Este breve opúsculo (unas 25 páginas) es una crítica sarcástica y demoledora del monarca belga y una denuncia de la obligación que tenían los Estados Unidos de ayudar al pueblo del Congo por ser en gran parte responsables de haberse dejado engañar por dicho rey.
En el escenario Leopoldo, excitado, y desafiante, con un crucifijo colgado al cuello, contempla con gesto hostil una majestuosa pila de panfletos y recortes de periódicos--las denuncias de la situación del Congo realizadas por periodistas como Morel, misioneros como W.M. Morrison, A.E. Scrivener, W.H. Sheppard, cónsules como el británico Roger Casement, y varios escritores y poetas -de los que lee y comenta en voz alta algunos párrafos antes de tirarlos.
“¡Ah, si pudiera cogerlos por el cuello!” [Besa apresuradamente el crucifijo y murmura.] En estos veinte años he gastado millones para mantener callada a la prensa de dos hemisferios, y aun así sigue habiendo filtraciones. […]Villanos… ¡Lo están contando todo! Sí, todo: cómo peregriné entre lágrimas por las grandes potencias, con la boca llena de Biblia y rezumando piedad por los poros de la piel, implorando que me nombrarán su representante y me entregaran el vasto, rico y poblado Estado Libre del Congo para que acabase con el comercio de esclavos, detuviera las incursiones de los esclavistas y sacara de las tinieblas a esos veinticinco millones de bondadosos e inofensivos negros para conducirlos a la luz, […] Están contando que América y trece grandes Estados europeos compartieron mis lágrimas, y se convencieron de mis palabras; que sus representantes se reunieron en la Conferencia de Berlín y me nombraron Soberano y Superintendente del Estado del Congo, […]”
“[…] ¡Esos entrometidos misioneros americanos! ¡Esos cónsules británicos tan sinceros! ¡Esos oficiales belgas chivatos y traidores! Esos cansinos loros no paran de hablar y de decir cosas. […] la vergüenza debería haberles hecho callar, pues con ello ponen en evidencia a un rey, una persona sagrada e inmune a todo reproche, en virtud de haber sido elegido y nombrado por Dios para ese gran oficio; un rey cuyos actos no pueden criticarse sin cometer blasfemia, puesto que Dios los ha presenciado desde siempre y nunca ha evidenciado ningún desagrado alguno por ellos, ni los ha desaprobado, estorbado o interrumpido en modo alguno.”
“[…] [Sonríe satisfecho y empieza a leer el Informe del reverendo americano W.M. Morrison, misionero americano en el Estado Libre del Congo.]”
“[…] Con toda seguridad, nuestro Gobierno nunca habría reconocido esa bandera de saber que quien pedía el reconocimiento era sólo el rey Leopoldo, de saber que estaba instaurando una monarquía absoluta en el corazón de África, de saber que, tras acabar con la esclavitud africana en nuestro país con tan alto precio en sangre y dinero, estaba estableciendo en África una forma de esclavitud aún peor.”
“[…] [Lee un pasaje de Informe de un “Viaje hecho en julio, agosto y septiembre de 1903, por el reverendo A.E.Scrivener, misionero británico.”]”
“[…] Los rifles eran demasiado poderosos, así que se sometieron e intentaron vivir lo mejor posible en esas nuevas circunstancias. Primero llegó la orden de construir casas para los soldados, y eso se hizo sin quejas. Luego hubo que alimentar a los soldados y a los hombres y a las mujeres –parásitos todos ellos- que los acompañaban. Después les dijeron que les llevaran caucho. Eso era nuevo para ellos. Había caucho en el bosque, a varios días de distancia de sus hogares, pero no sabían que pudiera tener algún valor. Se ofreció una pequeña recompensa y corrieron a por el caucho. “Qué raros son los blancos que nos dan telas y cuentas a cambio de la savia de un árbol silvestre.” Se regocijaron con lo que creyeron su buena fortuna, pero la recompensa fue reduciéndose hasta que al final les pedían caucho a cambio de nada. Intentaron oponerse, pero, para su sorpresa, los soldados dispararon contra algunos de ellos, y a los que quedaban en pie se les dijo, con muchos insultos y golpes, que fueran a por más caucho o matarían a más personas. […]”
Leopoldo continúa hablando:
“[…] Se estremecen pensando en cómo se ha reducido la población del Congo, de veinticinco a quince millones durante los veinte años de mi administración, y les dan arrebatos llamándome “el rey con diez millones de asesinatos en el alma.” “[…] Esa idea dispara su imaginación, y ven al Hambre llegando al Congo al cabo de esos veinte años y postrarse ante mí para decirme: “Enséñame, Señor, veo que sólo soy un aprendiz. […]”
“[…] Otro loco quiere construir un monumento para perpetuar mi nombre, usando como materia prima esos quince millones de cráneos y esqueletos, y está lleno de reivindicativo entusiasmo por tan extraño proyecto. Lo tiene todo calculado y dibujado a escala. Con los cráneos construiría una combinación de monumento y mausoleo que imitaría con precisión la Gran Pirámide de Keops, cuya base mide 233 metros de lado y cuya cumbre está a 148 metros de altura. Desea disecarme y colocarme en lo alto de esta cumbre, con mi túnica y mi corona, mi “bandera pirata” en una mano y unos grilletes y un cuchillo de carnicero en la otra. Construiría la pirámide en el centro de una llanura despoblada, un lugar sombrío y solitario cubierto de hierbajos y de humeantes ruinas de aldeas quemadas, donde los espíritus de los asesinados o los que murieron de hambre entonarían por siempre su lamento en el susurro de las errantes brisas. De la pirámide partirían, como los radios de una rueda, cuarenta grandes avenidas de acceso, cada una de treinta cinco millas de largo, bordeadas a ambos lados por un esqueleto sin cráneo cada metro y medio y unidos por cadenas y grilletes en las muñecas con mi sello personal: un crucifijo cruzado por un cuchillo de carnicero, con el lema “por este símbolo, prosperamos, […]”
“[…] [Estudia algunas fotos de negros mutilados y las tira al suelo. Suspira.]”
“La máquina Kodak ha sido una dolorosa calamidad. De hecho, es el más poderoso de los enemigos. Los primeros años no teníamos dificultades en hacer que la prensa descubriera que esas historias de mutilaciones eran libelos, mentiras, invenciones de misioneros americanos cotillas y extranjeros molestos al descubrir que la puerta abierta del Congo de Berlín se les cerraba cuando iban a comerciar allí. […] ¡Y de pronto llegó la catástrofe! O sea, la incorruptible máquina Kodak ¡mandando la armonía al infierno! Es el único testigo que he encontrado en mi larga experiencia al que no puedo sobornar. Todos los misioneros yanquis y todos los comerciantes frustrados que devolvíamos a casa tenían una, y ahora… Bueno, las fotos están en todas partes, pese a todo lo que hacemos para bloquearlas y destruirlas. […]”
Twain, como intelectual honesto que fue, actuó siempre contra todo aquello que consideró humanamente indecente y, como puede verse por estos ejemplos, escribe una burla sangrienta, en el género de humor sarcástico que domina a la perfección. Su texto se encuentra en “La tragedia del Congo” Ediciones del Viento, 2010, junto a otros tres más de George Washington Williams (clérigo, historiador y periodista afroamericano), Roger Casement, (cónsul británico, y protagonista de “El sueño del Celta” de Vargas Llosa) y Arthur Conan Doyle (el creador de Sherlock Holmes).
