Viernes, 28 de enero de 2011


-'Bueno, ya ver?'.?

Esa fue la respuesta que te di cuando, en el ?ltimo relato, me preguntaste acerca de lo que escribir?a en otra ocasi?n.

D?ndole vueltas al asunto me acord? de algo que le sucedi?, un d?a, a un amigo y que estuvo a punto de costarle caro. Y, si mi memoria me es fiel, fue, m?s o menos, as? c?mo me lo cont?:

"Estaba una ma?ana de invierno -empez? diciendo mi amigo- a finales de enero, mirando por la ventana, distraidamente, mientras me devanaba los sesos, o los estrujaba, para ver si daban a luz algo que me pudiera servir para escribir un relato. En esto estaba, cuando me acord? de lo que, algunas veces, pens? redactar; esto es: describir, minuciosamente, lo que ve?a por las cristaleras: por las distintas cristaleras de casas donde viviera o estuviera de paso. Un pronto que me vino as?, al cerebro, queriendo imitar unas narraciones de Mart?n Garzo, escritor vallisoletano quien me pareci?, tras leerle esos escritos, que promet?a ser alguien en la literatura; bien, ahora ya es un escritor relevante, muy connotado, al que, dicho sea en honor a la verdad, no lo he seguido en absoluto, ?qu? le vamos a hacer! Recuerdo, vagamente, que los cap?tulos ten?an, todos, una estructura semejante; siendo las ?nicas diferencias -que yo recuerde- matices inherentes a personajes y a contextos. Creo que se traba de mujeres, o ?de parejas de novios. Algo de eso. No recuerdo bien.

Bueno, pues pens? que esa ma?ana, decididamente, llevar?a a cabo aquel prop?sito de anta?o, con las tres cristaleras que se abr?an a mi mesa de comedor donde estaba sentado; por la cristalera de la derecha se ve?a un trozo de pared de ladrillo rojo, con dos ventanas, un solar abandonado con un ?rbol y a continuaci?n la pared de una casa peque?a revocada con cemento; pared con dos ventanitas que m?s parec?an buracos; una cristalera, a la izquierda de la anterior, dejaba ver el resto de la casa de ladrillos rojos, con sus ventanas y balcones; ?la de la izquierda asomaba a una plaza y a numerosos bloques de viviendas.

Como hay que tener un orden, empezar?a por la cristalera de la parte derecha, luego con la del centro para terminar en la de la izquierda.

La decisi?n de comenzar por el ventanal de la derecha se debi? a que, en principio, reun?a vistas interesante, no por el trozo de pared de ladrillos rojos, no; lo que m?s me llam? la atenci?n fue la pared revocada con cemento, con el gris del cemento. A esa hora de la ma?ana, ser?an las once, daba el sol sobre ella; entre la l?nea de caida del tejado y la sombra que proyectaba la casa de ladrillos rojos, sobre la fachada de cemento, formaba la parte soleada un trapecio regular. Y casi en el centro del trapecio los dos buracos. De uno de los cuales, el que estaba a mi derecha, aparec?a una mano negra sacudiendo algo. A esa hora de la ma?ana sacudir?a, sin duda, el polvo. Para completar el trapecio soleado, que se ofrec?a a mi vista, las ramas, desnudas de hojas, de un ?rbol que surg?a del solar y que se ramificaban por toda la figura geom?trica.

Por la plaza, que ve?a asomarse al ventanal de mi izquierda, pasaba la gente muy muy abrigada. Estaba la emperatura a 0 grados, aunque el sol abrazaba esplendoroso, brillante, potente, toda la superficie. Era, seg?n el dicho de mi pueblo, 'un sol que escachaba los cristales'. O eso dec?a mi madre, que en paz descanse. Exclamando a continuaci?n:

-?Hijo, qu? fr?o debe hacer en la calle!

Cosas de mi pueblo.

Volv? a prestar atenci?n al trapecio que el sol iluminaba para seguir con la descripci?n del cuadro. La mano segu?a all? con su labor cotidiana de sacudir el polvo de la bayeta. O eso cre?a yo. De pronto me acord? que all?, precisamente all?, viv?a Ahmed, un marroqu? muy amable, natural de Tanger, con el que hab?a hablado en algunas ocasiones. Pocas. Por cierto, cuando en alguna de esas ocasiones estaba con su mujer, ella se apartaba un poco. Hembra a la que nunca, por la calle, le v? la cara totalmente. Picado por la curiosidad de este recuerdo mir?, con mayor atenci?n, por ver si era ella la que sacud?a el polvo. Y tambi?n porque no era normal que estuviese, o estuviesen, sacudi?ndolo tanto tiempo. Mi vista no es ya lo que era y, a esa distancia, no percibo con la nitidez de a?os atr?s. Mir? atentamente y llegu? a la conclusi?n de que si, que era ella: ?la mujer de Ahmed me saludaba. Ya lo hab?a hecho otras veces. Correspond? al saludo alzando la mano. Pero a continuacci?n, para no parecer demasiado descarado, o que me llamaran metomentodo, o cotilla... y sobre todo porque soy un t?mido incorregible, baj? la mirada casi avergonzado y un tanto nost?lgico.

***

Baj? la cabeza avergonzado y sorprendido de acordarse, aun, de ella; y para distraer el pensamiento lo desvi? hacia el marido: el ya mentado Ahmed.

(He cambiado la forma de redactarlo porque podr?a no ser fiel del todo a lo que me cont? mi amigo; de modo que si la historia les parece inveros?mil ?chenme a mi la culpa, a mi mala redacci?n, y no al suceso que me contara este amigo)

Ahmed era un hombre bondadoso (adjetivo rotundo que pocas veces hay que utilizar con total certidumbre sin a?adir enseguida: en apariencia) la?mirada bovina y comportamiento sumiso, casi dulce; un tanto untuoso, a juicio de mi amigo. Hab?a hablado con ?l en varias ocasiones. Y casi siempre cuando mi amigo paseaba por la calle leyendo poes?a. Una vez -recordaba- le habl? de su Tanger natal; all? hab?a sido comerciante o vendedor ambulante, pas?ndose muchas horas en su oficio delante de un gran restaurante.?

-Entraba y sal?a gente de post?n. Famosos.

Como mi amigo no ha estado nunca en ?frica, por lo tanto en Marruecos tampoco; y, por supuesto, a Tanger la hab?a visto en el punto que los atlas se?alan como ciudad; mas para darse pisto le habl? de Mohamed Chukri, un novelista marroqu? descarnado y directo. Entonces a Ahmed se le ilumin? la cara: lo conoc?a: conoc?a a Mohamed Chukri.

-Era un hombre generoso y sab?a mucho. Sab?a mucho.

Por lo que pudo sacar en limpio mi amigo, jam?s hab?a le?do nada del escritor marroqu?. Lo supo con certeza porque, cuando le cito el caso que relataba en 'El pan desnudo'?Chukri de su padre matando a su hermano retorci?ndole el cuello, lo mir? entre sorprendido, dubitativo e incr?dulo y no se le ocurri? otra salida que decir:

-Gente mala hay en todas partes.

Adem?s, esa frase -seg?n mi amgo- indicaba el temor a que lo encajonaran a ?l, a Ahmed, dentro de ese sector de poblaci?n mundial. Por eso se comportaba de ese modo tan amable, tan servicial, tan atento, tan... Aunque a ?l, precisamente a ?l, ese proceder le pareciera un poco empalagoso. Ten?a que reconocer que, en ese aspecto, era singular pues, al contrario que el resto de poblaci?n marroqu?, no se aislaba tras su idioma, su cultura y su religi?n. Los abor?genes les pagaban a los ?rabes con la misma moneda: no queriendo tener apenas relaci?n con los emigrantes m?s que la estrictamente necesaria, llegado el d?a y la hora, de ir a cobrar el alquiler de la casa donde viv?an. Ahmed, abri?ndose a los vecinos, abord?ndolos en la calle, conversando con ellos, demostraba que no todos los extranjeros son igual de cerrados.

De las veces que habl? con Ahmed, si iba acompa?ado de su esposa, ?sta se apartaba siempre un poco, sin decir palabra. Solo miraba. Miraba interesadamente. Intensamente. Profundamennte. Con el inter?s, la intensidad y la profundidad que a ?l le produc?an sus ojos, negros, ?negr?simos!?Al recordarlos alz? la vista y mir? de nuevo al buraco, sorprendi?ndose.

?No pod?a ser! ?Eso no era normal: la mano segu?a agit?ndose! Atisb? con mayor atenci?n: si, si, si, la mano se mov?a; y de cuando en cuando se aceleraba el movimiento, tanto que parec?a desdoblarse. Podr?a ser que, desesperadamente, quisiera transmitirle algo: un mensaje de auxilio, tal vez un SOS que, viniendo desde el buraco, ten?a por meta llegar hasta mi amigo. Y no cabe duda de que logr? su objetivo pues hasta su o?do crey? percibir gritos de socorro.?Achic? los p?rpados en un intento de descorrer oscuridades, de desvelar un misterio que, poco a poco, se le estaba metiendo en su carne como un bistur?, angusti?ndolo. Por el buraco no asomaba nadie: todo el cuadrado era negro. Si bien, la mano negra -todo hay que decirlo- desment?a el vacio del hueco. ?l adivin? que la cara de ella, envuelta en velo negro, se confund?a con la oscuridad del ventanuco. Pero los ojos, sus ojos, negros, desped?an ascuas de angustia. Lo sent?a. Lo present?a. El coraz?n empez? a latirle con fuerza. Algo estaba sucediendo all?, en la casa de Ahmed. Y ten?a que averiguarlo.?

Seg?n mi amigo, cuando le sucedi? esto, hac?a ya varios meses que no ve?a al tal Ahmed. Llegando a creer, como lo crey?, que se abr?a marchado a su pa?s con su esposa.?Acontecimiento que, a ?l, le hab?a tranquilizado por una parte. Solo por una parte. Esa parte ten?a que ver con su esposa.

?C?mo se llamaba? ?Axa, F?tima... Marien? No recuerdo el nombre que mi amigo me dio.?Pero, llegado a esta parte del relato, tengo que contar, muy sucintamente, con delicadeza, el encuentro que mi amigo tuvo con la mora en el campo. Parece ser -a lo mejor se lo imagin?, si bien no hay manera de averiguarlo a no ser que ?l lo diga- que una ma?ana estaba paseando por el campo. Un d?a soleado. Con su libro. A veces lo le?a, otras se sentaba mirando el paisaje y la mayor parte del tiempo solo andaba. ?Le gustaba subirse a un peque?o risco. Y en este risco estaba, sentado, entre pe?as; no se ve?a a nadie; cuando sinti? ganas, con perd?n, de orinar. Busc? unas matas y all? me?. Recuerda que se le hab?a empinado el pene y sinti? gusto en acariciarlo. De repente, tras unas rocas, apareci? una mujer. Llevaba velo en la cara. ?l se abroch? r?pido la bragueta.

-Perd?n, se?ora?-murmur? avergonzado.

Sin saber si ella le hab?a visto sus partes pudendas. Lo m?s probable es que no, porque estaba tras de la mata. Y d?ndose la espalda prosigui? su paseo. No hab?a andado unos pasos cuando oy?:

-?Oiga, oiga. Se?or! ?No me conoce? Soy... La esposa de Ahmed.

Al enfrentarse con la dama se encontr? con una mujer sin velo. Cabello al viento. Cara blanca. Muy blanca. Labios gruesos. Carnosos. Ojos negros que parec?an sonreir.?

-?Ah! Mucho gusto. No la hab?a conocido. ?C?mo por aqu??

-En busca de moras -y se ri?.

Llevaba en la mano una cesta donde, efectivamente, echaba moras de las zarzas.

-Y Ahmed, ?d?nde anda?

-Vendiendo.

-?Es vendedor?

-Toda su vida ha sido comerciante.

-?Es verdad! Ahora recuerdo que me dijo que en Tanger...

Y siguieron hablando. Solos. Ocultos del entorno por las rocas; aislados del resto del mundo. A excepci?n de las aves, nadie los ve?a. Se sentaron uno frente a la otra. Mir?ndose. Sincerando. Como amigos de toda la vida. Hablaban. Contaban. Se emocionaban. Re?an. Narraban sucesos de sus pueblos. Algo ten?an en com?n: eran de pueblos peque?os. Ella, sin previo aviso, y, al parecer sin venir a cuento, le dijo:

-Antes... me he estremecido de pies a cabeza.

-?Cu?ndo?

-Me da verg?enza dec?rtelo.

-?No s? por qu?? Hemos hablado de todo abierta y sinceramente.

-Bueno... Ver?s... Fue... Cuando estabas tras de la mata.

Lo que ocurri? despu?s -siempre seg?n lo que me cont? mi amigo- me van a permitir que me lo guarde por pudor; y porque, en el caso de que fuera verdad, no tengo derecho a divulgarlo; y adem?s, como parte del relato, no estoy seguro del todo de su veracidad; ni tampoco de que se lo hubiera imaginado.?

Lo cierto es que, a pesar de la alegr?a que sinti? cuando crey? que la pareja marroqu? hab?a retornado a su patria, nunca la olvido del todo. Ahora le volv?a de repente en forma de mujer angustiada, de hembra en peligro y ten?a que acudir a salvarla. Los caballeros espa?oles son as?: caballeros que protegen a sus damas del peligro. Como quijotes a sus dulcineas.

?Pero de d?nde brotaba el peligro? Ella viv?a con Ahmed. Con nadie m?s. ?Se habr?a enterado el marido de su encuentro en el campo con su se?ora? Si fuera as?, tal vez la estuviera pegando o amenazando de muerte. Ella no ten?a a nadie a quien acudir. Los familiares estaban, all?, en las monta?as del Rif. El ?nico conocido era ?l. Ten?a, primero que bajar a la calle y luego, acercarse al buraco para saber a qu? carta quedarse. Sobre el terreno se ven con m?s claridad los problemas. Si fuera necesario, incluso podr?a dec?rselo a la polic?a: era un caso claro de violencia de g?nero.?

Decidido. Mir? hacia el buraco. Los movimientos segu?an insistentes. Seg?n se fue preparando, bajando las escaleras, abriendo la puerta de entrada y luego la otra puerta de salida a la calle, iba pensando que Ahmed no pod?a ser as?. No entraba en esa franja de seres humanos proclive al maltrato...?Una vez pensado lo anterior ya se estaba arrepintiendo de su razonamiento, acord?ndose, como se acord?, de aquel gitano tan simp?tico, tan dicharachero.?

??l era muy ni?o y los recuerdos de aquella ?poca remota pueden no ser muy fieles, pero aquello lo tiene grabado: lleg? a su pueblo un grupo de gitanos y su padre, que era alcalde, les dio permiso a que se establecieran, por unos d?as, en el pueblo; lo hicieron en los soportales de la iglesia parroquial; a cubierto de la lluvia.?

??-El jefe de ellos era, como ya te he dicho?-contaba mi amigo-?un hombre amable, simp?tico, sonriendo siempre a todo el pueblo; pero una vez, estando yo jugando con otros ni?os de mi pueblo -sigui? narrando mi amigo- contempl? c?mo a una mujer gitana le dio un codazo en la barriga que la dobl? cayendo al suelo y, mas tieso que una vara, se fue de su vera sin mirarla siquiera, mientras tanto ?sa gitana lloraba echada en el suelo.?

De modo que Ahmed podr?a hacer lo mismo con su mujer. Ya se dice por ah?: marroquies y gitanos primos hermanos.?

En esto iba pensando -seg?n relat? mi mentado amigo- mientras baj? las escaleras de la su casa a toda velocidad. Tan r?pido bajaba y tan distraido se hallaba que resbal? en uno de los ?ltimos pelda?o, cerca de la puerta de entrada, d?ndose de bruces con el picaporte.

-Y menos mal que no me ca?. Pero el golpe contra el picaporte me abri? una ceja y comenc? a sangrar?-y mi amigo se?alaba con el dedo una cicatriz.

Sali? a la calle sin preocuparte de la herida. Sangrando. Y primero deprisa y luego corriendo, dobl? la esquina, tropez? con un conocido; ?ste tuvo que agarrarle porque se ca?a al suelo; y mir?ndole extra?ado, le pregunt? sobre la causa de su agitaci?n y desasosiego.

-?Ahmed, Ahmed! ?All?! ?En el buraco! -creo que pronunci? medio atontado se?al?ndolo con el dedo.

-?Ahmed?... ?Ahmed?... Pero si Ahmed se march? de aqu? hace ya cuatro meses.

Mi amigo, mientras o?a lo que le hablaba el vecino, continuaba se?alando con el brazo extendido hacia el buraco.

Buraco donde un tordo, o grajo, picoteaba en una esquina del mismo ventanuco; a veces aleteaba intentado penetrar con el pico por el cristal. Sus alas proyectaban sombras sobre la pared iluminada por el sol; ya he escrito que entre la l?nea recta del tejado y la recta sombra de la pared de ladrillos rojos sobre la de cemento, formaba un trapecio regular soleado. El tordo, o grajo, a una sonora palmada del vecino, se asust? despeg?ndose del ventanuco y yendo a posarse, con otros, en las ramas del ?rbol que sobresal?a del solar abandonado, por encima de la tapia.


Publicado por Senocri @ 23:00
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Comentarios
Publicado por el_trampero
S?bado, 29 de enero de 2011 | 5:38

Muy bueno, como siempre. Redondo. Cerrado.

Por más que pretendo adivinar nunca doy. (Y vaya que imagino finales)