Viernes, 31 de agosto de 2007

La buscadora de aguas


por José María Amigo Zamorano

(En homenaje a Flavien Ranaivo)

Cuentan que hubo, hace tiempo, en una de las doce colinas de Imérina, en la meseta central de Madagascar, una fuente que, entre las rocas, manaba un agua fresquísima y que cerca creció una higuera tan grande y tan frondosa que en sus emigraciones acudían muchas avecillas a descansar. Entre sus ramas, además, se declaraban el amor y luego continuaban volando. A su sombra, jinetes dejaban sus caballerías mientras bebían el agua de la Fuente del Amor que, así, la denominaban. O se bañaban en una poza que, más abajo, en una hondonada de la colina, la fuente alimentaba.

A pesar de ello, no era muy visitada por el hombre de esas tierras, debido a la dificultad de llegar hasta allí. Sin embargo, cuentan que una buscadora de agua solía acudir muy a menudo. Desde aquel lugar, sentada a la sombra de la higuera, contemplaba los arrozales del valle.

A la buscadora de aguas la describían como muy hermosa: tez de ámbar, labios de rosa, ojos almendrados… contaban que ascendía como una paloma, sendero rocoso arriba, agarrándose a piedras de las formas más caprichosas que por allá abundaban, por la abrupta pendiente, hasta llegar a su fuente preferida, la Fuente del Amor. Llegaba acezando, abiertos sus labios de rosa. Y que, sin embargo, eran atractivos y, recalcaban cuando la narración estaba en este lugar, atractivos y mentirosos.

A la vuelta del último repecho, la esperan el amante, la higuera y la fuente.

De regreso, desciende, cauta pero segura, la pendiente. Él la ve agarrarse de vez en cuando, con una mano a las hojas de áloes, lisas y puntiagudas, mientras que, con la otra, sostiene el cántaro de barro.

¿Qué puede soñar bajo su lamba que moldea unos seños, imaginados por él, como firmes, suaves y puntiagudos? ¿Con qué puede soñar ese cuerpo sin espíritu que, además, conturba tanto a ese hombre que se queda sentado, ahí, junto a la higuera, mirándola?

Él, tan sosegado, tranquilo, prudente, manso, hasta que la conoció, hace tiempo; subía con su lamba, agitado por el viento lo que casi la transformaba en paloma volando colina arriba. Él, ahora, acude presuroso, entre mediodía, a galope tendido por toda la llanura de Imérina, salvando muros, sorteando espinos, saltando el peligroso riachuelo que cruza en medio del recorrido, hasta su amada; la mirada, fija, al frente: en la cabeza del caballo; su cara morena, sus ojos de almendro, azotados por el viento ardiente de la llanura imerniana; sus labios, lisos y puntiagudos, escupiendo pajas; las manos, alargadas y finas, espantando moscas, acariciando el cuello del caballo... El cuerpo sudoroso, castigado por el duro trabajo del campo en el verano. Llega, siempre, antes que ella a la higuera. Deja el caballo a la sombra. Y se zambulle en la alberca de la fuente. Se seca. Se viste. Se sienta. Espera… ¡Ahí está! ¡Ya viene! ¡Ya llega… cuesta arriba! Suspira… Últimamente no acude siempre a la cita y se queda triste.

Mas, cuando se presenta lo inunda de besos y lo envuelve de palabras. Él no dice nada. ¿Para qué? La mira. La admira. La ama. Y, con la lluvia incesante de palabras, con la música de vocablos que sale de su boca, lo arrulla, lo embriaga, lo adormece, lo acoge en su seno… Cierra los ojos y se duerme. Ella lo mira, lo acaricia, lo besa. Luego se va.

Así son sus citas: castas, limpias, puras, inmaculadas.

Cuando él se despierta, coge su caballo y, apresuradamente, vuelve a su trabajo en la aldea.

Según se ha trasmitido de padres a hijos, se cuenta que, una noche, en la fiesta de una aldea de la llanura de Imérina, ella sintió deseos de estar a solas con él y le propuso una galopada hasta la higuera y la Fuente del Amor.

La noche estaba blanca como la leche. Las vacas de la luna, recién paridas, no necesitan ordeño para donar su líquido blanquecino; las ubres lo regalan: llenando hondonadas, pintando montículos, señalando grietas, alumbrado vallas… El arroyo brilla con un resplandor de leche metálica. Y las estrellas, igualmente maculadas de leche, se pierden… se pierden en el gran río de la Vía Láctea.

La noche está tibia, como tibio está el cuerpo del jinete al que ella se abraza. La noche invita al paseo a la luz de la luna. El caballo respira fuerte el aire blanqueado. Relincha. Se encamina hacia el riachuelo. Salta. Mas, por desgracia, acostumbrado, como está, al peso de un solo jinete no llegan, sus patas, a la otra orilla, resbala, se tropieza y cae, lanzando a la pareja al suelo.

Se cuenta, y no hay razones para pensar nada en contra, que la moza, buscadora de aguas, labios de rosa, ojos de almendra y tez de ámbar, se levantó conmocionada por el golpe, acudiendo presurosa a ver a su mozo moreno, de ojos almendrados y labios lisos y puntiagudos, que yacía, en el suelo, como muerto. Se dice, y debió ser verídico, que al verlo espatarrado, sangrando y sin moverse, se mesó los cabellos, se rasgó las vestiduras y llorando y gritando y corriendo, acudió a pedir socorro.

También cuentan que, días después, acudió a visitarlo al lugar donde lo estaban curando.

Lo halló inconsciente aún y con una pierna cortada, debatiéndose entre la vida y la muerte.

Cuando, al cabo de muchos días, volvió a la consciencia lo primero que hizo, fue preguntar por ella; diciéndole los familiares y amigos que había venido, una vez, a visitarlo. No se atrevieron a comunicarle que, al día siguiente de recibir su visita, en el recinto donde yacía postrado, la moza, moldeados los seños por el lamba, cogió su cántaro y emprendió subida hacía la Fuente del Amor. Y nadie la ha vuelto a ver, ni viva ni muerta. Aunque, dicen, algunos, las malas lenguas, que es…


Tags: Cuento, Africa, Literatura, Relatos, Poesía, Flavien Ranaivo, José Mª Amigo Zamorano

Publicado por Senocri @ 21:15
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