-'Bueno, ya veré'.
Esa fue la respuesta que te di cuando, en el último relato, me preguntaste acerca de lo que escribiría en otra ocasión.
Dándole vueltas al asunto me acordé de algo que le sucedió, un día, a un amigo y que estuvo a punto de costarle caro. Y, si mi memoria me es fiel, fue, más o menos, así cómo me lo contó:
"Estaba una mañana de invierno -empezó diciendo mi amigo- a finales de enero, mirando por la ventana, distraidamente, mientras me devanaba los sesos, o los estrujaba, para ver si daban a luz algo que me pudiera servir para escribir un relato. En esto estaba, cuando me acordé de lo que, algunas veces, pensé redactar; esto es: describir, minuciosamente, lo que veía por las cristaleras: por las distintas cristaleras de casas donde viviera o estuviera de paso. Un pronto que me vino así, al cerebro, queriendo imitar unas narraciones de Martín Garzo, escritor vallisoletano quien me pareció, tras leerle esos escritos, que prometía ser alguien en la literatura; bien, ahora ya es un escritor relevante, muy connotado, al que, dicho sea en honor a la verdad, no lo he seguido en absoluto, ¡qué le vamos a hacer! Recuerdo, vagamente, que los capítulos tenían, todos, una estructura semejante; siendo las únicas diferencias -que yo recuerde- matices inherentes a personajes y a contextos. Creo que se traba de mujeres, o de parejas de novios. Algo de eso. No recuerdo bien.
Bueno, pues pensé que esa mañana, decididamente, llevaría a cabo aquel propósito de antaño, con las tres cristaleras que se abrían a mi mesa de comedor donde estaba sentado; por la cristalera de la derecha se veía un trozo de pared de ladrillo rojo, con dos ventanas, un solar abandonado con un árbol y a continuación la pared de una casa pequeña revocada con cemento; pared con dos ventanitas que más parecían buracos; una cristalera, a la izquierda de la anterior, dejaba ver el resto de la casa de ladrillos rojos, con sus ventanas y balcones; la de la izquierda asomaba a una plaza y a numerosos bloques de viviendas.
Como hay que tener un orden, empezaría por la cristalera de la parte derecha, luego con la del centro para terminar en la de la izquierda.
La decisión de comenzar por el ventanal de la derecha se debió a que, en principio, reunía vistas interesante, no por el trozo de pared de ladrillos rojos, no; lo que más me llamó la atención fue la pared revocada con cemento, con el gris del cemento. A esa hora de la mañana, serían las once, daba el sol sobre ella; entre la línea de caida del tejado y la sombra que proyectaba la casa de ladrillos rojos, sobre la fachada de cemento, formaba la parte soleada un trapecio regular. Y casi en el centro del trapecio los dos buracos. De uno de los cuales, el que estaba a mi derecha, aparecía una mano negra sacudiendo algo. A esa hora de la mañana sacudiría, sin duda, el polvo. Para completar el trapecio soleado, que se ofrecía a mi vista, las ramas, desnudas de hojas, de un árbol que surgía del solar y que se ramificaban por toda la figura geométrica.
Por la plaza, que veía asomarse al ventanal de mi izquierda, pasaba la gente muy muy abrigada. Estaba la emperatura a 0 grados, aunque el sol abrazaba esplendoroso, brillante, potente, toda la superficie. Era, según el dicho de mi pueblo, 'un sol que escachaba los cristales'. O eso decía mi madre, que en paz descanse. Exclamando a continuación:
-¡Hijo, qué frío debe hacer en la calle!
Cosas de mi pueblo.
Volví a prestar atención al trapecio que el sol iluminaba para seguir con la descripción del cuadro. La mano seguía allí con su labor cotidiana de sacudir el polvo de la bayeta. O eso creía yo. De pronto me acordé que allí, precisamente allí, vivía Ahmed, un marroquí muy amable, natural de Tanger, con el que había hablado en algunas ocasiones. Pocas. Por cierto, cuando en alguna de esas ocasiones estaba con su mujer, ella se apartaba un poco. Hembra a la que nunca, por la calle, le ví la cara totalmente. Picado por la curiosidad de este recuerdo miré, con mayor atención, por ver si era ella la que sacudía el polvo. Y también porque no era normal que estuviese, o estuviesen, sacudiéndolo tanto tiempo. Mi vista no es ya lo que era y, a esa distancia, no percibo con la nitidez de años atrás. Miré atentamente y llegué a la conclusión de que si, que era ella: la mujer de Ahmed me saludaba. Ya lo había hecho otras veces. Correspondí al saludo alzando la mano. Pero a continuacción, para no parecer demasiado descarado, o que me llamaran metomentodo, o cotilla... y sobre todo porque soy un tímido incorregible, bajé la mirada casi avergonzado y un tanto nostálgico.
***
Bajó la cabeza avergonzado y sorprendido de acordarse, aun, de ella; y para distraer el pensamiento lo desvió hacia el marido: el ya mentado Ahmed.
(He cambiado la forma de redactarlo porque podría no ser fiel del todo a lo que me contó mi amigo; de modo que si la historia les parece inverosímil échenme a mi la culpa, a mi mala redacción, y no al suceso que me contara este amigo)
Ahmed era un hombre bondadoso (adjetivo rotundo que pocas veces hay que utilizar con total certidumbre sin añadir enseguida: en apariencia) la mirada bovina y comportamiento sumiso, casi dulce; un tanto untuoso, a juicio de mi amigo. Había hablado con él en varias ocasiones. Y casi siempre cuando mi amigo paseaba por la calle leyendo poesía. Una vez -recordaba- le habló de su Tanger natal; allí había sido comerciante o vendedor ambulante, pasándose muchas horas en su oficio delante de un gran restaurante.
-Entraba y salía gente de postín. Famosos.
Como mi amigo no ha estado nunca en África, por lo tanto en Marruecos tampoco; y, por supuesto, a Tanger la había visto en el punto que los atlas señalan como ciudad; mas para darse pisto le habló de Mohamed Chukri, un novelista marroquí descarnado y directo. Entonces a Ahmed se le iluminó la cara: lo conocía: conocía a Mohamed Chukri.
-Era un hombre generoso y sabía mucho. Sabía mucho.
Por lo que pudo sacar en limpio mi amigo, jamás había leído nada del escritor marroquí. Lo supo con certeza porque, cuando le cito el caso que relataba en 'El pan desnudo' Chukri de su padre matando a su hermano retorciéndole el cuello, lo miró entre sorprendido, dubitativo e incrédulo y no se le ocurrió otra salida que decir:
-Gente mala hay en todas partes.
Además, esa frase -según mi amgo- indicaba el temor a que lo encajonaran a él, a Ahmed, dentro de ese sector de población mundial. Por eso se comportaba de ese modo tan amable, tan servicial, tan atento, tan... Aunque a él, precisamente a él, ese proceder le pareciera un poco empalagoso. Tenía que reconocer que, en ese aspecto, era singular pues, al contrario que el resto de población marroquí, no se aislaba tras su idioma, su cultura y su religión. Los aborígenes les pagaban a los árabes con la misma moneda: no queriendo tener apenas relación con los emigrantes más que la estrictamente necesaria, llegado el día y la hora, de ir a cobrar el alquiler de la casa donde vivían. Ahmed, abriéndose a los vecinos, abordándolos en la calle, conversando con ellos, demostraba que no todos los extranjeros son igual de cerrados.
De las veces que habló con Ahmed, si iba acompañado de su esposa, ésta se apartaba siempre un poco, sin decir palabra. Solo miraba. Miraba interesadamente. Intensamente. Profundamennte. Con el interés, la intensidad y la profundidad que a él le producían sus ojos, negros, ¡negrísimos! Al recordarlos alzó la vista y miró de nuevo al buraco, sorprendiéndose.
¡No podía ser! ¡Eso no era normal: la mano seguía agitándose! Atisbó con mayor atención: si, si, si, la mano se movía; y de cuando en cuando se aceleraba el movimiento, tanto que parecía desdoblarse. Podría ser que, desesperadamente, quisiera transmitirle algo: un mensaje de auxilio, tal vez un SOS que, viniendo desde el buraco, tenía por meta llegar hasta mi amigo. Y no cabe duda de que logró su objetivo pues hasta su oído creyó percibir gritos de socorro. Achicó los párpados en un intento de descorrer oscuridades, de desvelar un misterio que, poco a poco, se le estaba metiendo en su carne como un bisturí, angustiándolo. Por el buraco no asomaba nadie: todo el cuadrado era negro. Si bien, la mano negra -todo hay que decirlo- desmentía el vacio del hueco. Él adivinó que la cara de ella, envuelta en velo negro, se confundía con la oscuridad del ventanuco. Pero los ojos, sus ojos, negros, despedían ascuas de angustia. Lo sentía. Lo presentía. El corazón empezó a latirle con fuerza. Algo estaba sucediendo allá, en la casa de Ahmed. Y tenía que averiguarlo.
Según mi amigo, cuando le sucedió esto, hacía ya varios meses que no veía al tal Ahmed. Llegando a creer, como lo creyó, que se abría marchado a su país con su esposa. Acontecimiento que, a él, le había tranquilizado por una parte. Solo por una parte. Esa parte tenía que ver con su esposa.
¿Cómo se llamaba? ¿Axa, Fátima... Marien? No recuerdo el nombre que mi amigo me dio. Pero, llegado a esta parte del relato, tengo que contar, muy sucintamente, con delicadeza, el encuentro que mi amigo tuvo con la mora en el campo. Parece ser -a lo mejor se lo imaginó, si bien no hay manera de averiguarlo a no ser que él lo diga- que una mañana estaba paseando por el campo. Un día soleado. Con su libro. A veces lo leía, otras se sentaba mirando el paisaje y la mayor parte del tiempo solo andaba. Le gustaba subirse a un pequeño risco. Y en este risco estaba, sentado, entre peñas; no se veía a nadie; cuando sintió ganas, con perdón, de orinar. Buscó unas matas y allí meó. Recuerda que se le había empinado el pene y sintió gusto en acariciarlo. De repente, tras unas rocas, apareció una mujer. Llevaba velo en la cara. Él se abrochó rápido la bragueta.
-Perdón, señora -murmuró avergonzado.
Sin saber si ella le había visto sus partes pudendas. Lo más probable es que no, porque estaba tras de la mata. Y dándose la espalda prosiguió su paseo. No había andado unos pasos cuando oyó:
-¡Oiga, oiga. Señor! ¿No me conoce? Soy... La esposa de Ahmed.
Al enfrentarse con la dama se encontró con una mujer sin velo. Cabello al viento. Cara blanca. Muy blanca. Labios gruesos. Carnosos. Ojos negros que parecían sonreir.
-¡Ah! Mucho gusto. No la había conocido. ¿Cómo por aquí?
-En busca de moras -y se rió.
Llevaba en la mano una cesta donde, efectivamente, echaba moras de las zarzas.
-Y Ahmed, ¿dónde anda?
-Vendiendo.
-¿Es vendedor?
-Toda su vida ha sido comerciante.
-¡Es verdad! Ahora recuerdo que me dijo que en Tanger...
Y siguieron hablando. Solos. Ocultos del entorno por las rocas; aislados del resto del mundo. A excepción de las aves, nadie los veía. Se sentaron uno frente a la otra. Mirándose. Sincerando. Como amigos de toda la vida. Hablaban. Contaban. Se emocionaban. Reían. Narraban sucesos de sus pueblos. Algo tenían en común: eran de pueblos pequeños. Ella, sin previo aviso, y, al parecer sin venir a cuento, le dijo:
-Antes... me he estremecido de pies a cabeza.
-¿Cuándo?
-Me da vergüenza decírtelo.
-¿No sé por qué? Hemos hablado de todo abierta y sinceramente.
-Bueno... Verás... Fue... Cuando estabas tras de la mata.
Lo que ocurrió después -siempre según lo que me contó mi amigo- me van a permitir que me lo guarde por pudor; y porque, en el caso de que fuera verdad, no tengo derecho a divulgarlo; y además, como parte del relato, no estoy seguro del todo de su veracidad; ni tampoco de que se lo hubiera imaginado.
Lo cierto es que, a pesar de la alegría que sintió cuando creyó que la pareja marroquí había retornado a su patria, nunca la olvido del todo. Ahora le volvía de repente en forma de mujer angustiada, de hembra en peligro y tenía que acudir a salvarla. Los caballeros españoles son así: caballeros que protegen a sus damas del peligro. Como quijotes a sus dulcineas.
¿Pero de dónde brotaba el peligro? Ella vivía con Ahmed. Con nadie más. ¿Se habría enterado el marido de su encuentro en el campo con su señora? Si fuera así, tal vez la estuviera pegando o amenazando de muerte. Ella no tenía a nadie a quien acudir. Los familiares estaban, allá, en las montañas del Rif. El único conocido era él. Tenía, primero que bajar a la calle y luego, acercarse al buraco para saber a qué carta quedarse. Sobre el terreno se ven con más claridad los problemas. Si fuera necesario, incluso podría decírselo a la policía: era un caso claro de violencia de género.
Decidido. Miró hacia el buraco. Los movimientos seguían insistentes. Según se fue preparando, bajando las escaleras, abriendo la puerta de entrada y luego la otra puerta de salida a la calle, iba pensando que Ahmed no podía ser así. No entraba en esa franja de seres humanos proclive al maltrato... Una vez pensado lo anterior ya se estaba arrepintiendo de su razonamiento, acordándose, como se acordó, de aquel gitano tan simpático, tan dicharachero.
Él era muy niño y los recuerdos de aquella época remota pueden no ser muy fieles, pero aquello lo tiene grabado: llegó a su pueblo un grupo de gitanos y su padre, que era alcalde, les dio permiso a que se establecieran, por unos días, en el pueblo; lo hicieron en los soportales de la iglesia parroquial; a cubierto de la lluvia.
-El jefe de ellos era, como ya te he dicho -contaba mi amigo- un hombre amable, simpático, sonriendo siempre a todo el pueblo; pero una vez, estando yo jugando con otros niños de mi pueblo -siguió narrando mi amigo- contemplé cómo a una mujer gitana le dio un codazo en la barriga que la dobló cayendo al suelo y, mas tieso que una vara, se fue de su vera sin mirarla siquiera, mientras tanto ésa gitana lloraba echada en el suelo.
De modo que Ahmed podría hacer lo mismo con su mujer. Ya se dice por ahí: marroquies y gitanos primos hermanos.
En esto iba pensando -según relató mi mentado amigo- mientras bajó las escaleras de la su casa a toda velocidad. Tan rápido bajaba y tan distraido se hallaba que resbaló en uno de los últimos peldaño, cerca de la puerta de entrada, dándose de bruces con el picaporte.
-Y menos mal que no me caí. Pero el golpe contra el picaporte me abrió una ceja y comencé a sangrar -y mi amigo señalaba con el dedo una cicatriz.
Salió a la calle sin preocuparte de la herida. Sangrando. Y primero deprisa y luego corriendo, dobló la esquina, tropezó con un conocido; éste tuvo que agarrarle porque se caía al suelo; y mirándole extrañado, le preguntó sobre la causa de su agitación y desasosiego.
-¡Ahmed, Ahmed! ¡Allí! ¡En el buraco! -creo que pronuncié medio atontado señalándolo con el dedo.
-¿Ahmed?... ¿Ahmed?... Pero si Ahmed se marchó de aquí hace ya cuatro meses.
Mi amigo, mientras oía lo que le hablaba el vecino, continuaba señalando con el brazo extendido hacia el buraco.
Buraco donde un tordo, o grajo, picoteaba en una esquina del mismo ventanuco; a veces aleteaba intentado penetrar con el pico por el cristal. Sus alas proyectaban sombras sobre la pared iluminada por el sol; ya he escrito que entre la línea recta del tejado y la recta sombra de la pared de ladrillos rojos sobre la de cemento, formaba un trapecio regular soleado. El tordo, o grajo, a una sonora palmada del vecino, se asustó despegándose del ventanuco y yendo a posarse, con otros, en las ramas del árbol que sobresalía del solar abandonado, por encima de la tapia.