Jueves, 30 de agosto de 2007
Por José Mª Amigo Zamorano

En aquel lugar todos tenían hambre. Y aquella hambre era feroz. Y en aquel hogar, sus habitantes, todos, tenían también un hambre feroz. Lo paliaban haciendo crepitar los malos granos de maíz. No había otros. 
Y crepitaban a la misma hora. Justo, cuando, a ella, le vencía, otra vez, el sueño en su camastro. Se levantaba, primero a ponerlos al fuego. Los malos granos de maíz. Luego se volvía al catre. Cuando Morfeo la llamaba a su seno, ¡pobrecilla!, comenzaban a salir los copos. 
Se levanta y acude a mover el puchero. No tiene que andar mucho, porque su camastro está al lado de la lumbre. 
Toda la choza está llena de humo y tose. Se agarra al estómago porque, al toser, le duele. Acude a la entrada a separar los sacos que cubren la puerta, para que se airee el recinto. Pero, al poco, tiene que cerrarla pues acuden las moscas a bandadas. 
Se sienta en una piedra, ante el fogón. Retira, los copos que van saliendo del puchero. De cuando en cuando, espanta las moscas de la cara. ¡Malditas! ¡También ellas están hambrientas! 
Va llenado el cuenco con los copos blancos que, misteriosamente, nacen de los granos de maíz. De los malos granos de maíz. Que cotizan, no obstante, en alza en el mercado negro de los estómagos hambrientos. Aunque sean malos granos de maíz. 
Y si no que se lo pregunten a su hombre y a sus hijos que cultivan, sudorosos y hambrientos, el ñame a las orillas del riachuelo. 
Ella misma puede confirmar cómo agradece, su barriga, cada vez que engulle uno de esos algodonosos copitos. La barriga se ríe, canta y luego, comienza a rugir pidiendo más. Inútil petición. Ella se niega a concedérsela. 
La hora más agradable, para ella, es cuando mete, en un saquito, el cuenco lleno de los copos de maíz. Producto de los malos granos de maíz. Levanta los sacos que cubren el hueco de la puerta y sale a la luz de la mañana. Adiós al humo, a las moscas… 
El resplandeciente sol hace que sus párpados se entornen. Comienza a caminar en dirección al arroyo, donde le esperan para desayunar su hombre y sus hijos. Una media hora de caminata, agradable, porque a pesar de que, el sol, ya comienza a tener fuerza una buena parte del camino recibe la sombra de los árboles. Paseo agradable, si no fuera porque, su estómago, reclama una cuota de alimento, sin la cual no dejará de protestar, rugiendo. Rugido, cada vez más rabioso. 
Por la sombra de los árboles calcula que, hoy, ha salido más pronto que otras veces, lo que puede permitirle desviarse hacia la izquierda y adentrase en el bosquecillo, por un sendero. A pocos pasos hallará un zarzal cuajado de moras. Lo descubrió hace unos pocos días y comenzaban, ya, a estar sus frutos maduros. Pensaba ir a recogerlos dentro de dos otres días y darle una sorpresa a su familia. Pero, hoy, ahora, el hambre es tan rabiosa… Por unos pocos frutos que coma… 
De modo, que torció por el sendero que salía a su izquierda. El airecillo hacía mover las ramas de los árboles, produciendo un sonido agradable. Las aves se respondían, con sus cantos, de rama en rama. Ella sabía que, muchos de esos cantos, eran como gritos o voces de alarma avisando de la presencia de un intruso introducido en sus dominios. La intrusa era ella. No le dio importancia, porque no la tenía, y se puso a buscar una señal que había dejado de muestra para poder llegar hasta la zarzamora. ¡Ah! ¡Ahí está!, se dijo. Apartó unas ramas. La vio. Hizo un gesto de asombro. Amargo. Desesperado. Lo que no esperaba: estaba pelada... No tenía una sola mora… 
Sintiose desfallecer y se apoyó en el tronco de un árbol. Deslizose tronco abajo. Se sentó en el suelo y comenzó a llorar. 
Las hormigas la oyen. La sienten. La huelen. Se apiadan de su dolor. Corren a consolarla. Suben por sus piernas. La pueblan. La tapan. La chupan. La muerden. Le quitan el dolor. La dejan en huesos. Y se van… por donde han venido. Ellas, las hormigas, como todos los de por allí, tenían también un hambre feroz.

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Publicado por Senocri @ 22:48
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