Jueves, 04 de diciembre de 2008
(c) Frente a la finca

Tras doblar una esquina se sorprendió encontrándose delante de una finca que siempre había hallado cerrada a cal y canto, El Colmenar se rotulaba, pero, ahora, ¡qué casualidad!, tenía abiertos sus anchos portalones. Era una finca rodeada por un alto muro del que sobresalían ramas de árboles muy diversos. Muro interrumpido por un portalón al que se disponía a atravesar un hombre que acababa de dejar un mueble en el suelo, cerca de un camión de mudanzas que a la sazón allí se hallaba. Dudó entre seguir su paseo o... o, por el contrario, preguntarle si tenía relación con la finca, como así hizo. Al responder afirmativamente se atrevió a hacerle otra pregunta: la de si podría pasar a ver la finca por dentro.

-Verá usted... Es que siempre, siempre, he encontrado este lugar cerrado...

-No me extraña. El amo viene poco ahora. Antes, si. Pero se le murió la mujer... Le ha cogido manía a la casa. Y ahora la estamos vaciando...

-¿La casa? A lo mejor es mi ignorancia... Pero nunca he visto casa alguna...

-Pues si. Hay una casa. Bueno, más que casa es una mansión. No se la ve porque los senderos que parten de la entrada, trazados en curvas, se pierden entre los árboles que impiden verla. Ahora, como le decía antes, le estamos quitando los muebles.

-Por algo me picó la curiosidad... Como si esta soledad fuera un misterio... Aquí hay busilis, me he dicho en algunas ocasiones... Mas... si le molesto...


El hombre se sujetó el cinto en el que llevaba, entre otras herramientas, una larga llave inglesa y lo miró sonriendo.

-¡Oh, no! Pase, pase.  Miré lo que quiera. El amo no está... Y perdóneme, pero tengo que seguir trabajando. Cuando hayamos terminado, si usted no se ha ido antes, le avisaremos.

-Eso. No me deje encerrado en esta prisión -dijo echándose a reir.

-No se preocupe.


(d) Las cigüeñas ya no se van a Africa

El hombre siguió un sendero que se abría a su derecha. Y él iba a seguirlo, pero cambió de decisión y se adentró por una senda que avanzaba hacia la izquierda olvidándose por completo del motivo por el cual había llegado hasta allí.
Caminó acampañado por el canto de multitud de pájaros. Destacaba, de cuando en cuando, el graznido de los grajos; los cuales, dicho sea de paso, en otoño, quizás porque intuyan la llegada inminente del invierno, se hacen más visibles y oibles.
Parose a contemplar dos árboles que destacaban por su altura, un pino y un abeto. Este último tenía en la pingorota el nido de una cigüeña. Le vino a las mientes el dicho ese de 'por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves'. Sin embargo, a estas alturas del otoño, seguía el ave en su nido. Nada extraño porque algunas ya no emigran a Africa. También en esto se nota el cambio climático.

-A África ya no la quiere nadie -se lamentó.

Al reemprender el paseo dejó la senda adentrándose entre la arboleda tropezando con algo que rodó entre la hojarasca del terreno. Una piñota. El suelo, aquí y allá, estaba cubierto de ellas.
Dejándose llevar por el albur se metió en el bosquecillo dándose cuenta que caminaba por suelo mullido; suelo blando por la broza acumulada durante años que nadie se había encargado de limpiar.
En un claro encontró, diseminados, numerosos níscalos que dejaban asomar su anaranjado sombrero. Sintió la tentación de cogerlos pero... para qué...  no teniendo recipiente...
Al fondo se veían, cerca de unas jaras, agrisados, unos boletos que son, entre los hongos comestibles, de lo más exquisito al paladar. El hecho de estar ahí esos manjares era muestra inéquivoca de que pocas personas habían transitado por el lugar.
Y, para embellecer aun más el sitio, numerosas florecillas de color lila que son típicas del otoño, se dejaban ver con gusto.
¡Qué bien se estaba allí! ¡Que silencio! ¡Qué paz!



(continuaráGui?o



Tags: Relato, José Mª Amigo Zamorano, cuento, narración

Publicado por Senocri @ 20:37
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