Viernes, 05 de diciembre de 2008
(e) 2 poetas: Neruda y Cesaire

Lástima tener que abandonar este pequeño paraiso.
Un lugar, pensaba, de los más recoleto; para aislarse del mundo y sus miserias...
En cualquier momento le avisaría el señor que encontró a la entrada que era hora de irse.
En esto cavilando, cuando oyó como una estampida o revoloteo fugaz de pájaros. Y un silencio absoluto. Y casi al mismo tiempo, insistiendo, más cerca, más rotundo, más cortante. Con unas palabras esta vez claras:

-¡Libre, libre quiero ser! ¡Cabrón!

Como dirigidos a alguien que lo retuviera a la fuerza. ¿A quién?

-Yo qué sé -musitó- Algún carcelero o negrero. Que los hay.

Palabras, por otra parte, nada extrañas en el tiempo de crisis que vivimos, donde todos... bueno... por lo menos la mayoría... nos hallamos atados a los poderes del Gran Capital. ¿Simbólicas? Eso si. Sin duda. Aunque el lugar, todo hay que decirlo, no era el más apropiado para dar esos gritos, donde, por no haber, no había ni gente; y menos banqueros, empresarios, obispos, generales, masas obreras... ¡Ni el amo estaba!, según el hombre que había sido tan amable, dejándole pasar para atisbar ese rincón.
Recordó unos versos irónicos de Neruda en su grandioso poema 'Canto general': 'Encontró al valiente perorando en la calle desierta'. Palabras más o menos. De modo que tal muestra de protesta o rebeldía en el desierto era inutil, pensó. Desdiciéndose casi al instante al decirse, como se dijo, que aquel síntoma de rebeldía podía ser el inicio de un gran movimiento al que no podía permanecer como espectador, como un mirón de tres al cuarto, parado, sin mas. Quería alejarse de ese común denominador del pensamiento que ata a los oprimidos como cadenas, incluso más que las cadenas, y que se resume en la exclamación: '¡y yo solo qué puedo hacer... nada!'

Lo tenía claro desde aquella ocasión en la que, con otros familares, siendo un niño, llevaba a hombros una viga. Después de dar unos pasos, considerando que su ayuda era innecesaria, dejó la viga provocando el desequilibrio de fuerzas que casi aplasta al resto. Buena reprimenda se llevó. Y con razón.
Tenía clara su contribución a la causa. Y más acordándose de aquellos versos del gran Aimé Cesaire: ''Guardaos de cruzar los brazos en la actitud esteril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar de dolores no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza'.


(f) Soñando

Echó a correr en post de la derrota que indicaban las voces.

-¡Más deprisa, coño! ¡Mas deprisa! Que un hombre que protesta no es un oso que baila.

Al poco rato, no era muy extensa la finca, se encontró, justo, delante de la entrada de la casa o casona o mansión del amo, de la que ya le había hablado, con su larga llave inglesa al cinto, el hombre de la entrada.  Sacaban muebles de ella unos trabajadores... ¡de raza negra!

-¡Negros! ¡Aquí si que hay busilis! -exclamó para si.

Y esa admiración le empujó a creer, como creyó a pies juntillas, que esos currantes estaban trabajando forzadamente. Tal que esclavos. Un pensamiento que no se desviaba ni un ápice de una realidad, producto de la explotación del hombre por el hombre y que, con la abalancha de emigrantes, ha sido incrementada hasta extremos de épocas que creíamos pasadas. Dándose casos de trabajos forzosos que habían sido denunciados por inspectores laborales y sindicatos obreros. Y llevados a los tribunales de justicia.
Se quedó observando, oculto tras un árbol, a la espera de sacar alguna conclusión para actuar en consecuencia. Como actuaria. Sin duda. No iba a ser él, precisamente él, con su inacción, el que obstaculizara la materialización de un sueño que se repetía, ultimamente, con mucha frecuencia.
En el sueño se veía con el fuego encendido, solo y abandonado; confundido, desconcertado e indeciso después de tanto esfuerzo infecundo; era una hoguera ardiendo en despoblado; consumiéndose; y, como el que se contempla acorralado por las sombras, alterado, agitado y desasosegado gira, amenaza y manotea, intentando horadarlas, él hace lo propio: abrir una brecha por donde penetre la luz; aunque sea tenue o vacilante; con una brizna de esperanza le vale. Entonces ve a los otros; a casi todos; miran sin cesar por la ventana al acecho de alguna señal, pista, huella... cualquier indicio nuevo y suficientemente lleno de anhelos; un deseo de luces, de sirenas, de llamadas, de silbidos, de invitaciones, de convocatorias; de banderas de lucha tremolando por las calles; y, hete aquí, que los ve a todos; practicamente a todos; desaparecen de las ventanas; y oye un resonar de pasos, de pisadas, escaleras abajo, hasta las calles y avenidas; inundándolo todo; los ve cómo corren; también los contempla subir a las barcazas; ¡qué gozoso es el sonido del remo sobre el agua!; ¡qué alegre es ver avanzar por el mundo a las masas hacia la luz conque enciende la aurora el horizonte!

Ese es su sueño.



(continuaráGui?o

Tags: Relato, José Mª Amigo Zamorano, cuento, narración

Publicado por Senocri @ 16:16
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Comentarios
Publicado por mujermentirayel
S?bado, 06 de diciembre de 2008 | 21:00
Senocri: por favor ponga usted la continuaci?n.

De todos modos espero con paciencia.