantaba primero. Más tarde su compañera. Cuando se levantaba comenzaba su tarea gritándole a sus hijos. Tenía dos hijos: un niño y una niña que salían a la escuela con el ceño fruncido, atemorizados por los gritos de la matrona. De modo que estaba acostumbrado a sus gritos pero no a esos alaridos que, como ya he dicho, me empujaron a asomarme.
Recuerdo que le pregunté a la vecina el por qué de haberse alarmado de ese modo tan fuera de lo común.
-Mire usted -me contestó- no sé cómo decírselo, no se ofenda, pero eso es una cuestión que no le importa.
-Tiene razón. Si. Tiene razón. Pero sea más comedida con sus berridos.
-¡Váyase a la mierda!
Ante ese rebuzno me quedé cortado y me juré no volver a dirigirle la palabra. Supe que el negrito, aunque no fuera su hijo, se había encariñado con él. Lo tenían hace pocos meses y le hacía buena jera pues sus hijos jugaban con él, como si fuera un muñeco extraño; y tan ensimismados se quedaban cuando estaban con él muñequito negro que esos momentos eran para la señora (por llamarla de alguna manera) un edén de paz y no tenía necesidad de elevar la voz para hacerse oir. Esos ratos la relajaban. O eso sopongo yo.
Lo contemplé un instante. Pero enseguida regresé a mis relecturas.Todas las mañanas, cuando los niños se iban a la escuela, me asomaba y raro era el día que no trepaba el negrito a lo alto. Ahí se quedaba y yo como un bobo mirándolo. He de decir que me admiraba la precisión,, la soltura, la agilidad en apoyarse en los diversos salientes hasta que llegaba a lo más alto. Las montañas mientras servían de telón al negrito.
Esto de gatear, de trepar, a árboles o a paredes -que era más dificil porque había que servirse de agujeros o mínimos salientes hasta llegar al tejado que era la meta- lo hacíamos de niños o de jóvenes en mi pueblo; una meta a veces obligada porque debajo estaba un perro ladrando con malas fauces enseñando los dientes; bien, años después nos enteramos que esto lo elevó a categoría deportiva el novelista Norman Mailer cuando se presentó candidato a las elecciones municipales de Nueva York. Se había fijado en jóvenes desocupados, quienes, como gatos, trepaban por los altos rascacielos de la ciudad del imperio yanqui, arriesgando su vida con tal de ver coronado con éxito su vernejía. Norman Mailer no triunfó, pero en medio de la campaña acuchilló a su esposa, quizás para vengarse de su intuida derrota. Si, Mailer no fue alcalde de la villa norteamericana, pero derramó imaginación con esas iniciativas de llevar a pilluelos a escalar las alturas de los edificios, de empujarlos a que tuvieran un objetivo en la vida, que pusieran su empeño en tocar el cielo; ellos, que estaban siempre manchándose de suelo, un suelo por el que no pasaba un río, ni una fuente, ni una planta, ni una flor, que no conocían la naturaleza mas que en las películas; ellos, que pìsaban ese suelo que no tenía ni barro, ni tierra, tan solo asfalto del que salía fuego en verano y emanaba hielo en el invierno; y la primavera y el otoño se medían por los calendarios; ellos, muchos de ellos, sabían de junglas lujuriosas, de cantos de pájaros, de aromas... por los cuentos y leyendas de un África legendaria transmitida de generación en generación desde que fueron trasladados, en el Pasaje Medio, a la fuerza, para ser esclavizados en esa tierra sin tierra y llena de alquitrán, hierros, humos y rascacielos.
Esos mozalbetes, como este negrito, no eran de África, eran seres de un mundo que no tenía tierra, esa tierra que se coge a puñados; y si se ponían a arañarla no les quedaba en las uñas mas brea. Por lo mismo, no se puede decir que, desde esa altura a la que muy a menudo se encaramaba el negrito, atisbara un horizonte de palmeras, cactos, sabanas, ñues, elefantes, jirafas... Quizás fuera, eso era lo más probable, un instinto de defensa y ataque. Un salto atrás al puro salvajismo de una naturaleza no derrotada del todo, aun no domesticada.
En esas estaba yo reflexionando, cuando me sacó de mis pensamientos las voces de mi educadísima vecina:
-Lí, ¿qué haces? Ven aquí. Por favor, baja. Date la vuelta. Te vas a matar. ¡Ay, dios mío, dios mío!
Saqué mi cabeza. Mis ojos se dirigieron allí, donde el negrito había quedado poco tiempo antes. No estaba. Se había ido. De pronto lo descubrí gateando por una pared de piedra que se hallaba frente a la casa donde yo vivía. Nadie le mostró mucha atención, salvo un par de jubilados que, a esa hora de la mañana, llevaban su ociosidad por calles y plazas. Mirándolo recordaba mi niñez enterrada que, de cuando en cuando, asomaba sus recuerdos como la cabeza del nadador periódicamente emerge del agua. Pero no era yo. Era el negrito. En uno de los desaforados gritos de la cordial vecina el denominado Li volvíó la cabeza, se desequibró y cayó al suelo. Afortunadamente, no se había elevado a mucha distancia del suelo. Por lo que, fuera de una culada, no pasó nada. La señora (repito: por decir algo) lo siguió llamado y el bueno del negrito, un tanto escamado de su incipiente aventura, se resignó acudiando hacia donde esta estaba.
Las alturas, las cimas, las torres, los picos elevados, siempre han atraido a los hombres. En la filosofía, en la literatura... hasta en el comportamiento de los seres humanos, se habla con mucha frecuencia de altura de miras, de perpectivas, de encumbrarse, de alejarse, de elevarse, de distanciarse... y de torres de marfil. Todo este leguaje se debe a la necesidad de ver más bosque y menos árboles. Es decir de no dejarse enredar con la menudencia y ver más allá de las narices. Que se resume en la manida frase: Que el árbol no impida ver el bosque. Que tiene mucha enjundia a pesar de reperirse muchas veces. Porque, claro, desde la altura en la que se ve todo el pueblo no se captan los movimientos, a veces importantísimos, de ciertas personas que van arrimadas a las paredes para no ser notadas, o las reuniones donde se decide de la vida de los habitantes de la población. Y en numerosas ocasiones en contra. Y menos, por supuesto, se atisban las ratas, las culebras, los ciempiés, los alacranes... que viven a ras de suelo, o en el subsuelo. De modo, que todo tiene sus pros y sus contras. Es un arte moverse en el justo equilibrio. Y eso no lo consigue la mayoría de las personas. Pero hay quie intentarlo. Si se eleva uno demasiado, y permanece en esa altura mucho tiempo, se acostumbra a ver los casos demasiado generales, sin darse cuenta que son las pequeñas cosas las que transforman la cantidad en cualidad. Es lo que les ocurre a los que moran en las llamadas torres de marfil. Es decir dialogan ellos consigo mismo y siempre se dan la razón. Alguna vez cuando bajan a la tierra se caen de bruces en el suelo. Y que hostia se pegan, dicho vulgamente.
Nada de esto, supongo yo... supongo no, estoy seguro de que no le interrumpía el sueño a la vecina desaforada, ni a su querido negrito. Terminé de leer 'El sueño del celta' ese día cerca de las cuatro de la madrugada. Me fui a la cama y dormí mal: tuve una pesadilla.
En esta pesadilla, no sé por qué, íbamos corriendo, saltado y riendo por un camino de mi pueblo que se llama Fuentespreadas. Era verano. Entremediodía. Se dice entremediodía a la hora, después de comer, en que todo el mundo está dormiendo, descansando de las faenas del campo. Nos bañábamos en un buchina. Una buchina, para que se entienda el sueño, es un depósito de agua de forma cilíndrica que los labradores tenían en algunas fincas para regar las plantas. Bueno, tampoco sé por qué, el caso es que nos acercamos a un ábol frutal y que si o que no comenzamos a gatear por el árbol a coger fruta. En esto estábamos, cuando suena un trueno, y, tampoco sé por qué, el caso es que un rayo cayó en el árbol; a uno de los amigos mató el rayo, a otro le carbonizó un brazo, varios salieron heridos y yo me fui a tocar, porque estaba muerto, y me desperté.
Seguí con mis relecturas. En este caso una sobre la esclavitud. 'La esclavitud en los EEUU'. Pero oí voces. Era la vecina. Discutía con alguien. Reconocí la voz de ese alguien. Se llamaba Pepe. Lo conocía. Era una persona educada, de principios firmes y vida recta y austera. Viudo. Vivía solo porque los hijos ya eran mayores y estaban trabajando fuera del pueblo. Eso sí, un hombre de acción y pocas palabras. Venía a quejarse de que el negrito de la señora subía a su tejado y le había roto varias tejas. Y que, por favor, lo atara corto ya que él no quería extralimitarse. Ya que no era nada suyo.
-Dice usted bien: no es suyo, ni de su incumbencia.
-Por eso se lo digo a usted.
-Yo no lo he visto a subierse a su tejado. Lo que tiene usted es que cuidar de su casa y no venir a molestar a casa ajena.
-Bueno, ya se lo he advertido. Luego, no llore.
-¿Me amenaza? Váyase a la mierda.
Todo eso a gritos. A gritos la señora, por si no se han dado cuenta. Como siempre con su exquisita educación por delante.Por la tarde llovió y Pepe vino a casa para decirme que en su cocina le caían goteras a causa de que el negrito de la señora (¡mal rayo la parta!, exclamó) andaba en el tejado.
-Jodiéndome las tejas. Eso es lo que hace. Y se va a acordar de esto. Puedes estar seguro.
Al día siguiente amaneció soleado. Los hijos de la pareja de vecinos emprendieron el viaje a la escuela. Los vi juntarse a otros niños y desaparecer por una esquina de la calle. Casi al momento el negrito se acercó a la pared y gateando gateando se subió al tejado de Pepe. En él estaba levantando una teja, cuando Pepe apareció con una escopeta. Apuntó. Apretó el gatillo y el felino negro de la vecina cayó rodando tejas abajo hasta el suelo. Tenía en la boca un pajarito. Unos jubilados miraban la escena.-Pobre -decían, sin saber si era sobre el gatito o el pajarito.
Pepe se metió en su casa, mientras la vecina atronaba la manzana con sus gritos.
Esto es lo que que he escrito. Me miro las manos, me miro las uñas, miro por la ventana y...
-Y ¿ahora qué?
-Otro día escribiré de cualquier otra cosa.
-Si, pero en concreto ¿de cual cosa?
-Bueno, ya veré.