Jueves, 19 de noviembre de 2009


Un blog que se llame 'Africano', como este, no puede por menos de incluir el relato, por parte de un testigo presencial, de la matanza de Sharpville. Después de esta carnicería ya nada en Sudáfrica fue lo mismo. Además, esta matanza sería el principio del fin del apartheid. Y todos los partidos que se oponían al régimen racista tuvieron que sacar lecciones de la sangre vertida en esa 'reserva de nativos'.

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El 19 de diciembre de 1959 mi organización, el Congreso Panafricano, en su conferencia anual celabrada en Orlando (Johanesburgo), resolvió emprender una campaña dirigida contra las Leyes de Pases que someten al pueblo africano a la humillación de sufrir arrestos constantes. Nosotros, como organización a la que conciernen los derechos y libertades de nuestro pueblo, sentimos que no podíamos tolerar por más tiempo la persecución, estos arrestos y el consiguiente confinamiento en la cárcel, y por lo tanto establecimos una fecha en la cual haríamos un llamamiento al pueblo para que nos apoyara cuando nos entrégasemos como arrestados. Era una protesta y un intento para que se deroguen las Leyes de Pases.

Debo mencionar, igualmente, que los otros objetivos y fines de nuestra organización panafricana son: inculcar el nacionalismo en nuestro pueblo y continuar la lucha hasta obtener completa libertad del dominio extranjero y de la opresión y explotación que corren parejas con el gobierno de esos extranjeros; crear sindicatos africanos y obtener su reconocimiento; lograr un salario mínimo para los africanos de treinta y cinco libras (98 dólares mensuales).

Nuestro lema para la campaña antipases es: nada de fianzas, nada de defensa, nada de multa... Es decir, ninguno de los participantes en la campaña antipases debía pedir la libertad bajo fianza mientras aguardase el juicio por el inevitable arresto... ninguno debía presentar defensa cuando se lo acusara, en el juicio, ni después de pronunciada la sentencia... y no se pagaría multa alguna en el caso de que se ofreciese la alternativa de multa o prisión.

Durante la semana que precedió al 20 de marzo de 1960 escribimos a la Municipalidad de Vereeniging solicitando permiso para celebrar reunión pública ese domingo; recibimos una rotunda y desaforada respuesta, que emanaba de esa oficina, rechazando arbitrariamente nuestro derecho a celebrar reunión alguna.

La campaña contra los pases debería comenzar el lunes 21 de marzo.

Como no pudimos celebrar dicha reunión pública, citamos a nuestros miembros en el Sharpville Tennis Court (Sharpville es la reserva africana en Vereeniging).

A las 13 horas del día 21, un gran número de personas se había reunido en la cancha de tenis, y nos dirigimos a ellas informándoles de los objetivos de la campaña y anunciándoles nuestra decisión de comenzar con la campaña que habíamos pensado: rendirnos pacíficamente a la policía para que nos arrestara ese día.

A las 13.30 horas, un camión de la brigada de choque, junto con dos coches de las Fuezas de Seguridad llegaron a la escena de la reunión, y sin preguntar a nadie que de qué se trataba, la policía comenzó a disparar al aire desde sus vehícculos, para asustar y dispersar a la multitud. En la confusión la policía nos atacó con sus bastones, golpeando indiscrimnadamente y causando muchos heridos. Entre los heridos se encontraban nuestro presidente y nuestro secretario.

Quiero hacer constar que hubo alrededor de 50 policías en este ataque, y, como estaban fuertemente armados, obligaron a la gente a retirarse en busca de refugio.

Hacia el atardecer un gran número de policías blancos, armados, invadieron la reserva y, en tanto que, descaradamente, patrullaban las calles, de paso intimidaban a la gente con la obvia intención de dar lugar a represalias, así tenían una excusa para vencer por la fuerza bruta la oposición a las Leyes de Pases.

Sin prestar atención al proceder de la policía, la gente no acudió a su trabajo, puesto que había ya decidido comprometerse en la campaña que iba a comenzar ese día. Se quedaron en las esquinas y en las terminales de los autobuses, gritando eslóganes en los que afirmaban que no portarían pases, en apoyo a nuestra campaña.

Cuando los líderes del Congreso Panafricanista llegaron caminando desde sus casas hacia la estación de policía, donde, de acuerdo con su decisión, se iban a entregar arrestados, las multitudes los siguieron entonando el estribillo Izwe Lethu I Afrika (Nuestra Tierra Africa). Era ésta una ordenada multitud que marchaba hasta el destacamento de policía, ruuidosa, es cierto, pero con la felicidad de que finalmente algo se hacía para liberarlos de la infamante Ley de Pases. El vicepresidente y el secretario del Congreso Panafricanista encabezaban la marcha conduciendo a la muchedumbre, muchedumbre que formaba, ahora, una larga procesión.

Al llegar al destacamento de policía informaron, los líderes africanistas, al sargento, que habían ido a entregarse para que los arrestaran porque no estar en posesión de sus pases. Cuando la gente oyó esta afirmación declaró, de forma espontánea y unánime, que ellos también se entregarían arrestados en apoyo de sus líderes. El sargento de policía blanco consideró, evidentemente, que la situación lo desbordaba, y pidió a los líderes que esperasen al comandante de policía, quien, según dijo, llegaría más tarde. Los líderes, a su vez, rogaron a la numerosa multitud que aguardase afuera a la llegada del oficial.

Alrededor de las 10 horas llegó el comandante y fue informado inmediatamente de que los dos líderes habían acudido a entregarse como arrestados en protesta por la Ley de Pases. El oficial estalló en cólera gritando:

-¡Vandag kolp ons julle donder kaffers! (Hoy os apalearemos, kafres)

Media hora más tarde llegaron cinco camiones de la brigada de choque repletos de policías blancos, armados hasta los dientes con ametralladoras, rifles y pistolas... seguidos de diez tanques con ametralladoras, que fueron estacionados frente a la multitud que rodeaba la empalizada del destacamento de policía.

-Iswe Lethu I Afrika -cantaba la gente.

Y luego, como siempre, el pueblo, que permanecía espectante, siguió cantando:

-Nkoso Sikelela I Afrika (Dios bendiga Africa)

Entretanto la policía desplegaba insolentemente su poder.

También los militares del gobierno acudieron con sus aviones de la Fuerza Aérea que zumbaba sobre nosotros. Y, con esa 'melodía' que a veces adopta la locura, el más monstruoso de los actos criminales se preparaba contra el pueblo africano.

Nuestro secretario, que no había sido encarcelado todavía, me pidió que le buscara una aspirina para su dolor de cabeza: se la llevé, y, cuando daba la espalda a la multitud, un corpulento hombre blanco con ropas civiles aulló:

-¡Skiet die donner kaffer meid! (Disparen a esa hija de puta de cafre)

Y súbitamente se desató el pandemonium.

Oí gritos, alaridos de angustia, y las lluvias de la muerte empaparon a hombres, mujeres y niños.

Al intentar escapar, tropecé y caí, y alguien cayó sobre mí. Podía oír sus gemidos de agonía hasta que de pronto cesaron; el cuerpo quedó ominosamente silencioso: la muerte yacía encima de mi.

¿Cuánto tiempo puede soportar un ser humano ese pensamiento?...

Intenté moverme y logré que mi cuerpo se deslizara suavemente por debajo de esa persona, de ese cadáver. Entonces, dándome cuenta de que yo me hallaba con vida, y en peligro, me largué de aquel infierno como alma que lleva el diablo alejándome del ruido de disparos de fusil, de ráfagas de ametralladoras, buscando un cobijo que me protegiera de esa realidad macabra. Al llegar a las casas, a una cierta seguridad, fui poco a poco recobrando de nuevo mi serenidad, obtuve algo para escribir, con el fin de tomar nota del nombre de las personas heridas. Observé que había ambulancias, camiones privados y automóviles juntando cuerpos... Los heridos los llevaban a los hospitales y a los muertos... ¡ah los muertos!... los muertos los tiraban sin miramiento alguno al garaje de la policía.

En ese momento yo era una de las espectadoras que presenciaba la demente brutalidad de los policías blancos.

Los vi levantar un cuerpo pequeño y arrojarlo al aire, permitiendo que cayera al suelo como un fardo por su propio peso.

Era un niño.

Luego vi su cara: no podía tener más de diez años. Estaba muerto.

El 21 de marzo de 1960 fue un día de horror y muerte.

Una matanza vil y criminal de vidas humanas africanas...

Verwoerd ganó más de 70 asesinatos y cientos de heridos.

Los africanos... 70 viudos o viudas y huérfanos...

Es el precio del aparheid...

El costoso e inveitable precio que debemos pagar por la Libertad.

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Africa Weekly, volumen VII, número 15, abril de 1960

Repasado por Iswe Letu

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(*) Secretaria del Congreso Panafricano de Sudáfrica

(1) Título nuestro




Tags: Susan Mamaki Mohanoe, negritud, racismo, represión, Sudáfrica, aparheid, Iswe Letu

Publicado por Senocri @ 22:38
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Comentarios
Publicado por el_trampero
S?bado, 21 de noviembre de 2009 | 23:47
A veces da veg?enza ser, seg?n eso, "Homo sapiens"