Mi?rcoles, 19 de enero de 2011


-Me miro las manos. Me miro las u?as. Me asomo por la ventana. Limpio de cenizas la mesa y... Y me pondr? a escribir de cualquier cosa.

-Si, pero en concreto ?de cual?

-Bueno, pues de aquel que se sub?a a lo alto y entonces lo buscaban a voces por todas partes.

"-Li, Li, ?donde est?s?

Hab?a o?do esta frase algunas veces pero tal como entraba por un o?do me sal?a por el otro sin m?s poso en el cerebro. Pero un d?a, por la ma?ana, esas palabras se elevaron a alturas tan dificiles de soportar que me tuve que asomar, picado por lo desaforado de las voces. Y lo vi all? arriba, subido a lo m?s alto. Y lo mismo que yo lo descubri? la se?ora vecina que daba esas voces. Desde entonces no volvieron a fastidiarme con semejantes gritos. Yo lo agradec? para volverme a enfrascar en mis relecturas que, con el silencio, se hac?an m?s agradables. ?Qu? le?a? A mis a?os, generalmente, rele?a los cl?sicos castellanos: el Lazarillo de Tormes, El Quijote o la Celestina; aunque tambi?n el Fausto de Goethe; y el resto eran obras que trataban, en mayor o en menor medida, de Africa, su cultura, su historia, su literatura. Muchas de ellas de edici?n antigua. Pues las obras que me llegan a mi de reciente publicaci?n son escasas. Y gratis. Recogidas en la calle por el hijo de una amiga. Pero una de reciente publicaci?n me la hab?a regalado mi hijo: la ?ltima novela de reciente Premio Nobel Vargas Llosa, 'Sue?o del celta'. Que, por supuesto, trata, en buena parte, de las brutalidades, de las salvajadas, cometidas por los colonialistas en el Comgo bajo el mando del sanguinario rey de los belgas Leopoldo II. Con esta obra delante de mi volv? a acordarme del que estaba subido a lo alto. Retorn? el recuerdo de las voces y del negrito subido a las alturas, digo negro porque era de esa raza. Instintivamente volv? a asomarme: segu?a all? mirando sabe dios qu?. Al fondo, las monta?as recortaban el horizonte con su sombrero blanco. ?Qu? era lo que le impulsaba a subir a lo alto??

Yo s? de las sensaciones que produce el subir, el alejarte de las calles y de ver las casas y personas diminutas, que van empe?eci?ndose poco a poco seg?n asciendes. Y el malestar, casi odio, que sientes cuando retornas a entremezclarte con el vulgo 'municipal y espeso', que dice el poeta, tras una estancia de horas en las alturas. Miras a las gentes con desprecio al estar ah?, atadas a sus ocupaciones y preocupaciones, pudi?ndose liberar de ellas con solo torcer unos minutos y encamin?ndose a la izquierda o a la derecha por una callejuela, enseguida se ve?a el sendero que sub?a y sub?a dejando perdido en el valle al pueblo.

Los vecinos eran una pareja joven: ?l alba?il y ella trabajadora de casa en las labores dom?sticas. ?l se levantaba primero. M?s tarde su compa?era. Cuando se levantaba comenzaba su tarea grit?ndole a sus hijos. Ten?a dos hijos: un ni?o y una ni?a que sal?an a la escuela con el ce?o fruncido, atemorizados por los gritos de la matrona. De modo que estaba acostumbrado a sus gritos pero no a esos alaridos que, como ya he dicho, me empujaron a asomarme.

Recuerdo que le pregunt? a la vecina el por qu? de haberse alarmado de ese modo tan fuera de lo com?n.

-Mire usted -me contest?- no s? c?mo dec?rselo, no se ofenda, pero eso es una cuesti?n que no le importa.

-Tiene raz?n. Si. Tiene raz?n. Pero sea m?s comedida con sus berridos.

-?V?yase a la mierda!

Ante ese rebuzno me qued? cortado y me jur? no volver a dirigirle la palabra. Supe que el negrito, aunque no fuera su hijo, se hab?a encari?ado con ?l. Lo ten?an hace pocos meses y le hac?a buena jera pues sus hijos jugaban con ?l, como si fuera un mu?eco extra?o; y tan ensimismados se quedaban cuando estaban con ?l mu?equito negro que esos momentos eran para la se?ora (por llamarla de alguna manera) un ed?n de paz y no ten?a necesidad de elevar la voz para hacerse oir. Esos ratos la relajaban. O eso sopongo yo.

Lo contempl? un instante. Pero enseguida regres? a mis relecturas.Todas las ma?anas, cuando los ni?os se iban a la escuela, me asomaba y raro era el d?a que no trepaba el negrito a lo alto. Ah? se quedaba y yo como un bobo mir?ndolo. He de decir que me admiraba la precisi?n,, la soltura, la agilidad en apoyarse en los diversos salientes hasta que llegaba a lo m?s alto. Las monta?as mientras serv?an de tel?n al negrito.

Esto de gatear, de trepar, a ?rboles o a paredes -que era m?s dificil porque hab?a que servirse de agujeros o m?nimos salientes hasta llegar al tejado que era la meta- lo hac?amos de ni?os o de j?venes en mi pueblo; una meta a veces obligada porque debajo estaba un perro ladrando con malas fauces ense?ando los dientes; bien, a?os despu?s nos enteramos que esto lo elev? a categor?a deportiva el novelista Norman Mailer cuando se present? candidato a las elecciones municipales de Nueva York. Se hab?a fijado en j?venes desocupados, quienes, como gatos, trepaban por los altos rascacielos de la ciudad del imperio yanqui, arriesgando su vida con tal de ver coronado con ?xito su vernej?a. Norman Mailer no triunf?, pero en medio de la campa?a acuchill? a su esposa, quiz?s para vengarse de su intuida derrota.?Si, Mailer no fue alcalde de la villa norteamericana, pero derram? imaginaci?n con esas iniciativas de llevar a pilluelos a escalar las alturas de los edificios, de empujarlos a que tuvieran un objetivo en la vida, que pusieran su empe?o en tocar el cielo; ellos, que estaban siempre manch?ndose de suelo, un suelo por el que no pasaba un r?o, ni una fuente, ni una planta, ni una flor, que no conoc?an la naturaleza mas que en las pel?culas; ellos, que p?saban ese suelo que no ten?a ni barro, ni tierra, tan solo asfalto del que sal?a fuego en verano y emanaba hielo en el invierno; y la primavera y el oto?o se med?an por los calendarios; ellos, muchos de ellos, sab?an de junglas lujuriosas, de cantos de p?jaros, de aromas... por los cuentos y leyendas de un ?frica legendaria transmitida de generaci?n en generaci?n desde que fueron trasladados, en el Pasaje Medio, a la fuerza, para ser esclavizados en esa tierra sin tierra y llena de alquitr?n, hierros, humos y rascacielos.

Esos mozalbetes, como este negrito, no eran de ?frica, eran seres de un mundo que no ten?a tierra, esa tierra que se coge a pu?ados; y si se pon?an a ara?arla no les quedaba en las u?as mas brea. Por lo mismo, no se puede decir que, desde esa altura a la que muy a menudo se encaramaba el negrito, atisbara un horizonte de palmeras, cactos, sabanas, ?ues, elefantes, jirafas... Quiz?s fuera, eso era lo m?s probable, un instinto de defensa y ataque. Un salto atr?s al puro salvajismo de una naturaleza no derrotada del todo, aun no domesticada.

En esas estaba yo reflexionando, cuando me sac? de mis pensamientos las voces de mi educad?sima vecina:

-L?, ?qu? haces? Ven aqu?. Por favor, baja. Date la vuelta. Te vas a matar. ?Ay, dios m?o, dios m?o!

Saqu? mi cabeza. Mis ojos se dirigieron all?, donde el negrito hab?a quedado poco tiempo antes. No estaba. Se hab?a ido. De pronto lo descubr? gateando por una pared de piedra que se hallaba frente a la casa donde yo viv?a. Nadie le mostr? mucha atenci?n, salvo un par de jubilados que, a esa hora de la ma?ana, llevaban su ociosidad por calles y plazas. Mir?ndolo recordaba mi ni?ez enterrada que, de cuando en cuando, asomaba sus recuerdos como la cabeza del nadador peri?dicamente emerge del agua. Pero no era yo. Era el negrito. En uno de los desaforados gritos de la cordial vecina el denominado Li volv?? la cabeza, se desequibr? y cay? al suelo. Afortunadamente, no se hab?a elevado a mucha distancia del suelo. Por lo que, fuera de una culada, no pas? nada. La se?ora (repito: por decir algo) lo sigui? llamado y el bueno del negrito, un tanto escamado de su incipiente aventura, se resign? acudiando hacia donde esta estaba.

Las alturas, las cimas, las torres, los picos elevados, siempre han atraido a los hombres. En la filosof?a, en la literatura... hasta en el comportamiento de los seres humanos, se habla con mucha frecuencia de altura de miras, de perpectivas, de encumbrarse, de alejarse, de elevarse, de distanciarse... y de torres de marfil. Todo este leguaje se debe a la necesidad de ver m?s bosque y menos ?rboles. Es decir de no dejarse enredar con la menudencia y ver m?s all? de las narices. Que se resume en la manida frase: Que el ?rbol no impida ver el bosque. Que tiene mucha enjundia a pesar de reperirse muchas veces. Porque, claro, desde la altura en la que se ve todo el pueblo no se captan los movimientos, a veces important?simos, de ciertas personas que van arrimadas a las paredes para no ser notadas, o las reuniones donde se decide de la vida de los habitantes de la poblaci?n. Y en numerosas ocasiones en contra. Y menos, por supuesto, se atisban las ratas, las culebras, los ciempi?s, los alacranes... que viven a ras de suelo, o en el subsuelo. De modo, que todo tiene sus pros y sus contras. Es un arte moverse en el justo equilibrio. Y eso no lo consigue la mayor?a de las personas. Pero hay quie intentarlo.?Si se eleva uno demasiado, y permanece en esa altura mucho tiempo, se acostumbra a ver los casos demasiado generales, sin darse cuenta que son las peque?as cosas las que transforman la cantidad en cualidad. Es lo que les ocurre a los que moran en las llamadas torres de marfil. Es decir dialogan ellos consigo mismo y siempre se dan la raz?n. Alguna vez cuando bajan a la tierra se caen de bruces en el suelo. Y que hostia se pegan, dicho vulgamente.

Nada de esto, supongo yo... supongo no, estoy seguro de que no le interrump?a el sue?o a la vecina desaforada, ni a su querido negrito.?Termin? de leer 'El sue?o del celta' ese d?a cerca de las cuatro de la madrugada. Me fui a la cama y dorm? mal: tuve una pesadilla.

En esta pesadilla, no s? por qu?, ?bamos corriendo, saltado y riendo por un camino de mi pueblo que se llama Fuentespreadas. Era verano. Entremediod?a. Se dice entremediod?a a la hora, despu?s de comer, en que todo el mundo est? dormiendo, descansando de las faenas del campo. Nos ba??bamos en un buchina. Una buchina, para que se entienda el sue?o, es un dep?sito de agua de forma cil?ndrica que los labradores ten?an en algunas fincas para regar las plantas. Bueno, tampoco s? por qu?, el caso es que nos acercamos a un ?bol frutal y que si o que no comenzamos a gatear por el ?rbol a coger fruta. En esto est?bamos, cuando suena un trueno, y, tampoco s? por qu?, el caso es que un rayo cay? en el ?rbol; a uno de los amigos mat? el rayo, a otro le carboniz? un brazo, varios salieron heridos y yo me fui a tocar, porque estaba muerto, y me despert?.

Segu? con mis relecturas. En este caso una sobre la esclavitud. 'La esclavitud en los EEUU'. Pero o? voces. Era la vecina. Discut?a con alguien. Reconoc? la voz de ese alguien. Se llamaba Pepe. Lo conoc?a. Era una persona educada, de principios firmes y vida recta y austera. Viudo. Viv?a solo porque los hijos ya eran mayores y estaban trabajando fuera del pueblo. Eso s?, un hombre de acci?n y pocas palabras. Ven?a a quejarse de que el negrito de la se?ora sub?a a su tejado y le hab?a roto varias tejas. Y que, por favor, lo atara corto ya que ?l no quer?a extralimitarse. Ya que no era nada suyo.

-Dice usted bien: no es suyo, ni de su incumbencia.

-Por eso se lo digo a usted.

-Yo no lo he visto a subierse a su tejado. Lo que tiene usted es que cuidar de su casa y no venir a molestar a casa ajena.

-Bueno, ya se lo he advertido. Luego, no llore.

-?Me amenaza? V?yase a la mierda.

Todo eso a gritos. A gritos la se?ora, por si no se han dado cuenta. Como siempre con su exquisita educaci?n por delante.Por la tarde llovi? y Pepe vino a casa para decirme que en su cocina le ca?an goteras ?a causa de que el negrito de la se?ora (?mal rayo la parta!, exclam?) andaba en el tejado.

-Jodi?ndome las tejas. Eso es lo que hace. Y se va a acordar de esto. Puedes estar seguro.

Al d?a siguiente amaneci? soleado. Los hijos de la pareja de vecinos emprendieron el viaje a la escuela. Los vi juntarse a otros ni?os y desaparecer por una esquina de la calle. Casi al momento el negrito se acerc? a la pared y gateando gateando se subi? al tejado de Pepe. En ?l estaba levantando una teja, cuando Pepe apareci? con una escopeta. Apunt?. Apret? el gatillo y el felino negro de la vecina cay? rodando tejas abajo hasta el suelo. Ten?a en la boca un pajarito. Unos jubilados miraban la escena.-Pobre -dec?an, sin saber si era sobre el gatito o el pajarito.

Pepe se meti? en su casa, mientras la vecina atronaba la manzana con sus gritos.

Esto es lo que que he escrito.?Me miro las manos, me miro las u?as, miro por la ventana y...?

-Y ?ahora qu???

-Otro d?a escribir? de cualquier otra cosa.?

-Si, pero en concreto ?de cual cosa??

-Bueno, ya ver?.


Publicado por Senocri @ 20:48
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Comentarios
Publicado por el_trampero
Jueves, 20 de enero de 2011 | 2:46

Lo leí de un tirón con sumo interés. Como siempre me sorprendió el final

Un buen cuento con reflexiones muy ineresantes.