lunes, 04 de julio de 2011


Los reivindicadores


Las cruzadas militaristas que introdujo Bush en la última década alimentaron el predicamento de los teóricos neoconservadores, que realzan las virtudes civilizatorias de cualquier invasión imperial. Algunos exponentes de esta visión reaccionaria -como, Kaplan, Ignatieff e Ikenberry- presentaron esas misiones, como mecanismos de pacificación mundial o instrumentos de la prosperidad económica. (1)

Estas caracterizaciones equipararon las expediciones norteamericanas al Medio Oriente, con la obra constructiva desarrollada por Roma al comienzo del primer milenio. También compararon su efecto con la expansión internacional de la modernidad, que llevó a cabo Gran Bretaña durante el siglo XIX.

En la misma línea de reflexión, otros autores (Kristol, Kagan,) realzaron la labor cumplida por las tropas estadounidenses en la difusión de los valores de Occidente. Ensalzaron especialmente el impacto positivo de esta acción, en sociedades sometidas al totalitarismo político, o carentes de pujanza mercantil. Alabaron sin eufemismos la función benévola del imperio para liberar a esas regiones del primitivismo. (2)

Estas concepciones florecieron durante el período de mayor soberbia unipolar de Bush. Cada brutalidad militar de los marines era exaltada como un aporte invalorable al género humano.

El primer fundamento de esta visión es el simple hegemonismo. Considera que Estados Unidos es una hiperpotencia militar, que debe recordar al resto del mundo quién maneja la fuerza. Entiende que sólo esa exhibición bélica le otorga sentido al manejo de la mitad del gasto mundial de armamentos. Esta apología de la supremacía coercitiva incluye la reivindicación de todas las agresiones necesarias, para reafirmar el poder norteamericano.

Las conexiones de estos planteos con los intereses del complejo militar-industrial norteamericano son evidentes. La intención es utilizar, además, los recursos del Pentágono para contrapesar las dificultades económicas de Estados Unidos. La estrategia de militarizar los conflictos presupone que una ventaja bélica sólo pesa en el escenario geopolítico, si atemoriza en forma permanente a toda la comunidad mundial.

Algunos teóricos de este intervencionismo retoman las viejas justificaciones de la acción imperial como actos de ordenamiento internacional, impuestos por la inmadurez de los países subdesarrollados. Estas naciones amenazan la estabilidad por la simple perdurabilidad de su atraso. Son estados pre-modernos (Bolivia, Colombia, países de África, Afganistán), que generan amenazas contra sus pares pos-modernos (democracias occidentales) y afectan el despertar de los emergentes (India, China). (3)

Se plantea neutralizar ese peligro con actos de fuerza, que adopten la forma de un “imperialismo voluntario”, para erradicar las amenazas que genera la continuidad del primitivismo. Esta acción debe inducir nuevas limitaciones al principio de autodeterminación nacional y permitir la constitución de protectorados regidos por la ONU. La invasión a Irak fue justamente presentada como un ejemplo de estos correctivos.

Las familiaridades de estas teorías con el colonialismo clásico saltan a la vista. Simplemente se actualiza el lenguaje, para evitar los términos que la hipocresía diplomática ha ubicado en el casillero de lo políticamente incorrecto. No se habla con desprecio de los indios, los negros o los árabes, sino de “poblaciones inmaduras” y en lugar de estigmatizar a los salvajes, se transmite pena por los conglomerados pre-modernos. Con excepción de estas diferencias decorativas, el planteo repite todos los lugares comunes de cualquier convocatoria imperial.

Los defensores contemporáneos del hegemonismo buscan nuevos argumentos para sostener su denigración de los pueblos invadidos. Recurren a la teoría del “choque de civilizaciones” que formuló Huntington para describir, por ejemplo, la intrínseca incapacidad de progreso que afecta al mundo árabe. De este diagnóstico deducen la necesidad de un auxilio modernizador de Occidente. (4)

Estas versiones del hegemonismo han perdido su parentesco inicial con las justificaciones, que en el pasado se postulaban para explicar la conveniencia de cierta supremacía. Se resaltaba especialmente la función disuasiva de las grandes potencias (Carr y Aron). Este argumento -que identificaba la estabilidad geopolítica con alguna primacía imperial- fue utilizado posteriormente, para subrayar la importancia del liderazgo norteamericano, como antídoto de la crisis económica (Kindleberger, Gilpin).

Pero este tipo de aprobaciones del intervencionismo, no constituye el único fundamento del belicismo estadounidense. Existe también un argumento realista, basado en las concepciones tradicionales de los consejeros del Departamento de Estado (Brezinzki, Kissigner, Albright). En este caso, identifican cada movimiento imperial, con algún posicionamiento en el ajedrez geopolítico internacional.

Ese enfoque no se interesa tanto por los argumentos de cada invasión, sino que destaca su simple funcionalidad para asegurar la supremacía global. Es una visión basada en la indiferencia moral, que presta muy poca atención a las motivaciones de cada agresión. Sólo resalta la importancia de ganar nuevas posiciones en un escenario inexorablemente cruento, para mejorar la preparación ante las batallas del futuro.

La implementación de esta “realpolitik” exige impunidad total para los diplomáticos y militares. Nadie debe cuestionar sus acciones, ni exigir explicaciones de sus actos. Cuando estas interpelaciones abundan, el realismo pierde efectividad y debe incorporar razonamientos, pretextos o justificaciones para implementar la política imperialista.

Los hegemonistas y los realistas comparten la reivindicación descarada de la fuerza. Esta defensa los conduce al aval de guerras infinitas, sin límites definidos o escrúpulos jurídicos. Este enfoque es visible en las doctrinas recientes del Pentágono, que quebrantan las viejas restricciones de la “guerra justa”. Ya no contemplan proporcionalidad de la respuesta bélica, ni recurren a los viejos objetivos precisos de cada operación (rendición del rival, domesticar a los indígenas, organizar el comercio, garantizar la supremacía naval). En las cruzadas actuales contra el narcotráfico o el terrorismo estos propósitos y limitaciones están borrados.

Se busca potenciar el miedo, a través de incursiones que rompen las fronteras de la auto-contención. A veces no se identifica ningún estado o adversario nítido y la amenaza alegada es ubicua. En cada momento se puede definir un nuevo enemigo para propinarle un ataque preventivo. En este tipo de guerras infinitamente elásticas, el imperio busca golpear para demostrar poder.

Este despliegue retrata intenciones hobbesianas de ejercer la coerción en forma irrestricta, con prácticas de violencia adaptadas a las necesidades inmediatas de la supremacía norteamericana. Los nazis recurrían al genocidio y el Pentágono utiliza periódicamente las guerras irrestrictas.

Los rasgos genocidas que asume cada nueva invasión son consecuencia de esta compulsión a una agresión perpetua, que combina propósitos globales (compartidos por los socios del imperio) y objetivos específicos de Estados Unidos.

VIERNES 1 DE JULIO DE 2011

(especial para ARGENPRESS.info)

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Publicado por Senocri @ 12:49
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Comentarios
Publicado por el_trampero
miércoles, 27 de julio de 2011 | 13:33

Leìdo. Continuo con la tercera parte. Comento al final.